Casualidad o causalidad

Una, famosa justificación de los más soñadores, de los que se atreven a creer en el destino, de aquellos que pasan más tiempo en el cielo que sobre la tierra, fanáticos de lo esotérico y mágico que guarda el mundo en algún recóndito lugar intangible de la existencia.
La otra, la más realista, se vuelve el irrefutable argumento de aquellos serios cientificistas que quizá por falta de motivación, por desconfianza, por haber sido decepcionados, se niegan a entrar en el universo de la idealización, viven encadenados a una vida fáctica sin posibilidades de múltiples interpretaciones y explicaciones ilógicas; pero en el fondo, todos sabemos que evitan sumergirse en los sueños por miedo a nunca poder bajarlos a la cotidianidad, por terror a perderse en ellos, por encontrarse en una realidad tan ideal que la vida como es deje de parecer interesante.

El punto es que se encontraron. Se encontraron y las causalidades no fueron suficientes para explicar la casualidad del asunto. Se encontraron y las casualidades fueron demasiado casuales para explicar las causas. Se encontraron y ninguno supo bien por qué. Se encontraron cuando ya se habían encontrado miles de veces, se eligieron entre un océano de caras igualmente desconocidas para ambos, congeniaron sin entender bien cómo dos desconocidos podían conocerse tanto, olvidaron cuando fue que notaron que se habían conocido, comprendieron que no había vuelta atrás.

La casualidad incluso consideró las causas de su reunión e intentó buscar una explicación lógica de esa relación arbitraria. La causalidad, por primera vez, se animó a soñar y se dejó llevar por creencias que aseguraban que su encuentro era un plan del destino inscrito en las distintas dimensiones desde tiempos inmemorables.
Pero ninguna pudo explicar bien el por qué de ese encuentro tan inesperado, tan innecesario y necesario a la vez, tan carente de sentido y significado que se pobló de razones, tan misterioso que rompió con todas las estructuras de las formas de explicación más comunes.

Y es ahí, en el momento en el que ni las casualidades ni las causalidades ganan, cuando ambas, muy a su pesar, se mezclan, interactúan, se funden en una danza desafiante que se torna una guerra que no llega a nada, en ese preciso instante en el que no hay lógica válida ni idealización que alcance, en ese mismísimo momento, cuando ocurren las grandes cosas de la vida.

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