La decepción de Federico

Nada en la vida fue tan decepcionante para Federico como el nacimiento de su primera hija.

El sueño de todo deportista es tener un hijo en quien depositar todas sus esperanzas frustradas a lo largo de su vida en cuanto a deportes; el hombre proyecta sobre el niño que está por nacer. Espera que juegue al fútbol y sea el próximo Lionel Messi, quiere verlo como titular en los Pumas, cruza los dedos para que juegue dobles con Del Potro.

Federico tenía todas esas expectativas. Proyectaba todo eso y más sobre el bebé en camino. Incluso planeaba recibir a su hijo con un tacle en lugar de un abrazo.

Pero nada de eso sucedió. Porque el primogénito de Federico no solo fue mujer: sino que también fue gorda.

Pero Federico no perdió las esperanzas. Todavía estaba a tiempo para que su hija sea una deportista estrella. Podría ser nadadora, tenista, jugadora de hockey, atleta. Todavía tenía un largo camino por recorrer, y contaba con tierra extremadamente fértil.

Pero cuando su hija cumplió 4 años, él vio la primera señal: a la niña la llevaron a natación. Le pusieron un traje de baño enterizo, una gorra de goma y antiparras, y la metieron en la pileta bajita, con el agua hasta el cuello. Solo un chapuzón hizo falta para que la nena hiciera el escándalo más grande de su vida y termine llorando en brazos de la profesora. Nunca más volvió a nadar (y hasta el día de hoy no sabe hacerlo).

La segunda señal llegó tiempo después, cuando la rolliza infante empezó a ir a clases de tenis. Todos los sábados al mediodía, sin excepción, llegaba al club con una raqueta y una botella de agua, para terminar agitada y colorada bajo el rayo del sol de las dos de la tarde. Y era bastante buena. Federico le vio futuro. Pero fue cuestión de tiempo para que la niña comenzara a olvidarse de ir a las clases, como quien se olvida de haber dejado las ojotas en el patio.

Años más tarde, Federico se extrañó de que la pequeña no tuviera notas sobresalientes en educación física, y que se negara rotundamente a que su familia asistiera a las fiestas del deporte del colegio. Y también se sorprendió ante la efusiva negativa de aquella nena redonda de ir a un club a hacer hockey para convertirse en la próxima Luciana Aimar.

Finalmente, el pobre hombre se dio por vencido. Dejó de poner sus expectativas en aquella nena torpe, de brazos y piernas cortas, y con una pasión poco usual por el sedentarismo. Federico perdió todas sus esperanzas, y dejó de intentar. Ya no sabía cómo conectar con ella, cómo sacarle charla, cómo pasar tiempo juntos por fuera del deporte. Y se rindió. Porque toda su vida había esperado un varoncito con quien jugar a la pelota en la playa, no una nena que dibujara en la arena y juntara caracoles.

Pero creo que el problema fue que Federico no vio las señales. Federico no vio que Abril, a sus cuatro años, preguntaba cómo sonaban las letras juntas. No vio que, gracias a esto, a los cinco años recién cumplidos aprendió a leer totalmente sola. No pensó que el hecho de haber dibujado con tizas de todos los colores la pared recién pintada cuando se mudaron también era una señal. No se percató de que en todas sus agendas, Abril remataba la parte de datos personales declarando que cuando fuera grande quería escribir cuentos. Tampoco vio que sus mejores notas siempre fueron en lengua, y que cuando le regalaron una máquina de escribir se pasaba horas y horas escribiendo cualquier cosa, por el mero placer de ver una letra mágicamente plasmada sobre un papel.

Y no sé cuándo fue que Abril notó esto. No sé cuando la nena rolliza y pequeña se dio cuenta que, con ella, su papá había dejado de intentar, que se había quedado sin deportes con los que probar, y que dibujar junto a ella le resultaba casi tan imposible como dejar el rugby.

El punto es que un día sucedió. Un día, mientras Federico miraba un partido de Los Pumas, Abril se acercó despacito a él y se sentó en silencio, imperceptible, como acostumbraba hacer. Con los piecitos colgando, y jugando nerviosa con sus dedos, se sentó bien cerca de Federico y le dijo con un hilo de voz:

“Papá, ¿me explicás cómo se juega al rugby?”.

Y así fue como sucedió. Así fue como, mágicamente, conectaron.

Así es como, hoy en día, cada vez que el seleccionado de rugby argentino y otro país se enfrentan y lo transmiten por Espn, Abril y Federico miran la televisión juntos a los gritos, insultan, patean cosas, tienen posiciones que son cábala. Así es como, hasta el día de hoy, siguen conectando.

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