Navidad

Cuando era chica, Navidad solía ser una fecha feliz. Pero su significado se fue degradando con el correr de los años. Lo considero algo natural, son pocas las personas que conozco a las que esto no les pasa. La mesa se agranda, o mejor dicho, la familia se achica, y cada vez son más los huecos y las ausencias que intentamos tapar con cantidades exorbitantes de comida. Los más valientes, incluso, intentan ingerir la mayor cantidad de alcohol posible (sin llegar a perder la cordura) para que la carga emocional de la velada se haga más llevadera.

Como decía, Navidad solía ser una fecha feliz. Y paradójicamente, la primera Navidad que habita en mi cabeza, es la única propiamente feliz que recuerdo: la Navidad del 2004.

En ese entonces tenía siete años y vestía un vestido rojo que me llegaba abajo de las rodillas. Probablemente lo recuerde porque mamá conserva un portaretratos en una mesita en el living con una foto mía de ese día.

Todavía sentía la inocente emoción de esperar a que llegaran las doce de la noche, aunque confieso que era una emoción un tanto fingida, porque por los pasillos de la primaria ya se corría el rumor de que Papá Noel no era más que nuestros propios padres.

Recuerdo que para esa fecha, las noches del veinticuatro todavía las pasábamos en la casa de mis abuelos paternos, y la mesa nunca había estado tan llena: mis papás, mis cuatro abuelos, mi hermano, mis dos tíos, Cachorro (como solíamos decirle a uno de sus amigos), la esposa de uno de ellos y su hijo, mi primo.

Era una mesa larga llena de comida, llena de personas, llena de voces entrecruzadas y risas pasadas de copas. Una mesa llena de luces, llena de brillo, llena de todo lo que en ese momento me parecía importante. Recuerdo contemplarla en un costado, en silencio, y ver a todos sentados riendo, olvidando por un rato que la vida no es color de rosa y el mundo es un lugar un tanto hostil. Recuerdo sentir en el pecho una explosión, una electricidad que me llegó a la punta de los dedos, una emoción que de haber sido consciente, me habría hecho soltar algunas lágrimas rebeldes. Ese día, perdí un poco la inocencia al confirmar que Papá Noel no era más que un complot familiar al ver a mi abuela sacar una bolsa llena de regalos del ropero, pero no me importó. Porque, no lo reconocí en ese momento, pero lo reconozco ahora: en ese momento, con toda mi familia alrededor de una mesa que me parecía kilométrica, fui plenamente feliz.

Pero en esa Navidad del 2004, nadie creyó que en menos de diez años a esa mesa le sobrarían kilómetros; nadie pensó, ni siquiera por un segundo, que esa mesa alguna vez nos iba a quedar tan grande.

Porque quién iba a pensar que casi un año después de aquella Navidad, mi abuelo paterno iba a fallecer; y mi tío, el hermano mayor de mi papá, decidiría no pasar más las fiestas en familia por el hecho de no poder soportar las ausencias en la situación. No sospechamos que Cachorro, su amigo, también caería enfermo y fallecería. Tampoco pudimos prever que mi otro tío, el hermano menor, iba a separarse de su mujer, y Mateo, mi primo, pasaría las noches del 24 junto a su madre. Nadie creyó posible que los tomates rellenos que mi abuela materna hacía, solamente iban a llenar nuestros platos un par de años más. Mucho menos pensamos que también los benditos globos de papel, en los que tanto esmero y emoción ponía mi abuelo al hacer, iban a dejar de ser una tradición al cabo de unos pocos años más.

Pero once años después, la tarde calurosa y sofocante del 24 de diciembre del 2015, el año pasado, a mis dieciocho años de edad, algo cambió. Para nuestra sorpresa, mientras tomábamos mate, sonó el timbre; tan solo unos minutos después, mi tío, el mayor de los tres hermanos, atravesaba de sorpresa la puerta trasera de casa (donde ahora pasamos las fiestas) con una bolsa llena de cachivaches para hacer un centro de mesa y unas cuantas botellas de vino en una mochila, dispuesto a quedarse a pasar el día. Y al rato, como si el destino lo hubiera estado planeando meticulosamente, después de varios meses sin contacto alguno, la hermana de mi abuelo, el último que había abandonado su silla en la punta de la mesa, llamó por teléfono para saludar y terminó viniendo a pasar la noche con nosotros.

Durante la cena, cerca de las diez de la noche, me paré silenciosa en un costado y contemplé la situación: la mesa se veía kilométrica, las voces se entrecruzaban nuevamente, las risas pasadas de copas mágicamente se habían tornado espontáneas y alegres, y la mesa estaba llena de comida, de luces y de brillo. Y puedo jurar que, por un momento, sentí tener varios centímetros menos de altura y un vestido bordó que me llegaba abajo de las rodillas; creí ver a mi abuelo Benito haciendo el asado y a los tomates rellenos de mi abuela brillando triunfantes en el centro de cada plato; pude ver a mi abuelo Ruben sentado en la punta de la mesa, quizás dándole los últimos retoques a los globos de papel, y hasta vi a Cachorro sosteniendo la muñeca pepona de peluche con vestido verde que me había regalado aquel 2004, y que desde ese entonces (y hasta el día de hoy) se encuentra reposando en mi cama entre unos cuantos almohadones.

Finalmente, a la hora del brindis, sentí la misma explosión en el pecho y la electricidad en los dedos que había sentido aquella vez en el 2004 con mi vestido bordó tapándome las rodillas, pero casualmente esta vez con once años más y una pollera exactamente del mismo color, aunque varios centímetros más corta.

Y cuando mamá miró el reloj y gritó “Feliz Navidad”, vi a la hermana de mi abuelo feliz, como hacía tanto no lo estaba, por pasar finalmente una navidad acompañada.

Vi a mi tío, el menor de los tres hermanos, sin tanta desesperación por irse apenas terminara el festejo, porque nuestra casa nunca se sintió tan nuestra.

Vi el reproche hacia mi tío mayor por la ausencia de las diez navidades anteriores disolverse mágicamente del rostro de mi papá. Y también vi cómo ese reproche se transformó en alegría.

Vi a mi tío reírse por cualquier cosa para disimular que no era el vino lo que lo ponía tan contento, sino el hecho de volverse a encontrar con su familia una noche calurosa de diciembre después de tantos años.

Vi el apagado rostro de mi abuela iluminarse, porque por primera vez en diez años, volvía a pasar las fiestas como lo había hecho la mayor parte de su vida: con sus tres hijos juntos.

Incluso vi a mi hermano sonreír más de lo normal, y comprendí que, al tener tan solo dos años en el 2004, esta era su primera Navidad con la familia, a su manera, completa.

Incluso esta Navidad, mamá no se encerró a llorar doce y cuarto en el baño, dejando salir la angustia contenida por otro año más sin sus padres, como solía hacerlo creyendo que nadie se percataba de su repentina ausencia; al contrario, esta Navidad mamá lloró a las 12 en punto, durante el brindis, ante todos nuestros rostros algo perplejos. Lloró mientras Crónica anunciaba la hora esperada, mientras las copas chocaban estrepitosamente entre sí y lloró cuando veíamos los fuegos artificiales explotar y perderse con sigilo hasta desaparecer. Lloró mientras nos saludábamos uno por uno, diciendo “chin chin” y deseándonos, esta vez con auténtico sentir, una feliz Navidad, y lloró cuando comíamos garrapiñada de almendras.

Lloró y se rió; lloró y no se ocultó. Porque esta vez, lloró de alegría. Mamá lloró porque esta Navidad, la mesa estaba llena. Esta vez, ella no lloró las ausencias; lloró porque inexplicablemente sentimos que volvimos a estar todos.

Pero en realidad, yo creo que mamá lloró porque por una vez en su vida pudo volver a sentir la ansiedad y la emoción de que llegaran las doce, transformándose por un instante efímero en una niña de vestido largo hasta las rodillas, y viendo en la mesa, una vez más, incluso a aquellos que ya no están.

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4 comentarios en “Navidad

  1. Abril, la verdad que me encantó lo que escribiste. Me sentí súper identificada y emocionada a la vez (más cuando se acercan estas fechas). Pero, como vos decís, todos están en nuestra memoria y de alguna forma siguen presentes en esa larga mesa. ¡Un beso grande!

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