Desfasados

Y un día volví a ese lugar en el que aquella vez, hacía años, me había sentido por primera vez yo.
Recorrí sus calles elegantes y pulcras con presteza pero sin apuro, absorbiendo su aire bohemio lleno de historia y tratando de retenerlo en mis adentros durante todo el tiempo que pudiera, para nunca olvidarme la manera en la que esa ciudad me hacía sentir. Acaricié paredes, monumentos, observé con excesivo detenimiento detalles que para el ojo de cualquiera parecerían insignificantes. Pero yo no era cualquiera; mi alma se había gestado, había nacido y se había desarrollado en ese lugar, y luego había ido a parar al cuerpo de una persona de los suburbios, de la zona sur de la provincia de Buenos Aires.
Caminé todo el día sin rumbo, devorando la ciudad con tranquilidad simulada pero con una desesperación que me recorría completa al notar que el tiempo nunca estaría a mi favor, jamas sería suficiente para guardar dentro de mí y hacer correr por mi sangre ese velo de nostalgia que me dejaba el recorrer sus calles, el tocar sus paredes, el admirar su grandeza y respirar todo su arte y su historia.
Observé a unos pocos metros el Pont Neuf y mi corazón dio un vuelco. El nerviosismo y la emoción se fusionaron en una indefinible danza que cargó mis mejillas de color y mi corazón de calor. Me temblaron las piernas cuando di un paso sobre él; tuve que parar para recuperar la compostura, y una vez más inhalar la grandeza del lugar y la situación. Me acerqué sin apuro, queriendo retrasar casi inconscientemente el momento, a un banco en semi círculo que daba al Sena. Me asomé sobre la baranda que funcionaba de respaldo del banco y observé panorámicamente la ciudad. El viento me voló un poco el cabello. El sol, el increíble y noble acto del sol asomándose en esa ciudad mayormente gris, me achinó los ojos. Sabía que brillaba para mí, para la ocasión, dándome la bienvenida e intentando convencerme de nunca más volverme a ir. Pasé mis manos suavemente por la baranda de cemento blanco, algo descascarada, fría y rugosa al tacto. Sentí cómo el calor de mi pecho se extendía a todas mis extremidades, cómo un impulso casi eléctrico recorría mis huesos y socavaba cualquier fatiga e imperfección. Sentí mis músculos relajarse y mi corazón ensancharse hasta casi salirse por completo de su sitio, una descarga incontenible.
Y entonces reí. Reí en voz alta. Reí como nunca antes había reído. Reí porque en algo tan simple como caminar por esas calles, había encontrado la felicidad que toda la vida había estado buscando. Reí llena de júbilo, enérgica, fuerte, resignada, y me senté en el medio redondel que asomaba y servía de banco, ahora de espaldas a aquel enorme surco acuático que cruzaba la ciudad, para recordar que ese paisaje de ensueño era real.
Volví a inhalar en profundidad, recuperando la calma, acomodando mis manos sobre las rodillas para mostrarme cierta autocompasión. Miré a la gente que pasaba. Analicé con detenimiento sus pasos lentos y constantes; también vislumbré otros apurados, sin tiempo de interiorizar todo aquello que los rodeaba. Pies grandes y pesados, otros viejos y algo débiles. Piernas largas y esbeltas, y otras tan cortas como la breve edad de sus dueños, que eran ayudados a atravesar aquel puente sostenidos por sus sonrientes padres. Vi el sol comenzar a guardarse para darle paso a la luz de la luna que todo misterioso y mágico vuelve. Sentí el aire tornarse más húmedo a cada segundo. Acaricié mis rodillas de manera impaciente, tratando de contener el fulgor que se deshacía de a poco en mi pecho y buscaba salir con rapidez de mi cuerpo. Intenté de inmediato recuperar la alegría con todas mis fuerzas, pero el nudo subía desde el estómago hasta la garganta con ávido descaro, insolente, intrépido y sin piedad. Desgarró mis cuerdas vocales cruelmente una a una con sus afiladas uñas, y rasguñó mi entereza hasta que no pude evitar que saliera con ferocidad de mí.
Culminó estallando en un sollozo. Uno profundo y desgarrador que no pude mas que tratar de contener llevándome desesperada las manos llenas de ciudad a la cara.
Y lloré. Lloré con angustia, con congoja. Pero principalmente con ese sentimiento de falta, de felicidad perdida que solo la impertinente nostalgia genera en los corazones blandos que se ocultan tras una fachada de entereza y estabilidad. Lloré hasta que la noche todo lo volvió azul y todo lo llenó de sombras. Lloré hasta que la angustia me recorrió completa, hasta que la tristeza de saberme mortal, de comprender que aquel lugar tampoco me sería eterno y constante me invadió. Lloré hasta que lentamente deje de sentirme presente, hasta que las puntas de mis dedos sintieron la electrizante carga del cambio de tiempo, hasta que el aire dejó de estar embebido en anacronismo, arte, libertad, hasta que mi cuerpo se quedo sin lágrimas para llorar.
Lloré hasta que mis manos se atrevieron a abandonar mi rostro y a caer inertes a los costados de mi pesado cuerpo, y nuevamente caí en la cuenta de que simplemente era un alma rota, un alma originariamente parisina en un cuerpo de Buenos Aires, desfasados.

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