De gorditas intensas y nenes mocosos

Soy una persona un tanto intensa. A veces creo que es una patología que desarrollé de chica, cuando todavía no había empezado la primaria, y probablemente el desencadenante haya sido algo que puede sonar absurdo, incluso desopilante: mi sobrepeso.

Era una nena rolliza, para no decir gorda. Y, quién sabe si por un mandato social tácito, por costumbre, o por tradición, la palabra gorda suele asociarse inmediatamente a la palabra “intensa”.

Quizás por eso ahora, si bien tengo unos kilos menos, sigo siendo una gordita en todos los demás aspectos, y tengo la intensa costumbre (casi una maldita obsesión) de investigar a todos los profesores que tengo en la facultad.

Antes de que empiecen las clases, o a veces luego de la primera, me dedico a averiguar sus nombres y buscarlos en Internet. Averiguo de qué casa de estudios vienen, en qué es su licenciatura, si tienen doctorados; investigo si tienen antecedentes o algún inconveniente con la ley, hace cuánto tiempo se dedican a enseñar, si además tienen otro trabajo, e incluso me tomo el atrevimiento de buscarlos en Twitter y en Facebook para verles la cara y saber si tienen hijos, nietos, si viajan, qué piensan, si los domingos comen pastas o asado. Y al final, el ritual siempre es el mismo: me quedo mirando fijo una de sus fotos, intentando averiguar por la expresión de sus caras qué tanto me van a exigir este cuatrimestre y qué tan difícil va a ser la materia.

Suena estúpido, pero, aunque ustedes no lo crean, mis conclusiones siempre pero siempre son certeras.

Probablemente esto sea porque fui a un colegio que siempre fomentó lo social. Un lugar en el que siempre veíamos a ex alumnos paseando por los pasillos para saludar a sus ex profesores; algunos incluso iban a pedirles ayuda con alguna materia de la facultad. Un colegio en el en la preceptoría siempre vas a ver a alguien que ya terminó la secundaria tomando mate con facturas y poniéndose al día como si fueran amigos de toda la vida con aquellos que antes les tomaban lista.

Un colegio tan familiar que la directora del jardín de infantes, el último día que pise el colegio antes de egresar, en la entrega de medallas, me comentó que aún se acordaba (casi quince años después) de lo mucho que costó mi adaptación, de cómo lloraba y gritaba, rogando por que mi mamá no me dejara allí, y cómo mi pobre madre lloraba desde atrás de la puerta pensando que a su hija le estaban aplicando las torturas más crueles del siglo XII.

Y, cómo no acordarse, si una adaptación que se suponía debía durar unas pocas semanas, conmigo duró tres interminables meses.

No recuerdo el por qué del llanto, ni tampoco sufrir como para llorar de esa forma tan desgarradora que todos recuerdan. Solo se que Marcela pasó los peores meses de su vida, batallando entre la obligación social de insertar a su hija en el sistema educativo, de otorgarle una vida social, o seguir preservándola como un preciado tesoro de todos los males de la tierra en la pequeña burbuja de su casa, en la que andaba en el triciclo azul que le había regalado su papá (absurdamente cuando solo tenía tres meses), jugando a las escondidas con su abuelo y durmiendo la siesta acurrucada con su abuela.

Durante esos tres meses, Marcela me llevaba al jardín y siempre, a eso de las ocho y media de la mañana, una maestra me arrebataba de su mano y me insertaba en un aula con chicos mocosos y flaquitos, todos de mi edad. Nunca me gustaron los lugares en los que no conocía a absolutamente nadie, y probablemente esa sensación de estar abandonada a mi suerte era lo que me hacía largar gritos, sollozos, llanto, todo al mismo tiempo. Un sentimiento que pude controlar mejor la próxima y única vez que volví a sentirlo, recién el año pasado, cuando empecé la facultad.

Marcela estaba agotada. Estaba muy flaca, muy ojerosa, muy demacrada. Mi abuela le había dado un ultimátum: “O hacés que la nena se quede ahí o la traés para casa nena, esto te está consumiendo a vos y también a la pobre criatura”.

Esa mañana, cuando llegamos al jardín, entramos como si fuera un día más. Pero al llegar a la puerta de la salita, en el pasillo, mamá se agachó para quedar a mi altura y, con un tono seco, algo brusco, pero tembloroso, dijo:

-Mira Abril, si vas a llorar de semejante manera cada vez que venís al jardín, yo no te traigo más. Volvemos a casa y nos quedamos con la abuela. Si vas a sufrir en el colegio, no venís más y listo.

Miré el piso unos segundos; ella tragó saliva para tratar de deshacer el nudo que tenía en la garganta. La miré fijo a los ojos, cristalizados y al borde del llanto por tener que darle a su agonizante hija un ultimátum, como había hecho con ella su madre, desesperada por dejar de escuchar detrás de la puerta los gritos desgarradores y el llanto de dolor de esa sensible, tímida y rolliza nena de tres años recién cumplidos, vestida con un jogging azul y un buzo con un osito sosteniendo globos rojos, y el pelo atado en una cola de caballo tirante como para simular un lifting y dejarle la piel tersa como un bebé de tres meses.

Miré a mi mamá fijo a los ojos unos segundos, con la expresión muy seria. No sé bien qué fue, pero sentí el peso de la adultez por unos segundos posarse sobre mis hombritos. Tomé de su mano mi pequeña mochila rosa de Minnie Mouse, me la colgué de un brazo, y volteé para que ella me ayude a colgarla en el otro. No lo supe en ese entonces, pero estaba tomando la decisión más importante de mi tierna infancia.

Marcela tardó unos segundos en reaccionar. Segundos que esperé dándole la espalda, para suerte mía, pero imaginando su expresión anonadada de ojeras oscuras. Cuando por fin tuve la mochila puesta volteé, volví a mirarla fijo y le dije “Chau mamá”. Besé su mejilla, volví a darle la espalda, y me encaminé a la puerta de la salita naranja, la primera de aquel pasillo ancho en el que se encontraban las aulas del jardín de infantes.

Por primera vez en tres meses, entraba a la salita sola. Por primera vez en tres meses, lo hacía sin llorar. Y por primera vez en mi corta existencia, entré a un lugar repleto de niños mocosos e hiperactivos que no conocía. Mocosos que todavía hoy, un tanto más tranquilos y sin mocos colgando, son mis mejores amigos.

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