Abuelo

Era un mediodía cálido el que corría por el año 2001. Lo recuerdo porque, una vez más, sentada en el asiento trasero de una bicicleta, volvía del jardín despeinada por el leve viento otoñal, con sonrisa siempre alegre y algo tímida; excesivamente cachetona para mi corta edad y achinada por aquel brillo infranqueable del sol, atravesaba las calles repletas de hojas en colores café de Adrogué, que comenzaban de a poco a cobrar vida debido a la hora de finalización de la jornada escolar;en esa bicicleta que consideré mi primer carruaje, era escoltada por el que siempre creí mi más fiel compañero: mi abuelo.

No es que me considerara princesa; nunca lo hice y nunca lo haré, simplemente no encaja con mi forma de ser. Pero aquel hombre invencible, siempre al frente, siempre fuerte, siempre un poco loco, siempre algo encorvado y arrugado, ese hombre que toda la vida había creído infinito y anacrónico, solo era comparable con un noble caballero de la realeza británica. No por su prolijidad, porque si bien su rosario era peinar su cabello blanco con algunos tintes negros con una raya al costado, siempre estaba dispuesto a dejarme experimentar en su persona mis dotes estilísticos con hebillas de brillos y colitas de colores; tampoco por su intachable educación, porque siempre fue el que tomaba de más en los asados familiares y contaba los chistes más graciosos, burdos y vulgares que había escuchado, y que muchas veces no podía entender. Estaba segura que lo que hacía reír no eran sus chistes, sino su personalidad contagiosa, siempre alegre, siempre dispuesto a romper el hielo, a diluir cualquier aspereza. A su lado era imposible no sonreír, no sentirse segura y querida. Él era mi caballero porque fue el primero que me hizo sentir a mi, una nena insegura desde el minuto uno de su existencia, que era una princesa capaz de lograr todo lo que me propusiera. Y aún más importante, me hizo sentir que con ser quien soy bastaba, incluso sobraba. Me hizo sentir casi tan infinita como él.

Ese mediodía cálido del 2001, volviendo del jardín, paramos como de costumbre en la heladería. Sabíamos que cuando volviéramos a casa y mamá nos viera, mi cara llena de helado de frambuesa y chocolate, la suya de crema americana y dulce de leche, se iba a desatar la Tercera Guerra Mundial. Que no íbamos a almorzar, que hacía frío para comer helado, que eso era mejor comerlo cada tanto. Lo sabíamos, y esa adrenalina de lo prohibido era lo que más me gustaba de nuestra salida clandestina, de mi capricho de princesa y su mimo de caballero.

Bajé de la bicicleta y contemplé la puerta de la heladería como si fuera el paraíso. Mi debilidad por el helado databa de tiempos inmemorables. Volteé en busca de mi abuelo, de su mirada cómplice oculta detrás de unos gruesos lentes y su cabello grisáceo…y no estaba.

Sola. Desprotegida. Así me encontré, parada en la puerta de la heladería: abandonada a mi suerte, completamente a la deriva. La angustia me recorrió completa. Por mi sangre comenzó a correr la desesperación. Mis ojos derramaban lágrimas de abatimiento, de soledad, de incertidumbre. Creo recordar también una pizca de dolor. Con cada lágrima mi corazón se hacía cada vez más pequeño, y yo me sentía cada vez más chiquita. Por primera vez en mi vida me habían abandonado.

Estaba aturdida, sentía que no me querían, que era un simple objeto desechable, un estorbo. Una mujer joven, con sonrisa amigable y algo conmovida por la patética escena de una nena despeinada, sensible y abandonada en la puerta del lugar, se acercó y me abrazó con timidez, inquiriendo sobre el asunto. Me desplomé sobre ella, deseando teletransportarme a los brazos de mamá o papá, rogando no estar viviendo todo eso, tratando de comprender esa extraña situación, preguntándome por qué me había abandonado mi abuelo.

De pronto, la nube gris que se erguía avasallante y amenazando con desatar una tormenta sobre mí, se disipó mágicamente al oír una voz familiar desesperada, que apareció como un rayo de sol luego de una semana nublada e inundó el lugar, metiéndose con avidez en mis oídos. “¿Qué pasó? Fui a estacionar la bicicleta”. Era mi caballero, mi eterno e infinito abuelo. Mi abuelo, el que no me había abandonado.

Años más tarde, mucho después de ese día, comprendí lo que el verdadero abandono es. Comprendí que el sentimiento en realidad es mil veces más fuerte, más avasallante, más violento. Que el dolor que genera no termina nunca, no desaparece jamás. A veces, simplemente se esconde para regresar en un tiempo con la misma efusividad con la que lo hizo la primera vez; y esos días es difícil incluso levantarse de la cama. El abandono se te mete en el cuerpo, te martilla el alma, se te cuela en los huesos y te rompe de a poquito el corazón. Es un frío constante, un frío seco que causa temblor y que no tiene cura, porque no hay abrigo capaz de paliarlo; porque es un frío que viene de adentro de uno, de la falta misma, del hueco que dejó aquello que se fue, y por el que el implacable viento helado de la soledad se infiltra hasta la raíz. El abandono también es necesidad de todo aquello que el otro nos daba, y que de un momento a otro se esfumó en nuestra cara. El abandono es un fiel compañero que no se va nunca, que siempre está ahí. Porque todos, bajo distintas circunstancias, fuimos abandonados. Uno simplemente aprende a vivir con ello.

Y un día me abandonó. Me abandonó, y esa vez fue de verdad. Un día ya no tuve quién me busque durante una hora mientras estaba escondida en el ropero. No tuve quien me haga creer que tomar un vaso de leche después de lavarme los dientes me los iba a poner más blancos. No tuve quien me dejara ganar cuando jugábamos a las cartas. Me quedé sin ese alguien que me enseñaba a abrir frascos de mermelada para nunca tener que depender de la fuerza ajena.

Y fue entonces, cuando el caballero finalmente se fue, cuando me abandonó sin quererlo, cuando tuve que incluso desear que me abandone para que lo hiciera en paz, que comprendí que a veces el abandono era involuntario, y entendí que sólo era una princesa porque él era mi fiel caballero.

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