De cuchillos doblados y risas y llantos

Mi abuelo era el tipo más divertido del mundo. Yo lo veía sentado en la punta de la mesa, en el lugar del patriarca tirano que nunca fue, y me moría de ganas de causar lo mismo que él causaba. No había una sola persona que no se riera a carcajadas con él. Ni uno que no llorara de la risa. Creo que gracias a él es que soy medio payasa. También le debo un poco el descaro y la falta de seriedad en los momentos en que la seriedad no sirve de mucho. Y ni hablar de que gracias a él soy la mejor abridora de frascos del país. Mi mamá no dice lo mismo, porque en mi casa todos los cuchillos tienen la punta doblada. Es que mi abuelo me enseñó que para no depender de nadie tengo que saber abrir frascos. Por eso, cuando la fuerza bruta no sirve, recurro a eso que no siempre encuentro que se llama inteligencia. Así medio que siempre hice con todo. Cuando algo no funciona, uso el cuchillo. Y voy acumulando puntas dobladas.

Hoy mi abuelo tendría tantos años que ya perdí la cuenta (mentira, serían 88), y por algún motivo que elijo creer casual tuve que abrir un frasco de mermelada de durazno, la misma que intentaba abrir cuando aprendí la técnica. Y la verdad que podría haber usado la fuerza, porque con el tiempo también aprendí que dándole unas palmaditas en la base, la tapa se afloja. Pero a mi abuelo le gustaba el camino ocurrente, llevar la contra, desconcertar a todos. Así que rebusqué en el cajón algún cuchillo que todavía estuviera sano. Y le doblé la punta. 

Hace años no le digo feliz cumpleaños, pero el encierro nos hace pensar en nuestros muertos. Y además pienso que si estuviera acá, probablemente estaríamos jugando a las escondidas, aunque ahora tenga 23 y el ropero en el que me escondía aguantando la respiración para no hacer ruido ya ni existe. Otro día les voy a contar de aquella vez en la que me escondí en una mampara de Ricardo Ospital y como se trabó estuve una hora llorando desesperada por que mi abuelo me encontrara. O cómo un día tuve que correrlo por el estacionamiento del supermercado porque él había salido y yo no, ya que la puerta corrediza no me tomaba, y ni siquiera se había dado cuenta, así que siguió caminando. Lloré, obviamente. Parece que siempre le tuve miedo al olvido y al abandono. Pero cuando yo lloraba, mi abuelo se reía. Siempre se reía. No una risa despectiva, sino de esas que te dicen que todo va a estar bien una vez que las lágrimas te dejen de nublar la vista. 

Al día de hoy ya no me acuerdo del sonido de la risa de mi abuelo. Trato de imaginarla, pero ese tipo de memoria es débil. 

Cuando mi abuelo estaba internado yo tenía 16. Nunca se nos dio muy bien el tema de los sentimientos. Nosotros nos demostrábamos las cosas mediante bromas, fastidiándonos, nos entendíamos en la risa, siempre en la risa. La última vez que lo vi apenas podría hablar, así que me cargué al hombro la difícil tarea de sentarme en la punta de la mesa y hacer reír a todos. Aunque mi público era solamente él, seguro haya sido el más difícil. No me acuerdo de qué hablamos, probablemente le haya contado banalidades del colegio. Solo recuerdo que no me animé a decirle que lo quería, porque sentía que iba a pensar que eso era una despedida, que le estaba dando la certeza de la muerte. Como si la persona que se está muriendo no supiera ya que se va a morir. 

Pero también recuerdo que ese día se rió un montón. Que conté chistes y exageré anécdotas con un nudo en la garganta, pero mi abuelo se rió como se reían todos en sus asados. Y ahí supe que, cuando las lágrimas no te nublan la vista, todo está bien.

Cuando mi abuelo falleció lloré dos días seguidos. No fui al colegio, simplemente porque no me podía levantar de la cama. Toda mi familia desfilaba por mi cuarto dejándome carilinas y vasos de agua en la mesita de luz. También me acuerdo de mi papá y mi hermano haciéndome mimos en el pelo mientras me hacía la dormida y lloraba en silencio. Es que tanta lágrima contenida algún día tenía que correr. 

Todavía hoy, cada vez con menos frecuencia, lloro a mi abuelo. Es que me gusta imaginar que podríamos haber hecho los mejores shows en las cenas de verano, combinando lo mejor que sabemos (sabíamos) hacer uno y el otro: hacer reír y hacer llorar.

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No es más que un invento

 

Solo porque a él le gustan los misterios no puede pretender que todos tengamos el síndrome de Sherlock Holmes. Algunos podemos vivir con la incertidumbre de no siempre tener la razón. Algunos queremos dejarnos engañar con el mito de la pasión inexplicable que se da una vez en la vida. Algunos no tenemos interés en brillar y sobresalir. O eso intentamos.

Pero con Alfredo no siempre es posible. Verlo caminar ya le da a una esa envidia sana de tener la impronta necesaria para comerse el mundo. Ya quisiera yo entrar en una habitación y causar lo mismo que causa él. 

Quisiera que las miradas se posaran sobre mí como miles de mariposas en un jardín en primavera: con sutileza, con disimulo, casi imperceptibles, pero certeramente allí. Quisiera que a los hombres se les corte la respiración con mi presencia, y por qué no también a las mujeres. Yo también quisiera tener ese andar despreocupado y seguro de que, si quisiera, nunca más pasaría una noche sola; el pecho hacia afuera, el mentón hacia arriba, los gestos desenvueltos, la sonrisa brillante y amplia, lista para ser mostrada ante la necesidad de que me cumplan un capricho. 

El mito de la pasión para algunos de nosotros es el motor que hace que nos arreglemos por las mañanas. Eso de creer que un día llegará alguien que se quede sin habla ante la propia presencia, alguien que queme con la intensidad del sol de enero al mediodía, ayuda a no dejarse en el olvido. Es una mentira piadosa, un engaño infantil. Es un “mentime que me gusta”, para no dejar de buscar en los rincones oscuros de la ciudad los sábados por la noche el anhelo de sentirse deseada.

Y en el intento de no olvidar lo que se siente el afecto, Alfredo aparece como un concepto: se presenta cada tanto, consistente pero efímero. Llega de la nada, aunque previamente habiendo dejado marcas, como si buscara su dosis anual de cariño inventado, de amor borracho de una noche. 

Toca la puerta como si fuera lo más normal del mundo, como si su presencia fuera habitual, como si no lo viera una vez cada tres años de forma religiosa, como si en el abismo que nos separa no cupieran todas las relaciones realmente importantes que alguna vez tuvo.

Y yo le abro haciéndome la tonta, simulando no conocer sus intenciones, prestándole un oído, sacándole una sonrisa. No porque sienta que se lo deba, sino porque creo que me lo debo a mí.

Entonces una cosa lleva a la otra y nuestras piernas se enredan, nuestros pechos se tocan, nuestros brazos se envuelven y nuestras lenguas combaten en una batalla que parecerá no tener fin, pero durará lo mismo que la oscuridad de la noche, que un suspiro, que el tiempo que tardé en decidir si, por última vez, me iba a dejar engañar por Alfredo. 

Alguien entró en mi casa, estuvo en mi cuarto, pero no falta nada. Y es que ese alguien entró como siempre, con mi permiso tácito, sin cambiar la apariencia de las cosas, pero dejando todo implícitamente revuelto. Tomé la nota que dejó en mi mesa de noche y me senté en la cama. “La pasión no es más que un invento”. Já. Qué sabrá él, si la pasión lo recibe con los brazos abiertos y la cama caliente todas las noches. 

Respiré profundo porque el corazón parecía estar a punto de salirse de mi pecho, pero sabía que no había oxígeno capaz de contener la catástrofe que Alfredo deja tras de sí cada vez que me toca.  Entonces, sin darme tiempo a prepararme, el grito visceral atravesó las paredes, las ventanas, el mundo, y mis manos cobraron vida propia. La lámpara y los portarretratos que yacían en la mesa de luz volaron por los aires, le arranqué la ropa de cama al colchón, las cortinas me molestaban y tiré de ellas como si tirara de Alfredo para evitar que, una vez más, me deje sola. El reflejo en el espejo me miraba risueño, de reojo, sabiendo que de nuevo había hecho el ridículo. Su burla me exasperaba, la humillación era insoportable, mi consciencia susurraba palabras de odio, y entonces el enojo se volvió puño y el puño se volvió añicos, los añicos se volvieron sangre y esta se mezcló con las lágrimas y el rimmel corrido que intenté secar de mi cara al pasar. 

Así el desastre se volvió desgracia y miseria y abandono y otra vez la puta costumbre, otra vez la puta manía de creer que Alfredo no se va a ir, otra vez caer en la nada misma de sentirse descartable.

Me arrastré entre las telas arrancadas, los vidrios despedazados, mi corazón esparcido y untado en la alfombra, que de rosa viejo se tornó en un rojo casi bordó por la sangre que brotaba sin control de mis dedos y mis nudillos, casi negro, casi odio. Llegué al costado de la cama, y apoyé mi espalda sobre ella. Abrí el cajón de la mesa de noche con la mirada perdida y las lágrimas aún brotando pero ahora silenciosas, intentando limpiar el desastre. Saqué el frasco de pastillas para dormir y una petaca con vaya a saber una qué, y bajé dos pastillas con un trago. 

Como me había enseñado mi madre cuando era chica, cerré los ojos y conté hasta cinco. No sé por qué cinco, será que siempre cinco para el peso, será que número impar, pero al llegar a él me incorporé. Alisé mi vestido con las manos, peiné mi cabello detrás de mis orejas, respiré profundo, y le sonreí indulgente a la mitad de mi reflejo que aún podía vislumbrarse en el pedazo de espejo que seguía en pie, roto, parcialmente entero, como yo. Acomodé un poco mi almohada dándole suaves golpes y la puse en su lugar, siempre del lado izquierdo, para luego acostarme y sumirme en un profundo y despreocupado sueño. 

Mañana sería un nuevo día, y tan solo faltarían dos años y trescientos sesenta y cinco días para que Alfredo toque de nuevo la puerta. Y después dice que la pasión es un invento. Já.

El patio de mi casa

El patio de mi casa en verano se pinta de verde, de todos los verdes posibles, y se adorna con fucsia, con rojo, con rosa, blanco, amarillo y todos los derivados de las plantas de mi mamá. El pasto creció incluso en los lugares donde mi abuela hace diez años creyó imposible, y un par de árboles frutales cayeron por su propio peso.
Hace ya varios años que sacaron la hamaca, teniendo en cuenta que mi hermano y yo estamos lo suficientemente grandes para usarla. Pero el pasto se empeña en crecer de otro color y en forma de círculo donde antes estaba mi calesita naranja, como si no quisiera que me olvide de las veces que me mareé a propósito porque me gustaba ver el mundo en su estado natural: dado vuelta.
Mi casita de madera, donde me sentaba a comer duraznos con mi papá en verano, quien luego la pintó absurdamente del color que más odio, veinte años después, y por algún motivo que me gusta suponer sobrenatural, sigue orgullosamente erguida y en pie; aunque la pintura lila se descascare, aunque hace incontables meses que nadie la visita, aunque la única persona que puede llegar a entrar lo evite por la posibilidad de que esté repleta de arañas. Aunque se la estén comiendo las enredaderas, que de un día para otro comenzaron a crecer contra la medianera del vecino, como se están comiendo la mesa, los árboles, la bicicleta vieja de mi abuelo, como a veces siento que me comen a mí.
El patio de mi casa me abraza y me escupe chiquita, de nuevo cerca del piso, y me lleva a recorrer la quinta en la que había tomates apenas nos mudamos. Me lleva a revisar el piso de la galería en busca de un vidrio diminuto erosionado que quedó pegado cuando hicieron la vereda; y es que todavía hoy, cuando me acuerdo, lo toco con el índice de la mano izquierda en busca de suerte, repitiendo el ritual que me inventé cuando tenía 5 años y que, aunque quiera, el toc no me permite romper. Recorro el funeral que le hice a un pajarito que encontré muerto abajo de un ciruelo, con una cruz con palitos y un colchón de hojas medio secas. Paseo por el olor a tierra mojada para hacer barro y mezclarlo con albahaca, lavanda y flores del jardín de mi abuela, que fue lo más cerca que estuve de tomarle gusto al arte de cocinar. Viajo por el recuerdo del día del invierno del 2003 en el que aprendí sola, como se aprenden las cosas realmente importantes, a andar en bicicleta sin rueditas; recorro el patio con el pasto crecido, pedaleando como loca, hasta que me topo con una subida y me caigo de espaldas al piso. Me acuerdo de quedarme acostada e inmóvil, con la bicicleta encima, intentando que me salga el llanto para cuando alguien saliera a ver la penosa escena. Esperé durante un minuto, luego dos. Luego fueron cinco, y cuando comprendí que nadie iba a salir a presenciar mi premeditado teatro escandaloso, respiré profundo, me levanté, sacudí mi ropa y entré enojada. “Aprendí a andar en bicicleta, y me caí de espalda y me golpeé la cabeza”, dije enojada. Mi abuela y mi mamá festejaron. Yo comprendí que el otro nunca va a entender qué tanto le duelen las cosas a uno, entendí que lo que para uno es un mundo, para otro es un patiecito.
Pienso en lo irónico que es que ahora me guste llorar a escondidas, en general con angustia y sin que nadie sepa al respecto a menos que no tenga opción. Pienso en que ya no ando mucho en bicicleta, porque desde ese momento debería haber sabido que la vida me quiso torpe, y me siento más segura cuando al mundo lo camino (aunque tenga dos pies izquierdos que solo logro coordinar para bailar). Pienso en la sensación de estar acostada en el pasto, me acuerdo del cielo gris del invierno a las 5 de la tarde, me acuerdo de estar inherte esperando algo, sin saber muy bien qué. Y pienso en cómo nunca me olvidé de esa sensación, que no es incertidumbre pero se le parece, que no es expectativa pero algo de eso tiene, y que tantas otras veces a lo largo de la vida volví a sentir. Como cuando dibujé con tizas de colores la pared recién pintada de la galería de mi casa a días de habernos mudado, porque los colores oscuros me deprimen desde siempre, y cuando le mostré orgullosa mi regalo de bienvenida a mis padres, mamá empezó a gritar. Al día de hoy no logro descifrar esa mezcla de culpa y confusión. Tanto es así que, cuando veo una pared recién pintada, en lo primero que pienso, siempre pero siempre, es en pintarla con tizas de colores.
Así me di cuenta que me gusta lo bizarro, que disfruto de lo absurdo. Que hallo algo placentero el hacer enojar o llorar a la gente. Que me divierte y atormenta lo que no tiene explicación, que no me asusta sentir que me están comiendo las plantas. Que me fascina la sensación del pasto en los pies, y que un poco me gusta cuando me quedan hojas en el pelo. Porque a pesar de todo tengo una obsesión con pintar las cosas de colores, y desenredar lo enredado se lleva toda mi energía.
Entonces a veces me acuesto en el patio de mi casa y miro el cielo, y premedito mi próximo escándalo. Un escándalo que esta vez va a suceder a puertas cerradas y llorado sola, porque así, sola, es como se aprenden las cosas más difíciles. Es que siempre me deprimieron las cosas oscuras. Pero lo bueno es que ahora, que ya no me interesa racionalizar lo irracionalizable, quizá las pueda pintar con tizas.

Respirar y seguir

Hace unos años me fui al sur para encontrarme, porque no sabía muy bien dónde estaba parada, ni quién era, ni hacia dónde iba. Ahora entiendo que cargar a un lugar con semejante responsabilidad es algo descabellado. Porque está bien que en el sur me encontré con las montañas más altas, con los bosques más calmos, con los lagos más fríos y el sol más tajante. Está bien que hay algo en el sur que te pide a los gritos que te dejes ser. Pero no te encontrás cuando te vas, sino cuando te quedás y decidís amigarte con eso que querés esquivar. En el sonido del correr del agua descubrí que todo fluye, todo pasa, nada es estático, estamos siempre en constante movimiento. Y si vi crecer flores amarillas entre las piedras, ¿cómo voy a creer que algo es imposible? 

Se que cada viaje es un mundo, que cada experiencia es distinta, pero estoy segura de que todos coincidimos en que en el sur se respira paz. 

Los días son eternos, el sol quema aún más intensamente, y el agua atravesada por la luz tenue del sol de la tarde, que se cuela desesperada por los recovecos de las copas de los árboles, acaricia las piedras mohosas hasta teñirlas y desteñirlas de mil colores diferentes. El mismo agua es la que cae furiosa por los arroyos, la que te hiela los pies, la sangre y el alma, la que parece apuñalarte cuanto más profundo te metés. Pero con el correr de los días te das cuenta que en realidad no es el agua, sino el efecto del sur calándote hasta los huesos, es la calma que se te mete en el cuerpo, que te congela los problemas, que te calienta y te ablanda el corazón. Es la tierra abajo de las uñas, que se amontona como las historias al subir las montañas, que te da la sensación de que no te va a alcanzar la vida para recordar tantos atardeceres. Y es que el cielo nunca tuvo tantos colores, el viento nunca susurró tantos secretos.

En el sur no sólo las estrellas son fugaces, si no que también los lazos lo son. Personas con las que hablás en el colectivo se vuelven amigas por un día, gente con la que compartiste un mate se vuelve tu compañera de año nuevo. Las personas que te ayudaron a abrir una lata te comparten fernet, y alguien de otro país te ayuda a definir el tema de tu tesis de grado. El calor del vino y del fogón se vuelven el mejor plan de sábado a la noche. El arroz con saborizante se vuelve fugazmente un manjar, y el instante en el que atardece a miles de metros de altura se te queda grabado para siempre en la retina. Las estrellas están al alcance de la mano, y la luna en la cabeza haciendo de farol. La vida parece complicada, pero en el sur te das cuenta que no lo es. Que todo nudo tiene un desenlace, que los finales son el principio de todo.

Me mojó el agua de la lluvia, me empapé del rocío de la noche, me calentó el fuego de un fogón (y el vino, no voy a mentir). Dormí en una carpa, en una cama, en un quincho; incluso, porque no todo es color de rosas, me depuré de todo aquello que me sobraba y dormí con la cabeza en un inodoro. El agua helada del lago me acalambró los pies, el sol del mediodía arriba de la montaña me quemó la piel, la luz de la luna nos hizo de vela y las estrellas me vieron reírme como una llama e intentar coordinar a cuatro borrachas de un tirón. Me quedé sin aire pero respiré profundo, porque en viajes anteriores me enseñaron que siempre voy a tener a alguien que respire conmigo. Entonces esta vez estuve ahí por si a alguien los pulmones parecía que le iban a fallar. 

Viajé en colectivo, en avión, en auto, caminé, hice dedo. Tomé cerveza, me reí, esta vez no lloré. Y es que no tenía mucho para llorar, pero sí un montón para agradecer. Por estar de vuelta, con los de siempre y con gente nueva. Por estar, por seguir, por, algún otro día, volver a volver. Pero sobre todo, agradezco tener memoria. Y un montón de historias para contar.

Esta vez me fui al sur sin esperar nada. Ya me había encontrado, y la solución no era subirme a un avión como había creído en un principio. Esta vez me esperaba para amigarme conmigo, para estar en paz con todos, para probarme que había crecido, para darme cuenta que logré salir de un montón de lugares en los que no quería estar. Volví para ver lo que ya había visto con otros ojos y para descubrir lugares nuevos. 

Al sur lo encontré igual que siempre, preparado para dar sin recibir, para bajarte a la realidad, para ventilar, enjuagar y secar al sol todo eso que deseás conservar, y para llevarse con el viento aquello que querés dejar ir para seguir camino más liviana. El sur es como cuando sacás la cabeza del agua para tomar aire y volver a zambullirte: es una bocanada de calma. Es inmensidad. Es fluir, flotar, volar, seguir. Seguir aunque estés rota. Seguir para ir arreglándote en el camino. Seguir.

Ahora ya no le tengo miedo a estar sola. Tampoco le rehuyo a estar acompañada. El sonido del viento, del roce de las hojas, del correr del agua ya no me significan un miedo paralizante a encontrarme conmigo misma. Ya no me tengo miedo. Ahora el ruido del silencio, el ruido del sur me calma, me abraza, me muestra el camino recorrido, me recuerda que hay aún kilómetros por recorrer. El estar a la deriva me llena de adrenalina, y la libertad ya no me abruma, sino que me hace flotar. Ya no quiero salir corriendo, ahora quiero atravesar el tiempo despacito, porque me di cuenta que la vida es lo que la hacemos durar. La inmensidad de la montaña me hace acordar que somos un punto en el espacio, y está bien, porque la infinidad del lago no me agobia, el frío del viento no me desvela, el calor del sol no me ahoga. Ahora ya no me escapo de mis problemas, porque entendí que alejarse kilómetros del desastre no sirve de nada cuando el caos lo tiene encima una misma. Ahora a mi peor enemiga le hago frente, no la dejo boicotearme. Ahora la invito a tomar un mate y a leer un libro frente al lago con los pies en el agua. Porque, reitero, ahora ya no me tengo miedo.

 

Me fui al sur para dejar de castigarme, para amigarme conmigo. Y esta vez sabiendo que no siempre es fácil algo tan simple como respirar. Que a veces el pecho se cierra, a veces no poder duele, que la desesperación agobia, pero la sensación es momentánea. Porque el sur me hizo acordar que, si el aire no pasa, tengo muchas personas dispuestas a correrse del camino conmigo, sentarse en la tierra, y contar despacio, de a poco, todas las veces que aprendimos y enseñamos a otros a respirar.

Carta sin destinatario

Te escribo una carta porque sí. O, mejor dicho, ¿por qué no?
Te escribo una carta porque que vuelvas es como volver a las clases de natación. Es aprender a nadar, todo de nuevo, para dejar de ahogarme en un vaso de agua. Es estar frente a una pileta con olor a cloro, a transpiración y a miedo, parada en el borde de lo bajito, con mi malla enteriza roja y negra, la gorra de goma plateada demasiado apretada tapándome los oídos, y las antiparras azules nublándome la vista. Es poder ver el fondo pero aún así sentirlo a infinidad de kilómetros, es el calor del ambiente convertido en vapor convertido en una olla a presión convertida en mí a punto de explotar y romper en llanto abrazada a la profesora, soy yo siendo chiquita pero aún así sintiéndome más chiquita de lo que ya era, pensando alguna excusa lo suficientemente válida para mí misma, para no aceptar que tenía miedo. Es la profesora asustada, asustada porque yo no tenía miedo de nada, no tenía miedo nunca, porque yo era todo risas, porque yo alentaba a otros a que se tiren a la pileta, no lloraba desconsolada ni tenía taquicardia ni ganas de salir corriendo porque sentía que, aunque sea en lo bajito, me iba a tapar el agua. Es mi mamá entrando a abrazarme, sin entender por qué lloraba, si yo solo pedía por mamá cuando la cabeza me estaba por explotar.

Es la excusa inventada, que una vez que la digo me doy cuenta que no tiene sentido, y es que soy chiquita, tengo cuatro años, tengo miedo y vergüenza de tener miedo, y me siento diminuta y observada y ahogada y agobiada y derrotada y presionada y ahora me siento igual, porque volvés y es otra vez lo mismo, lo de siempre, y te escribo pero no te escribo porque vos no lees esto nunca, y mejor que no lo hagas porque tampoco sé muy bien si te estoy escribiendo a vos o si me estoy escribiendo a mí.

Me estoy escribiendo para acordarme, dentro de unos años, que me costó un montón aprender a nadar, que de hecho al día de hoy no sé hacerlo, pero que floto de maravillas, que aprendí a hacer la plancha, aprendí a barrenar la ola y a pasarla por abajo. Me escribo para recordarme que no eras el flota flota, que en realidad eras el tsunami, pero uno que, cuando lo tenés cerca, es solo una ola que se deshizo en el camino, sos el amague, sos el agua que llena de arena y caracoles, que ensucia más de lo que limpia. Me escribo para decirme que está bien, que a veces instintivamente sale una excusa tonta y a veces necesito hablar con mamá, pero esta vez fue la última, y tirarte a la pileta aunque no veas el fondo no es tan trágico cuando tenés a alguien que te espera del otro lado.

Me escribo para recordarme que el hecho de que vuelvas es como volver a las clases de natación, es aprender de nuevo a dejar de ahogarme en un vaso de agua. Y, sobre todo, escribo para no olvidarme que cuando me di cuenta de que el agua me llegaba a los talones, dejé de aguantar la respiración y salí caminando.

Temperley

Las calles de Temperley me dan la sensación de que el tiempo se detuvo sin que siquiera haya podido notarlo. 

Temperley me recuerda a la sensación de rebeldía de andar borracha por sus calles a la madrugada, a la adrenalina de estar tomándote un colectivo cuando a tu mamá le dijiste que te llevaban los padres de algún amigo, a la libertad de ser un adolescente solo en la calle dispuesto a comerse ese micromundo picante, que cuando sos chico te parece enorme, que es el sur del conurbano bonaerense.

Cuando paso por Temperley me acuerdo de marearme en la calesita en las noches calurosas de noviembre, me acuerdo de correr borracha por Meeks en las fiestas de egresados, me acuerdo de quedarme en una esquina sentada hablando toda la noche con un amigo, de tomar vino caliente en la plaza de la estación. En el libro de la historia de mi vida, Temperley sería el capítulo de mi adolescencia temprana, la cuna de mis llantos, de mis risas, de mis desvelos. Temperley es el repositorio de las anécdotas más divertidas y de las risas que más me hicieron doler la panza. Y cada vez que paso por ahí, me acuerdo de mis 16 y 17 años, justo la época en la que todas mis amigas se habían puesto de novias y empecé a salir con mis amigos varones.

Cuando salía con los chicos, antes de juntarme con ellos, siempre tenía la sensación de que estaba por romper una mística masculina en la que no me correspondía entrar. Siempre me sentí cómoda con ellos, desde que tengo memoria e iba al jardín de infantes, pero la dinámica de sus salidas era completamente diferente a la nuestra, la de las mujeres (me es en este caso imposible no caer en binarismos, mil disculpas).

Cuando llegaba, siempre, pero siempre, halagaban lo que tenía puesto. No en plan “qué linda pollera, ¿dónde la compraste?”, sino más bien algo como “ah bueno, hoy sí que estás perra, ¿vas a pescar con nosotros en el boliche hoy?”. Jamás me cuestionaron el maquillaje, el corto de la pollera, lo escotado de mis tops, lo lento que caminaba con los tacos que no sabía usar pero que estaba empeñada en ponerme.

Luego me preguntaban si tenía algo para tomar. Si la respuesta era sí, lo ponía en la mesa y lo socializábamos. Si no, me daban un vaso y me dejaban tomar lo que quisiera. Y una vez que todos teníamos un vaso lleno, ahí empezaban a poner música bizarra. Cumbia santafesina, los mejores éxitos de los 80, la música que nunca jamás ibas a escuchar en una previa decente.

Cuando sos adolescente y de la nada te volvés la única amiga del grupo sin novio, hay algo que te empieza a hacer ruido. Hay un millón de preguntas que se te cruzan por la cabeza, desde “¿qué tengo de malo?”, pasando por “¿tan fea soy?”, hasta “¿qué les pasa que no ven que soy piola?” y “ni en pedo me pongo de novia, estoy en mi mejor momento”. 

Cuando sos adolescente y de golpe los sábados a la noche tus amigas se van al cine con “sus chicos” y ya no tienen tiempo para vos, sentís que te quedaste sin un lugar de pertenencia. Estás sola, a la deriva, boyando, sin nadie a quien llamar cuando se te ocurre un plan excelente para el fin de semana, sin nadie a quien avisarle que le caes a dormir y a pintarte las uñas mientras comen chocolate y juegan a Los Sims a la madrugada.

Pero desde el momento en el que ponía un pie en el lugar en el que estaban los chicos, mis amigos, automáticamente me convertía en uno más. Y creo que nunca lo dije, pero voy a estar eternamente agradecida por eso. Porque el hecho de que te abran la puerta, te abracen, y te hagan sentir que pertenecés en un momento en el que el mundo parece darte la espalda y gritarte en la cara que siempre cinco para el peso, que siempre hay algo que te falta para encajar, es terriblemente invaluable.

Me explicaban cómo encaraban chicas en el boliche, me hacían parte de sus bromas pesadas de asquerosidades, me mostraban videos bizarros que veían. Me hacían bailar con ellos y me volvían cómplices de sus travesuras infantiles, demasiado tontas incluso para alguien de 16 años. Y yo estaba orgullosa de entender los guiños y los chistes internos.

Hay otro gesto que también considero enorme. Probablemente no lo hacían adrede, de hecho con el tiempo comprobé que mis amigos son así con todo el mundo, y creo que en esos momentos corría más alcohol que sangre por sus cuerpos flacos y largos con tres pelos de barba que cuidaban con gran preocupación. Pero siempre que caminábamos por las solitarias calles de Temperley a las 3 de la mañana, lo hacíamos en forma de pandilla, de círculo desordenado y ordenado a la vez; un círculo en el que siempre, sin quererlo pero sin excepción, yo quedaba en el medio. Se aseguraban de que no quede caminando adelante de todo, y tampoco de que vaya sola atrás. Cuando entrábamos a algún lado, también estaba en medio de la fila. Y es que yo era un pibe más, pero también eran conscientes de que los pibes no corrían el mismo riesgo que yo en las bocas de lobo y en los boliches del conurbano. Y nunca se los dije, pero pocas veces me sentí tan cuidada como cuando salía con ellos. 

Anduvimos por plazas, por puentes, por estaciones de tren, por calles cortadas. Tomamos colectivos llenos de gente, y se sentaron conmigo y miraron mal a todo borracho que se atrevía a mirar fijo mi escote por más de cinco segundos. Y si bien creo que esperaban que no me diera cuenta, yo veía a sus cuerpos diminutos ponerse a la defensiva ante cualquier amenaza que veían. Porque era un pibe más, pero a la vez sabían que no lo era. Dentro de toda la libertad que siempre supe tener, y que ellos supieron respetar, miraron de cerca que nadie se interpusiera entre el mundo y yo. Me cuidaron las espaldas.

El mundo nunca más se va a sentir tan inofensivo como cuando caminaba por Temperley con mis amigos, borracha a la madrugada, cerrando los ojos para sentir mejor el frío del viento pegándome en la cara. Nunca más me voy a sentir tan parte de algo que no me correspondía, pero que ellos quisieron de todas formas compartir conmigo. Nunca más me voy a sentir tan grande e invencible como cuando cantábamos y corríamos los colectivos de la avenida Espora tomando fernet de una botella cortada y congelada ideada por un futuro diseñador industrial. 

Temperley parece haberse detenido en el tiempo. Y cada vez que paso, nos veo caminando por sus calles, dispuestos a comernos el mundo. En el diccionario de mi paso por el mundo, si tengo que traducirlo, en mi cabeza Temperley significa amistad.

Cuál es tu por qué

Un amigo me dijo que busque cuál es mi por qué.

Escribo porque me gusta contar historias. Porque detrás de los detalles más chiquitos y de quienes se creen más insignificantes e intrascendentes, es en donde más sucesos hay para contar. Escribo porque hay una mística cotidiana, hay algo etéreo del día a día que queda tapado por el sinfín aplastante de la rutina, y que no siempre se puede percibir. Y escribo porque alguien tiene que traducir eso. Escribo porque me gusta poner en palabras lo que a veces es difícil nombrar, y porque me gusta tener la palabra justa para todo. O al menos creer que la tengo.

Escribo porque me gusta volver a donde estuve, para ayudarme a entender dónde estoy parada hoy. Sobre todo cuando miro para abajo y mis pies parecieran estar en las nubes.

Escribo porque a veces el vino me nubla la memoria. Porque no quiero que las tardesnochesmadrugadas con mis amigos se pudran en los resabios del olvido de una plaza del Conurbano, o que queden vagando por las calles y los rincones de Capital. Escribo porque las penas de mis amigas merecen ser contadas, y porque las lágrimas lavan esas penas y alivian el dolor. Escribo por la alegría de la cerveza de los sábados a la noche, por las papas fritas compartidas en los bares de Buenos Aires, por los besos que conllevan una historia graciosa, por el dolor de pies después de bailar que sirve para tapar el dolor del corazón. Escribo por los amores no correspondidos, por las eternas idealizaciones, por los mil y un coqueteos de la adolescencia, y escribo para poder, para empezar de una vez por todas, a quererme y a coquetear conmigo misma.

Escribo por los ñoquis de los 29 con la plata que tenemos en el bolsillo abajo de los platos, por los mates en cualquier momento y lugar, y por las distintas realidades que me cachetearon a lo largo de la vida, y que no pude solucionar. Escribo por lo sobreprotectora que era mi abuela, y por lo libre que me deja ser mi mamá. Escribo para no decepcionar a mi viejo, y deseando que mi abuelo, donde sea que esté, tenga algún motivo para estar orgulloso.

Escribo por la incertidumbre y la ansiedad que no me dejan dormir bien a la noche, por los tés de tilo que me hace mi mamá, por los consejos de mi papá en el auto, por los ojos hinchados de llorar a la madrugada, y por los pellizcones en las muñecas durante el día para mantenerme despierta.

Escribo por los que están, por los que se fueron, por los que vienen cada tanto pero que ya no quiero que vengan más. Escribo para decirte que no, para decirte que basta, para decirte que ya no tengo quince y que tengo la psiquis entrenada a golpes para darme cuenta dónde y por qué no quiero estar. Escribo para ver cómo crecí, cómo cambié, y para asumir que hay cosas que nunca van a cambiar.

Escribo para que no se olviden de vos, para que no se olviden de mí. Escribo para que persistamos más allá de nosotros, escribo para que seas inmortal. Porque solo muere quien es olvidado, y transformándote en palabras a veces tengo la sensación de que te estoy alargando la vida. Escribo porque algunos ya no están, porque incluso yo ya no estoy, porque estamos compuestos por ciclos, que una vez que se cierran quedan relegados al baúl de los recuerdos. Y no es que no confíe en los archivos de la cabeza, pero la memoria ordena y arregla a su antojo, entonces con un lápiz y un papel evito que distorsione todo aquello que me lastimó para hacerlo más soportable. Diría que escribo porque prefiero escribirlo y que me duela, a recordarlo suavizado.

Y aunque tengo bien en claro que lo que hago es totalmente prescindible, que si yo dejo de escribir el mundo igualmente sigue girando, me gusta pensar que si no lo pongo en palabras, el mundo no va a saber lo que fue ni lo que pudo ser. Y que gracias a mis palabras es porque será.

Un amigo me preguntó cuál es mi por qué. Y no supe qué responderle.

De monedas y deseos

Encontré una moneda en la playa.

Pero no era cualquier moneda. Era una moneda de 5 centavos, corroída por el tiempo, por el mar y por la arena, por el viento y por los años, intentando camuflarse entre los caracoles y las piedras que se juntan en la orilla.

Encontré una moneda y me la estaba por guardar, porque una moneda oxidada y convirtiéndose en piedra no se encuentra todos los días; porque una moneda de 5 centavos no se encuentra todos los días. Bah, simplemente ya no se encuentra. 5 centavos ya no existen.

Encontré una moneda y me la estaba por guardar, pero entonces, entre tanta bruma marina, entre tanta calma gris que precede a la tormenta, entre tanto mar revuelto y tanta humedad de esa que te infla el pelo y te pegotea la piel, se me ocurrió que esa moneda podría ser un deseo.

¿Y si, efectivamente, esa moneda era un deseo? Un deseo lejano, de los tiempos en los que los deseos de 5 centavos cotizaban en bolsa, de aquellos momentos cuando los deseos de 5 centavos significaban quizás la felicidad eterna, de esos momentos en los que 5 centavos eran un sacrificio lo suficientemente grande como para merecer al amor de tu vida, y no tan solo un pancho y una coca.

¿Y si, efectivamente, esa moneda era un deseo de felicidad eterna, de amor incondicional, de fortunas incalculables, de salvar una vida? Mirá si esa moneda había sido la causante de una familia numerosa, de un matrimonio sexagenario, de un viaje interminable, de un nacimiento o de un renacer. ¿Qué iba a pasar si me guardaba la moneda? Quizá la familia se enfrentaría en una guerrilla interna cargada de odio durante la cena de navidad, la pareja se divorciaría cuando la mujer se diera cuenta que estaba casada con un pelotudo, el viaje habría de terminar de un plumazo con una repentina e inexplicable caída del avión, una persona, en alguna parte del mundo, se moriría así sin más, de muerte súbita, desplomándose en ese mismo instante.

Encontré una moneda de 5 centavos, corroída por el tiempo, el mar y la arena, una moneda que estaba por guardarme pero entonces, justo antes de dar un paso para seguir con mi caminata playera huyendo de la tormenta, decidí evitar que volaran copas y pedazos de turrón funcionando como proyectiles en una mesa decorada de rojos y dorados un 24 de diciembre a las 11 y media de la noche; decidí evitar una decisión impulsiva y sin explicación de una mujer de 80 años que estaba casada con un pelotudo, pero que a pesar de todo, amaba a ese pelotudo con la misma intensidad que lo hacía a los 20; decidí evitar una catástrofe de alcance mundial al ahorrarle a las autoridades de alguna aerolínea lidiar con la caída de un avión repleto de pasajeros, y también así extender el viaje de algún alma indómita que andaba vagando por el mundo desde una vaya a saber cuándo; decidí salvar una vida, o por qué no prolongar alguna re-vida, para que esa persona pudiera tener tiempo de viajar a Villa Gesell para tirar otra monedita en el mar.

Examiné una vez más la moneda de cinco centavos oxidada convirtiéndose en piedra, y decidí que la suerte ajena quedara en manos del destino, de Poseidón, de las olas, del mar. Me hice cargo de no hacerme cargo de los deseos ajenos, porque la suerte está echada. Y repentinamente pensé que quizás alguien, con esa moneda, había deseado que otra persona, vaya uno a saber quién, vaya uno a saber cuándo, vaya uno a saber cómo, encontrase esa monedita. Y por ahí esa persona había deseado que quien la encontrara, a su vez pidiese un deseo, y volviera a tirar la moneda en el mar. Y, quién te dice, que quizás ese alguien era yo.

Es que una vez me dijeron que el equilibrio del mundo depende de cada pavada. Así que sin darle más vueltas al asunto, pedí un deseo y tiré la moneda, lo más lejos que pude, de vuelta al agua espumosa. Deseando que mi deseo, llegado el momento, quede en manos de alguien que decida, lanzando la moneda de nuevo al agua, que yo también merezco la felicidad eterna.

Dafne

Dafne tiene 11 años, pero en realidad es milenaria, anacrónica, no tiene edad.

Dafne tenía el pelo castaño y largo hasta casi los tobillos. Pero ahora lo tiene bien cortito, y el mechón que cae sobre su frente es de color rosa.

A Dafne le gusta la magia, el misticismo, el circo.

Dafne hace piruetas, corre, salta y gira por todos lados.

Dafne sabe de mitología romana, de mitología griega, de astros y de cuerpos luminosos.

Dafne sabe mil historias, algunas divertidas, otras tristes; y otras incluso de ciencia ficción. Ella jura que son verídicas, que son verdad. Y lo jura con una convicción, con una creencia ciega, con un fuego tan furioso saliendo de su pecho, que uno efectivamente termina creyendo que lo son. Porque las historias que se cuentan con brillo en los ojos no pueden ser mentira.

Dafne cree ciegamente en el destino. Por eso su madre le puso el nombre que un mago le dijo en sueños, por eso su hermanita lleva el nombre que Dafne sintió en una visión.

Dafne es la mayor de 3 hermanos, que junto a su madre, su padre y su padrastro (una combinación que en otros términos podría ser explosiva) son una familia circense itinerante.

Dafne pasa sus tardes de verano en las plazas del norte argentino, correteando con los hijos de los puesteros, jugando en las hamacas, charlando con todo turista que esté dispuesto a escuchar con fascinación a la nena de 11 años más sabia del planeta tierra. No hay dato que Dafne no sepa, no hay penuria que no haya pasado, no hay alegría que no haya reído.

Dafne tiene 11 años, pero los vivió con la intensidad de una era completa. En su metro treinta vestido con colores chillones y estampados mezclados bien podría estar condensada la historia de la humanidad. Pero no la historia que conocemos todos; sino la historia de la luz, de la oscuridad, de todo eso que pasa y no sabemos por qué, de eso que no tiene un por qué. Pero Dafne tiene una respuesta para todo: sabe el por qué de las casualidades, el por qué del destino, el por qué de las cosas malas que le pasan a uno, y por qué las personas tienen que morir. Y Dafne anda esparciendo esa sabiduría en secreto, en pequeños gestos, en particularidades como no comer la última galletita del paquete para no recibir una maldición de por vida. Y en caso de querer comerse la última galletita, Dafne encuentra la forma de engañar al destino para que la mala suerte pase de largo.

A Dafne la conocimos en la plaza de Purmamarca. Como todas las cosas buenas, no recuerdo cómo comenzó, cómo empezamos a hablar. Solo recuerdo que estábamos sentadas entre todos los chicos que corrían por la plaza, tomando mate, y de un momento a otro Dafne era una más. Fue la sexta integrante del grupo durante dos días, durante dos tardes frescas en las que nos enseñó que todo tiene un lado B. Todo.

Dafne intentó, sin éxito, enseñarnos a hacer contorsión. También nos peinó con extrañas trenzas, e incluso quiso meternos adentro de una burbuja. No en sentido figurado, sino de forma literal. Quiso enseñarnos el arte del hula, se maquilló, se disfrazó y nos brindó un show junto a su familia. Nos mostró, casi sin quererlo, que se desvivía por su hermana pequeña, y que es posible siempre tener hambre. Se tomó nuestro mate y se comió nuestras galletitas, pero a cambio nos dejó el corazón más grande y la sonrisa más brillante.

La última tarde que pasamos con Dafne nos despedimos con un abrazo. Se había subido a mi espalda, y no se quería bajar. Incluso caminé una cuadra con ella a cuestas. Hasta llegó a preguntarle a su padrastro si se podía ir con nosotras, pero todos reímos; incluso ella, porque ya sabía cuál era la respuesta, y como todo ser milenario, tenía la certeza de que eso no era lo que tenía en sus planes el destino. Nos despedimos por vigésima vez con un fuerte abrazo, pero antes de que nos vayamos salió disparada a buscar el celular de su madre para que tengamos un número donde contactarla. Todavía no estoy segura quién tiene su teléfono.

Dafne tiene 11 años y el pelo corto y rosa. Dafne se ríe fuerte, tiene la voz ronca, las rodillas percudidas y entra en confianza en un santiamén. Dafne es amiga de los hijos de los puesteros, es amiga de los puesteros y es amiga de los turistas. Dafne abraza fuerte y mira a los ojos. Dafne no solo te mira, sino que también te ve.

Si hubiéramos estado en la playa, me habría gustado que Dafne fuese un caracol para hacerme un collar.

Si hubiésemos estado en el campo, hubiera querido que fuera una flor para guardar en un libro.

Pero estábamos en Purmamarca. Y toda la gente del norte dice que si uno respeta a la Pachamama, no hay que arrancarle nada, hay que dejar las cosas tal como están: salvajes, libres, riéndose mucho, saltando y gritando fuerte. Aunque a mí me hubiese gustado que Dafne fuera una piedrita nacarada, de esas que adquieren un brillo violáceo por la erosión de los años, del viento y del sol. Y me hubiese gustado traerla de recuerdo.

Todas las cosas que somos

Vos eras como la risa, solo podías estallar; porque eras incontenible, inevitable. Pero también eras intangible, fugaz, sincero. Un día estabas, al otro no. Un día me querías, al otro no.

También eras como el llanto: silencioso, vulnerable, otra vez real. Doblemente real. Porque el llanto ahoga, sí, pero también lava las heridas. Porque dolías, pero también aliviabas todas las penas.

Eras como el agua. A veces caliente, a veces frío. Eras la base de todas las soluciones, eras el solvente, eras la solución completa. En cambio, yo siempre fui la sustancia destinada a disolverse dentro tuyo, fui resumida a un soluto, fui el componente que aparecía en menor cantidad.

Eras como el viento frío de otoño, calabas hasta los huesos; aunque pusiera mil barreras siempre lograbas llegar a lo más profundo. Pero también podías ser como el aire cálido de verano, agobiante, desgastante, agotador.

Vos y yo éramos como un cuento. Introducción, nudo y desenlace. Pero el nudo era nuestra parte favorita. Y tanto era así que nunca podíamos salir de él; recién ahora entiendo que ningún nudo se desató sin antes enredarse un poco más.

Pero yo era como la dinamita: solo podía explotar.  Y todavía no estabas preparado para lidiar con el incendio que solía dejar a mi paso.

Era como un torbellino; había que estar bien plantado para no enredarse con el viento que levantaba, con una fuerza que no podía, no sabía, o no quería manejar.

Era como un edificio a punto de desmoronarse, y vos no tenías por qué ser la estructura que lo soportase.

Era más fácil hacerme llorar que hacerme reír. Y sin embargo tengo que agradecerte.

Porque siempre elegiste la segunda.