Mamá

Sola. En silencio. Así la encontré, sentada en el centro del sillón de tres cuerpos de colores otoñales situado en el medio del living. Su posición se asemejaba a la de Buda. Miraba la televisión encendida frente a ella, pero en realidad no la estaba viendo. Sus ojos estaban abiertos, pero ella no estaba mentalmente allí, en esa sala fría de paredes rosa viejo, con muebles azules y aires de desolación.

La observé en silencio durante unos instantes, y cuando se percató de mi presencia volvió en sí y me espetó una sonrisa inventada, de esas que se ponía para disimular que dentro suyo todo andaba patas arriba. Le dediqué otra igualmente falsa, mientras algo en mi interior se quebraba. Por primera vez en mi vida la notaba frágil, algo entrada en años, cansada; su cuerpo menudo parecía bailar dentro de la ropa excesivamente holgada y descolorida que usaba para dormir. Su pelo revuelto y despeinado gritaba que no tenía fuerzas siquiera para arreglarse. El color oscuro debajo de sus ojos tristes denotaba el agotamiento, tanto físico como mental, y su espalda algo encorvada delataba que en ella cargaba el peso de sus años y, hacía unos pocos pero largos días, también el peso de la tristeza y el sentimiento de abandono.

Inhalé profundamente para tomar valor y darme ánimos. Lentamente, con un nudo en la garganta y las piernas temblorosas, disimulando lo triste, fingiendo que todo seguía igual, me acerqué a ella. Me senté a su lado, casi pegada e imitando su posición, en ese sillón para tres que nunca se había sentido tan grande y vacío. Parecía que habían pasado millones de años y no tan solo unos pocos días desde que habíamos estado las tres sentadas allí, casi aplastadas, cobijadas de un día invernal desubicado en pleno marzo, bajo el calor de un poncho marrón, peludo y rasposo que era una reliquia familiar. Mi cuerpo en el medio de esos dos pilares irrompibles que simbolizaban esas mujeres nunca se había sentido más seguro que ese día, y nunca volvió a hacerlo. Ni siquiera hasta al día de hoy.

Puso suavemente una mano sobre mi rodilla, tratando de mostrar firmeza y compostura, pero sabía que ante el mínimo roce comenzaría a temblar. Así estuvimos unos instantes, mirando fijamente y con falso interés la televisión que estaba a pocos metros ante nuestros cuerpos, esperando a que la otra hable primero, midiendo quién era más fuerte de las dos (porque muy a mi pesar, siempre reprimí todo al igual que ella), deseando que la otra sucumbiera para así finalmente rendirse ante la avasalladora sombra de la melancolía que nos acechaba con insistencia por invadirnos de desazón.

“La extraño”. Las palabras salieron de mi sin que pudiera contenerlas, en un hilo de voz. Temblorosas pero con toda la certeza del mundo, desde lo más profundo de mi. La miré lentamente, para ver su reacción. Y así, sin más, como si hubiera estado esperando ese momento durante minutos, horas, días, meses…se desarmó. Se rindió ante el dolor y cayó sobre mi falda, deshecha, cansada, agotada, desconsolada; rompió en llanto.Y lloró durante largos minutos que me parecieron siglos, cada lágrima un pequeño golpecito al nudo de mi garganta. Lloró lento y en silencio, pero lloró mares. Lloró por el dolor de la pérdida, lloró por aguantar el peso de la tristeza propia, de la ajena, lloró porque sus hijos se quedaron sin abuela y porque ella misma se había quedado sin madre. Simplemente la abracé, torpe, acariciando su cabello como si eso fuera anestesia capaz de amortiguar aquel avasallante dolor. “Extraño a mi mamá”, dijo en un sollozo ahogado y desgarrador que la hizo parecer de siete años, triste, inocente, melancólica, nostálgica, dolida. Y lloré con ella, porque por primera vez en mi vida tuve que hacerle de madre a mi mamá, que había perdido a la suya. Tuve que sostener en mis brazos de trece años recién cumplidos el peso de toda una vida rota, el peso de mi super mujer invencible que había perdido un pedazo de ella, y que ahora yacía sin consuelo sobre mi.

Lloramos hasta que el llanto se transformó en risa, cuando notamos el cliché de la situación. Reímos suponiendo que si mi abuela entrara en escena en ese momento, aún sin entender nada, lloraría igual o más desolada que nosotras, por el simple hecho de vernos llorando y de no poder contener las lágrimas debido a su hipersensibilidad. Volvimos a llorar, cuando notamos que esa loca fantasía nunca se volvería realidad más allá de nuestro exangüe inconsciente.

Y así pasaron las horas; la madrugada nos encontró dormidas, con la cara todavía húmeda, desarmadas sobre ese sillón de tres cuerpos de colores otoñales que ahora servía de sostén para nuestras almas temblorosas y nuestros cuerpos rendidos.

Desde ese día no la vi igual. Desde ese instante tan simple, dejó de ser ese ser sobrenatural que creía eterno y anacrónico, todopoderoso e invencible; desde ese día empecé a verla como lo que en realidad era: una persona. Una persona que luchaba por mantenerse entera y de pie, cargando con el peso de la tristeza de otras cuatro personas, además de la suya, y tratando de seguir con la rutina porque la vida demandaba que no había que parar, que todo seguía su curso, como si nada hubiera pasado, como si nadie faltara, como si todos siguiéramos enteros.

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