El todo es menos que la suma de las partes

La psicología dice que “el todo es más que la suma de las partes”. Pero cada día estoy más convencida de que las partes son mucho, muchísimo más grandes que el todo.

Porque quizás la vida no se trate de tener todo decidido, meticulosamente planeado y acomodado; estudiar, trabajar, casarse, reproducirse. Tampoco tener un hijo, plantar un árbol, escribir un libro.

La vida quizá sea correr descalza por la calle con una amiga a las tres de la mañana, con el zapato que tu mamá te había prestado roto por una caída estúpida, desesperadas por encontrar a alguien que tenga pegamento, quedándose sin aire en una mezcla de risa y preocupación que el viento frío de la noche no lograba sacarles.

Quizá sea entrar a una panadería con los últimos vestigios de ebriedad de sábado por la noche un domingo a las seis de mañana para llevarle facturas a tu vieja por el día de la madre.

O también puede que sea una patética y ridícula canción que cantás con tus amigos a los gritos mientras bailás como si se te fuera la vida en ello.

Llorar desconsoladamente tirada en el piso en el medio de la calle, casi gritando todo eso que te pasó por la cabeza durante meses pero que por ser tan cerrada no te animaste a decir, o no encontraste a quién decírselo.

O incluso puede ser una tarde otoñal de viernes con mates de por medio tratando de definir qué carajo es el amor, sin llegar a un acuerdo concreto, y paradójicamente con dibujitos animados de fondo.

Una cerveza con amigos en ronda una noche de verano; amanecer en la playa con gente que esperas que nunca se vaya de tu vida.

Compartir un helado, mitad del gusto que elegiste y mitad de otro que odiás, solo por el hecho de compartir algo. Chocar los cinco con alguien por ser el primer beso del año, o recibir un beso de alguien que nunca se te hubiera cruzado por la cabeza. También un beso robado, y recibir ese que tanto (TANTO) esperabas. Que te den un beso en la puerta de una iglesia, en un mástil, en un remís, en una cocina (o dos). Pero llegar a la conclusión de que el lugar nunca importa.

Un colectivo a las cinco de la mañana para volver a tu casa, tu mamá llamándote desesperada porque decís que salís dos horitas y a las ocho de la mañana seguís sin aparecer.

Encontrarte en la calle a alguien que no veías hace mucho e informarte de meses de sus vidas en tan solo cinco minutos. Tomar mate toda la tarde y confesarse los secretos mejor guardados y los sueños más locos.

Pasear con un parlante con cumbia por los pasillos del colegio el ultimo día de clases de tu vida, o terminar una noche abrazada a un inodoro vomitando la acumulación de emociones de una semana completa. También vomitar por la ventana de un trencito de la alegría, o caminar unas cuadras con alguien que querés.

La adrenalina de hacer algo sabiendo que esta mal, que te vas a arrepentir, pero hacerlo de todas formas para no morir con la duda. Mirar a tu amiga como si fuera un bicho raro por bailar como una ridícula en un boliche porque, sinceramente, no le importa nada mas que reírse como si no hubiera un mañana. Conocer personas nuevas y sentir que las conocés prácticamente desde siempre; y además, darte cuenta de que esos seres humanos eran todo lo que sentías que te estaba faltando.

Despertarte y no acordarte qué fue lo pasó la noche anterior, o quizás acordarte más de lo que quisieras. Incluso puede que la felicidad esté en saltar la soga con nenas de nueve años teniendo más del doble de su edad.

Cantar canciones de cancha a los gritos saliendo de una previa, dormirte en la calle después de salir de tu fiesta de egresados.

Estar toda la noche en un boliche con globos de helio, ponerte el globo abajo del vestido para que crean que estás embarazada. Buscar a un amigo que crees que esta al borde de la muerte empastillado, y después de dar vuelta cielo y tierra darte cuenta de que simplemente estaba bailando como un desquiciado. Tomar sol con tus amigas con el ruido del mar de fondo, buscar a alguien toda la noche y encontrarlo cuando te estás por ir.

Perseguir alcoholizadas un colectivo corriendo con tacos altos por un imposible empedrado y que tu amiga termine con el brazo violeta como resultado de la peor caída jamás vista. Colgarte de los caños del colectivo como si fueran un pasamanos, hacer pis en el medio de la autopista. Quedarte encerrada en una mampara, hacer pis en un baño con uno escondido en la bañera y otros dos besándose contra la bacha.

Una noche perfectamente planeada interrumpida por un mensaje inesperado que cambia el rumbo de las cosas, una fiesta en la playa con mascaras trepadas a los hombros de desconocidos. Meditar completamente ebrias en el puente más transitado de la ciudad de Buenos Aires; hasta salir a bailar y ni siquiera entrar al boliche, sino ir directo a comprar un pancho y sentarse en el medio de la calle.

La vida no solo está compuesta por las oportunidades y las decisiones que tomamos, sino también por las que dejamos pasar. No quiero que mi vida sea un todo, no quiero generalizaciones. Quiero momentos chiquitos que se sientan enormes. Quiero momentos que, cuando lleguen esos últimos años en los que ya nadie quiera escucharme, me den algo que decir.

 

4 comentarios en “El todo es menos que la suma de las partes

  1. genial reflexión, hay intensidad, buenos argumentos, distintas vidas que tanto se terminan pareciendo, hay conocimiento, y por eso me invita a pensar aun mas cuestiones que tal vez no fueron tocadas, como el paso desapercibido por esta tierra. Hasta donde estamos dispuestos a llegar para vivir buscando una felicidad puesta en la mirada del otro, como decía aristoteles, y no se que mas escribir. Continuo leyendo, aprendiendo. gracias

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