Mauro

Corría el año 2002. Agosto, para ser más precisa. Un invierno que no recuerdo muy frío, sobre todo el mediodía de aquel lunes 19. El día estaba lluvioso, caluroso y sofocante. Un vaho pesado se levantaba del asfalto como si lo hubieran puesto al fuego durante horas. Son detalles superficiales y banales que no hacen a la historia, pero sin embargo están grabados en mi memoria como si de ello dependiera el relato, como si el más mínimo cambio de su orden afectara por completo el producto. No debería acordarme del clima, pero el hecho de haber estado sentada durante lo que a mi me parecieron siglos frente a una enorme vidriera que daba a la avenida Hipólito Yrigoyen a la altura de Banfield, hizo que el lento movimiento de las gotas al resbalar por el vidrio marcara el ritmo del paso del tiempo y aumentara mi fastidio.

Por aquel entonces, al estar sentada los pies no me llegaban al piso. Tampoco lo hacen ahora, pero en ese momento la distancia entre mis zapatillas de jean número 23 y el suelo era unos centímetros mayor. Movía las piernas con insistencia, tosía, giraba en la silla, contaba las gotas que se pegaban a la ventana. Cada tanto me paraba y daba vueltas entre los ambientes armados especialmente para exhibición. Cocinas de lujo, baños dignos de la realeza. También recuerdo encerrarme en las mamparas para calmar la ansiedad, el fastidio, el odio que me recorría completa.

Mi abuelo trabajaba hacía años de sereno en un lugar de materiales y equipamiento para el hogar. Era un buen tipo; tanto que incluso había dejado de ser empleado para convertirse en amigo de los dueños, y es por eso que creo que a sus setenta y pico de años seguía conservando un trabajo que alguien con varias décadas menos que él podría haber realizado con mayor eficacia.

Ahí me habían dejado, a las apuradas, aquel mediodía lluvioso del lunes 19 de agosto del 2002: sentada frente a una enorme vidriera, rebalsando de preguntas, entre anonadada y fastidiada, acompañando a mi abuelo en el trabajo porque repentinamente no tenía dónde quedarme y justamente el local estaba a muy pocas cuadras de la clínica.

Recuerdo atiborrar a mi abuelo con preguntas que no podía responder. También lo recuerdo diciéndome “quedate tranquila, ya nos va a venir a buscar tu papá”, para evadir mis inquisiciones y evitar que rompiera en llanto por el fastidio. Un fastidio que en realidad era la simple cara visible de un complicado trasfondo de sentimientos encontrados, demasiado complejos, para una cabeza tan chiquita y tan curiosa como la que solía tener. Estaba enojada. Tenía miedo. Me moría de la intriga. Si hubiera sabido desde un principio que incluso antes de materializarse la situación iba a arrebatarme el protagonismo que poseía en mi pequeño mundo, habría pedido algo más simple, como una muñeca o esos autos en miniatura que tanto me gustaba chocar entre sí.

El momento entre que mi papá llegó por nosotros y llegamos a la clínica desapareció por completo de mi cerebro. No logré retenerlo, tampoco logro ahora recuperarlo. Pero recuerdo que, entre tantas entradas que tenía esa clínica a la que solía ir a visitar a la pediatra, la que utilizamos fue la de atrás. Incluso ahora, casi catorce años después, cada vez que el tren está llegando a la estación de Banfield y la fachada trasera de la clínica se deja ver por la ventanilla, tengo un flashback inmediato a ese día, a ese largo pasillo, a esa angosta puerta de vidrio por la que mi rollizo cuerpo de nena de preescolar caminaba repleto de incertidumbre.

Tomamos el ascensor; ya no recuerdo hasta qué piso. El olor a desinfectante, mezclado con el dolor de la pérdida y la alegría de una nueva vida, tan característicos de aquellos lugares, entraba a mi sistema respiratorio de manera tan intensa que se había inmiscuido también en mi sistema nervioso, haciendo que la piel se me erizara y que mi estómago se hiciera un nudo. O acaso serían todas las emociones que me había tragado y que se habían hecho una pelota que cargaba en el medio de mi cuerpo. No lo cuestioné en ese momento, pero tengo la certeza ahora.

“Es acá”, dijo mi papá tratando de disimular la ansiedad mientras tocaba con expectativa la puerta, una ansiedad que yo bien sabía leerle a pesar de mi corta edad. Tiré suavemente de su mano para evitar que entrara, pero hizo caso omiso a mi implícito pedido. Miré desesperada, horrorizada, envuelta en pánico a mi abuelo, que venía detrás, en busca de ayuda, en un grito mudo desesperado de auxilio, pero solo recibí de el una sonrisa y un pequeño empujoncito; se burlaba tiernamente de mí para sus adentros, eso también sabía leerlo. Tenía la misma expresión que cuando exigía mi turno para hablar en la sobremesa pero no sabía que comentar: una risa trabada en los labios, que prefería guardarse para no ofender mi temperamento hipersensible.

La voz de mamá se escuchó del otro lado. La puerta se abrió y pude verla recostada en la camilla, cansada, desprolija, sonriente, charlando con mi abuela con un tono de voz suave. Dijeron muchas cosas que ignoré adrede, no estaba para discursos ni preámbulos. Estaba llena de odio y de fastidio, enojada, furiosa. Todos sonreían, todos lo miraban. Me quedé a un costado mirando la patética escena. Se abalanzaban sobre la cuna de un fuerte plástico transparente como si la vida se les fuera en ello. Me recosté con mi mamá en la camilla y dejé que me abrazara. No dijo nada; parecía ser la única que sabía exactamente lo que me pasaba, aunque ella jamás hubiera estado en esa situación. Un don que, debo reconocer, conserva hasta el día de hoy, junto con el de los abrazos que todo lo curan.

Al rato todos charlaban de otros temas para distenderse. Bajé lentamente de la camilla, silenciosa, con disimulo; quería aprovechar el momento, no quería que nadie viera esa escena ni se percatara de lo que estaba apunto de ocurrir: iba a declararle la guerra, a vomitarle mi odio. Porque hacía horas estaba ideando un berrinche para que lo devolvieran.

Me acerqué temblorosa a la cuna y, al asomarme en puntitas de pie, bastó con que se aferrara a mi dedo y lo apretuje para entender que nunca más iba a estar sola, y que nunca iba a soltarlo; y comprender, sin llegar conscientemente a hacerlo, lo que es sentir que resignarías todo lo que tenés, lo que sos, lo que podrías llegar a ser, por un rejunte de cromosomas con pocas horas de vida.

Así fue como a los cinco años aprendí de un segundo a otro, casi como una cachetada, lo que es compartir. Así fue como perdí casi por completo el egoísmo. Así fue como mi propia vida, mis propias necesidades, mi propia existencia pasaron a parecerme obsoletas, sin sentido, pasaron a un segundo plano.

Así fue como Mauro llegó al mundo; a mi mundo. Y lo dio vuelta.

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