La ciudad de la luz

El leve viento otoñal acariciaba sus mejillas con suavidad. Bailaba en un hipnotizante ritual con su cabello color chocolate, enredándolo, alisándolo, jugueteando en una danza arrítmica e imprecisa que imponía su propio compás. Su respiración era pausada, dejaba entrar la justa cantidad de aire fresco a sus pulmones, limpiando las impurezas de una noche de nostalgias que la había dejado pensativa, como todas las que había pasado en ese lugar anacrónico en que nunca se sabía si las horas avanzaban o retrocedían, si la vida seguía su curso o cada vez que el sol se escondía volvía a sus años dorados, a los tiempos en que las calles eran luminosas y silenciosas pero dentro de los bares semi-secretos, ocultos a esos que no sabían apreciar la adrenalina del misterio y la clandestinidad, todos bailaban, conversaban, reían, bebían y volvían a reír con aún más entusiasmo y honestidad luego de un par de copas, como si fuera el último día de sus vidas, como si todo finalmente llegara a su fin, como si todo finalmente estuviera comenzando.

Miró y admiró el panorama. Inhaló profundamente, queriendo guardar esa ciudad en sus adentros, en sus pulmones, como si quisiera que se le metiera en las venas, que corriera por su sangre, que se asentara en sus huesos. ¿Cómo podía ser que un lugar le hiciera sentir que el tiempo no pasaba, que no existían preocupaciones, que no había nada que un café, sentada en una mesa en la calle admirando a los turistas maravillados de tanta mezcla de historia y novedad, al final del día no pudiera arreglar? ¿Cómo era posible que se sintiera tan parte, tan presente, encajando a la perfección en un lugar que se encontraba a miles de kilómetros de distancia de sus orígenes? Nunca supo si era el aire bohemio que inundaba las calles, o la historia que corría por el Sena, la arteria de ese lugar tan mágico, maravillante, atrapante y a la vez sencillo, que nada pedía de uno más que silencio y admiración, más que un minuto para poder absorber toda su finura y su grandeza, su sofisticación y el arte que emanaba en todo detalle lo que la enamoraba.

Nunca supo si todos los que pasaban por allí se sentían atraídos como ella, siempre vaciló acerca del poder magnetizante de sus calles angostas, de su clima mayormente gris y ese viento, ese maldito viento que la abrazaba y dificultaba su paso, como amándola, necesitándola, haciéndola adentrarse a ese ambiente nostálgico e intelectual.

Solo sabía que París, la ciudad de las luces, la ciudad anacrónica en la que siempre se es joven y siempre se es viejo, en la que el cuerpo es un adolescente y el corazón un veterano, era su lugar en el mundo

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