Guriso

Hay personas que pasan por nuestra vida tan solo por un instante, por un período tan corto que se vuelve un momento casi efímero; sin embargo, muchas veces son esas personas las que más influyen sobre nosotros.
Me gusta compararlas con las estrellas fugaces: Una vez que ves una, te cambia por completo el punto de vista, te abre los ojos; hace que mires el cielo, el todo, con más atención.
Así fue mi tío Pedro y su paso por mi vida: Fugaz y efímero. Pero caló lo suficientemente profundo como para que mi memoria todavía lo tenga presente.

Tenía ocho o nueve años cuando lo conocí, y diez la última vez que lo vi, un año antes de que falleciera sin saber lo mucho que me había marcado, por alguna razón que aun al día de hoy no puedo comprender.
No era mi verdadero tío. Es más, ni siquiera estábamos emparentados. El tío Pedro era el primo de mi abuela. O primo segundo. O tan solo alguien que conocía desde hacia tanto tiempo que ya se había vuelto parte de la familia, nunca supe bien. Vivía junto a su esposa, un personaje tan serio que no logró captar mi cariño como él lo había hecho, en la localidad de 9 de Julio.
Las circunstancias en las que conocí al tío Pedro siguen latentes. Tenía ocho años y viajaba sin mis padres por primera vez; estaría en 9 de Julio durante cinco días con mi abuela y mis falsos tíos.
El tren partía de la estación de Once. Nos esperaban largas y frías horas de paisajes desiertos y desolados en los que las estaciones de cada pueblo, marcadas por una gran modestia y soledad campestre, eran un alivio a la inseguridad de andar vagando en un tubo eléctrico por zonas casi desiertas de la provincia de Buenos Aires a altas horas de la noche, desprotegidas y vulnerables, una insegura mujer de casi setenta años y una nena hipersensible de ocho que había llorado al despedirse de su mamá minutos antes de que partiera el tren.
Me gustaba viajar en tren, leer los nombres de los pueblos en los carteles de las estaciones, y más aún imaginar el destino de los pasajeros que se bajaban en esos lugares fantasmas. Personas excesivamente abrigadas, largando un humo helado por la boca, con pesados bolsos, mirando hacia los costados sin saber bien a donde ir, con esa turbación característica de los viajes largos. Me preguntaba si una vez que bajase iba a verme igual a ellos. Igual de perdida, igualmente perturbada, dudosa, insegura.
No recuerdo el primer encuentro con mi tío Pedro. Solo retengo un saludo incómodo de mi parte, y uno alegre y cariñoso de la suya. Siempre sonriente, siempre haciendo alguna broma. Tenía algo que me recordaba a mi abuelo, y cuyo parecido pude confirmar meses mas tarde, cuando volvimos a visitarlo, esa vez con mi abuelo acompañándonos; pero esa es otra historia.
El tío Pedro era un hombre de poco cabello canoso y una pelada que asomaba brillante, con la piel curtida por los años y por el sol, y numerosas arrugas surcando sus manos y su cuerpo gritando a viva voz que nada le había sido fácil. Su mirada de ojos grises podría haber congelado a cualquiera, pero sin embargo nunca nadie jamas me miró con tanta alegría, ternura y bondad. El tío Pedro fue quien, por primera vez, mas allá de llevarme sesenta años, me trató como una igual.
Al llegar, nos guió en un breve recorrido por su modesta casa; esa vivienda siempre me pareció preciosa, pero no en un sentido arquitectónico, ya que no tenía nada de especial, e incluso había numerosos detalles sin terminar. Lo que me cautivaba de esa casa era que había sido construida por él, y el hecho de que a sus sesenta y nueve años siguiera con planes para terminarla, me hacía adorarla todavía más. A veces me acuerdo del momento en el que subimos por una escalera de madera al techo y me detalló todo lo que haría en un futuro. “Cuando vuelvas, vas a tener tu propio cuarto para quedarte”, dijo sonriente, con orgullo y lleno de esperanzas. Me da vergüenza que pueda estar viéndome desde algún esotérico lugar, y se encuentre con que no solo no llegó a terminar la casa, sino con que tampoco yo volví a pasar por allí una vez que él ya no estuvo.
“El tío Pedro es inventor” dijo mi abuela mientras con mi tía Nélida se ponían a cuchichear sobre lo que había ocurrido con sus vidas en la cocina. El viejo me miró con cierta vanidad y acomodó su boina marrón y sus gruesos lentes redondos con orgullo. Su invención más grande, o al menos la única que recuerdo, era un extraño mecanismo que hacia que la puerta se cerrara sola y suavemente si alguien la dejaba abierta. A mis 9 años, me pareció una majestuosa hazaña digna de un premio Nobel.
Cerró su chaleco color crema y se alisó el pantalón marrón oscuro de pana con las manos. Parecía siempre estar vestido como si fuera de otro tiempo, en colores tostados, demasiado arreglado para todas las ocasiones.
En seguida se dispuso a mostrarme su taller: carteles viejos, una soldadora, tornillos, maderas, clavos. Un caos en el que misteriosamente tenía todo perfectamente organizado, y en el que los mejores inventos jamás patentados tuvieron nacimiento.
Nunca supe bien qué tenía ese hombre, pero me había cautivado. No de manera paternal, ni con cierto fanatismo. Sentía que estaba junto a un nene grande. Un nene con el que pasaba las frías mañanas de pueblo jugando a la escoba del quince y sorprendiéndolo con mi rapidez para contar, facultad que perdí paulatinamente con el correr de los años, junto con su compañía y complicidad, y la de mi abuelo; un nene con el que también tomaba Nesquik y comía pepas de membrillo con masa de limón, delicia que comprábamos en la panadería de a la vuelta, mientras me enseñaba con esmero a mover cada musculo de mi cara; no por casualidad aprendí a levantar las cejas por separado: “es todo cuestión de autocontrol”,  repetía despeinándome con cariño cuando me frustraba. Algunas tardes, generalmente a la hora de la siesta, el nene grande se rehusaba a dormir. “Eso es perder tiempo”, decía como si fuera un chico y cada minuto de sueño fuera uno de juego perdido, y me llevaba al gigantesco parque que estaba a media cuadra de la casa para recorrerlo por completo, observando detenidamente a las nutrias que se paseaban por el lago que funcionaba de epicentro de aquel pequeño pulmón del pueblo.
En una de mis visitas, me llevó a caminar ochenta cuadras por 9 de Julio. No recuerdo una sola persona que hayamos cruzado que no supiera su nombre, y se detuvo a charlar con casi todos. Me presentaba como “Abril, la nieta de mi prima, “la gurisa”, como me decía con cariño. Tanto insistía con mi apodo que comencé a decirle “guriso” y no fue hasta años después que descubrí que era una palabra que ni siquiera existía, que debería haber sido “gurí”. Pero cuando comprendí la razón de sus carcajadas cada vez que mis piecitos caminaban hasta el comedor y se sentaban frente a él del otro lado de la mesa, con un “buen día guriso”, mi querido guriso ya no estaba para presenciar la pérdida de esa mínima parte de mi inocencia.

Nunca supe qué tenía el tío Pedro que lo hacía una persona tan cautivante. Nunca supe cómo en cinco días sentí que habíamos sido amigos de toda la vida, él tan adultamente infantil, yo tan infantilmente adulta. A veces creo que nos complementábamos; el aun conservaba cierta picardía e inocencia característica de los chicos, y yo tenía un alma que extrañamente parecía haber sido siempre vieja. Y esa picardía, esa inocencia, esa complicidad que siempre encontraba en él, me generaba esa sensación emocionante de hacer un nuevo amigo en el jardín de infantes. Así de simple era relacionarse con él. Así de honda fue la huella que dejo en mi memoria aquel nene grande que solo había envejecido por fuera. Y me enoja el hecho de que se haya ido sin poder hacerle saber que, así de insignificante y corriente como el creía ser, para mí era una especie de ser mágico y cautivador, que hasta el día de hoy me hace creer que todos somos inventores, como él, de nuestro propio destino.

Nos enteramos de que murió por teléfono. Una llamada más bien simple y concisa, a eso de las ocho de la noche, cuando yo tenia doce años. Hacía muchos meses que no lo veía. Y aun mas van a ser los que no podré verlo. Y algo que siempre me recrimino es el no haberlo llorado. Ni una lágrima, ni un sollozo, ni un suspiro. No es que no lo quisiera, sino todo lo contrario; ir a 9 de julio en vacaciones de invierno era la cuota de necesaria alegría que solo saciaba el ir a jugar con el tío Pedro. Pero la angustia no me invadió al oír de su fallecimiento. Como si estuviera complotada con mi tío, la angustia me pasó por al lado y simplemente me sacudió con picardia el cabello, en una caricia casi infantil, y me susurró bien bajito y con una sonrisa que no vi pero pude sentir: “no llores, gurisa”.

Hoy, más de diez años después, sigo recordando las tardes que pasé rodeada de ancianos en 9 de Julio. Y sigo recordando cómo extrañamente no me aburría. Incluso ruego porque todos seamos como el tío Pedro. Ojalá todos a los setenta años sigamos siendo chicos. Ojalá a los setenta años sigamos animándonos a soñar, y estemos dispuestos a seguir inventando.
Ojalá con siete décadas encima pueda tratar a un chico como un par. Y ojalá a los setenta años tenga el espíritu tan joven como para quedar en la memoria y en el corazón de una nena de diez años. Y, por primera vez, abrirle los ojos.

2 comentarios en “Guriso

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