El día que volví a ver a mi abuelo

Era un martes más del año. Otro mediodía que me encontraba sentada en uno de los últimos vagones del tren para volver a mi casa desde la facultad. Estábamos llegando a Santillán y Kosteki, cuando el milagro sucedió.
Un viejo, de unos setenta años, de apariencia nada débil, se paró delante mío esperando que el tren llegara a la estación para bajar.
El corazón se me detuvo en seco. Conocía esos zapatos. Conocía esos gruesos lentes. También esa barba canosa de pocos días, las orejas alargadas y la nariz algo hinchada y prominente. Era mi abuelo.
Si, era mi abuelo, pero no podía serlo. Mi abuelo había fallecido hacía tres años y medio.

Por inercia, o por la incredulidad de aquel que cree, no, que tiene la certeza de que no va a ver nunca más a alguien, me paré de mi asiento; y en el preciso momento en el que el hombre bajó del tren, salí disparada detrás de él.
Guardé una distancia de unos cuantos metros por miedo a que mi memoria y mi repentina emoción nostálgica me estuvieran jugando una mala pasada. Pero el parecido físico era impresionante, y aún más grande era el parecido gestual.
Mi supuesto abuelo salió de la estación y giró a la izquierda, para tomar las cuadras mas feas de la zona. Pero no me importó. Le seguía el paso como embobada, sumida en mis propios planteos y mis innumerables dudas, hipnotizada, prendida a la ilusión de una vez más, aunque sea por unos segundos, aunque sea a lo lejos, aunque sea sin que él lo supiera, poder ver a mi abuelo.
Lo seguí replanteándome la religión y la reencarnación. Incluso repasé en mi memoria el día de su muerte y consideré la posibilidad de que la hubiera fingido para dedicarse de lleno a una posible vida paralela que había mantenido durante años.
Mientras recorría el mismo camino que él, unos tantos metros más atrás, lo examinaba con incredulidad y excesivo empeño: El mismo caminar seguro y fuerte, el cuerpo algo encorvado, el cabello en degradé (de un negro en la raíces de la nuca que se desteñía paulatinamente, pasando por el gris a mitad de la cabeza y llegando finalmente a blanco en lo que él mismo denominaba su “jopo”). Incluso tenía puestos los zapatos marrones de cuero y punta cuadrada que empomaba cada tanto, los pantalones caqui de pana pinzados y la campera marrón unisex que había pertenecido a mi abuela.
Lo seguí desesperada, sin animarme, sin arriesgarme a acercarme aún más para verlo de cerca. Velé por sus pasos durante unas cuantas cuadras, desde la avenida Hipólito Yrigoyen en la salida de la estación de Avellaneda, hasta la avenida Mitre, justo después, casi debajo de la autopista. Pero de pronto, el hombre, mi posible abuelo, se detuvo como recordando algo al pasar.
Lentamente fue aminorando la marcha, y se paró en medio de la vereda, mirando hacia la de en frente. Miraba unos instantes hacia la derecha, luego a la izquierda. Y de nuevo hacía lo mismo.
No comprendía qué era lo que estaba haciendo, así que, silenciosa, me acerqué hasta él para quedar justo a sus espaldas, compartiendo el campo de visión. Miré unos segundos a la izquierda, luego a la derecha. Y de nuevo hice lo mismo.
Entonces comprendí: El hombre estaba parado exactamente en el punto medio entre la sede del Club Independiente de Avellaneda, y la sede de Racing Club de Avellaneda.
El anciano se debatía como si la vida de le fuera en ello; dudaba como si su destino, como si el curso de su vida dependiera de aquella banal decisión. Lo escuché decir por lo bajo “puta madre, carajo” con los dientes apretados, justo como hacía mi abuelo. Y sonreí.
Pero el hombre se dispuso a cruzar la calle. El viejo emprendió su camino con ese ímpetu admirable de aquel que enfrenta su irremediable destino. El tipo de paso firme atravesó la avenida Mitre de la localidad de Avellaneda y viró hacia la derecha, encarando y finalmente ingresando a la sede de Racing Club.
Supongo que, después de todo, no era un decisión tan banal; mi abuelo era hincha enfermo fanático de Independiente.

Di media vuelta, y deshice mi camino.

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