Periquita

“Vos sos Periquita”, le dijo una voz algo rasposa, amigable, casi paternal mientras giraba con ansiedad la llave plateada y desgastada que cerraba el angosto portón de su casa. Volteó algo incrédula, entre segura y confundida. “Si, Periquita”, repitieron con certeza unos ojos casi transparentes, ocultos tras una piel un tanto curtida por el sol y unas arrugas que albergaban años de vivencias, algunas algo ásperas quizás. El hombre de cabello blanco y ojos amigables, con campera de jean y una pesada mochila la miró con ternura e insistencia directo a los ojos, que quedaban fácilmente en su campo de visión debido a los centímetros de altura que los años que cargaba en su espalda le habían quitado, y que podría o no tenerlos guardados prolijamente en aquella mochila. Ella vaciló, sin saber bien cómo reaccionar. “Vos ibas a la casa de mi hija a jugar con mi nieta, Periquita”.

Había volteado porque en el fondo de su ser sabía que ella era Periquita. Sabía que muchas veces la habían llamado así. No sabía quién. Tampoco estaba segura dónde. Pero al escuchar esa palabra se vio como una pequeña con treinta centímetros menos que ahora (que cargaba con un modesto metro y medio), algo rechoncha, con mejillas siempre apretujables y rojizas, ojos achinados cuando se reía con timidez y quizás dos trenzas de paisana, o por qué no una cola de caballo muy tirante por la cual probablemente estaba avergonzada debido a que la había hecho su mamá y no ella, que todavía no conseguía atarse el cabello con éxito.
Pero no recordaba una casa. No recordaba a su hija. Mucho menos a su nieta. Pero aún así Periquita disparó un millón de estallidos en su memoria y en su cabeza. Ella era Periquita. Su corazón dio un pequeño salto solo cuando miró los ojos transparentes que la recordaban más pequeña y con mucha ternura.
Le preguntó por sus abuelos y ella le contó que ya no estaban. Los recordaron con una sonrisa triste, él extrañando las charlas con aquellos buenos amigos, ella tratando de contener las lágrimas de niña que no dejaba que nadie viera para que no supieran lo mucho que necesitaba a veces jugar a las escondidas en el living con su abuelo o sentir el olor a salsa de tomate de la abuela que se sentía desde la puerta de su casa cuando volvía del colegio.
Caminaron una cuadra juntos, ella explicando que toda la situación que describía le resultaba familiar, él aportando datos que le permitieran a aquella descuidada memoria recordar las tardes en que se juntaba con sus abuelos, mientras ella jugaba con sus nietos. Pero no hubo caso. Lo único familiar era esa sensación de sentirse como en casa, protegida, querida, esa nostalgia inexplicable bajo la mirada de aquel señor paternal, al mirar con disimulo las profundas arrugas del rostro de ese anciano de carácter suave y simpático.

Pudo ver la decepción en sus ojos. Percibió algo de dolor al ver qué fácil olvidaban los jóvenes aquello que los adultos guardaban en sus ceniles cerebros como tesoros. Lo observó marcharse. Se sintió perdida. Se sintió frustrada, enojada, triste, hasta abatida. Vio irse junto con esos ojos transparentes su tierna infancia, las tardes en las que creía que dormir siesta era perder tiempo de juego, las meriendas a las cinco en punto sentada en una silla alta con sus cortas piernas percudidas por la tierra colgando rítmicamente. Se vio caminando por el barrio con caras que no podía definir, yendo al kiosco a comprar golosinas que no podía saborear. Las sábanas de su memoria se enredaban tratando de encontrar esos momentos que su corazón sentía con certeza que había vivido. Pero no lo logró.
Así que simplemente lo observó marcharse, a paso lento, rítmico, cansado pero seguro, yendo a hacer compras, quizás a visitar a su hija, quizás a ver a su nieta, vaya uno a saber si no a sus bisnietos, desesperado por evitar que su huella se borrase de otra memoria, triste por caer en la cuenta de que para algunas memorias ya es tarde, que para algunas personas sus tesoros no eran tan valiosos como él los creía, frustrado por comprender, una vez más, que por más que luchara nada era para siempre. Ni sus nietos, ni los amigos, ni las risas, ni las tardes rodeados de niños sonrientes para los que auguraban un futuro lleno de sueños. Ni siquiera los recuerdos. Ni siquiera esos tesoros.

Hasta el día de hoy, meses después, ella no puede recordar. Su memoria nunca dejó de buscar, pero aún no logra dar con el baúl en el que depositó aquellas tardes de verano. Y esperó volver a cruzar a aquel señor con ojos que acarician, pero no lo hizo. Nunca volvió a verlo, jamás lo vio pasar, ni siquiera a lo lejos, por su calle. Quizás el también se había vuelto recuerdo. Uno que ella no se permitiría olvidar.

A veces cuando está sola piensa en Periquita. Piensa en su vida, en sus tardes, en sus trenzas desechas y sus manos y piernas llenas de tierra al final de la tarde. Piensa en las calles de su barrio, en los chicles que había comprado en el kiosco con esas caras indefinibles y en cómo los tatuajes que traían le adornaban ridículamente la piel. Piensa en su abuela, en cómo su mano fuerte y protectora tomaba la suya cuando cruzaban las calles en el camino de vuelta a casa. Siente el ruido del arrastrar de los pies de su abuelo al caminar las veredas con ojotas en pleno verano, y también alguna que otra picadura de mosquito en sus piernitas cortas, que rasca con desesperación y sin dejar de caminar para no perder el ritmo de sus abuelos al andar. Cierra los ojos y toma sus manos, y camina contenta entre esos dos cuerpos que creía indestructibles, eternos, anacrónicos (y que a veces hasta creía que siempre habían sido anchos, tiernamente arrugados y canosos), ansiosa por llegar a casa y contarles a mamá y papá qué había sido de su día.
Abre los ojos y suspira. Los cierra de nuevo, con más fuerza, y respira profundo, deseando que Periquita vuelva, que no se vaya nunca, rogando que pueda escapar de los descuidos de su memoria. Porque el hombre de ojos tristes no se equivocaba. Porque ella era Periquita.

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