El secreto detrás de la magia

Quizás la felicidad no sea real. Quizás tan solo sea una construcción social a la que todos debemos llegar, una simple farsa para que tengamos un motivo, un objetivo en la vida, un motor para trabajar.

Quizás sea un producto más del macabro capitalismo, algo que nos ponemos como horizonte creyéndonos innovadores, trasgresores y vanguardistas, pero no es más que otra trampa en la que caemos para seguir esclavos de un mundo en el que muchos tienen poco y pocos tienen mucho.

Sin embargo, sea o no real, creo que las personas con una infancia feliz son infelices cuando se vuelven adultos.

Cualquier especialista podría negarlo. Psicólogos, psiquiatras, incluso sociólogos. Pero lamento comunicarles que he comprobado que la felicidad temprana acarrea una gran carga de tristeza a medida que nos volvemos viejos.

El problema de los momentos felices es que nunca podemos percibirlos en el instante justo en el que están ocurriendo. La felicidad es efímera, ágil y escurridiza. Y recién podemos asimilar, procesar e interiorizar el instante feliz una vez que ya ocurrió, que ya es pasado.

Así, nuestra vida va construyéndose sobre un anhelo constante de lo que pudo ser y lo que fue. Sin siquiera notarlo, perdemos el interés por lo que vendrá.

A medida que el peso del paso del tiempo comienza a hacerse notar sobre nuestros hombros, anhelamos el pasado incluso con más fervor que con el que anhelábamos el futuro en nuestros años rebeldes.

Y eso se puede ver nítidamente en algo tan simple (y complejo) como la nostalgia.

Pero nostalgia no es anhelar ni extrañar. Tampoco es vivir en el pasado. Podría decirse que la nostalgia es extremadamente ambigua: porque nostalgia es amor. Amor por el sentimiento que algo o alguien causó en algún momento, en algún lugar, en alguna circunstancia, en alguna vida.

Nostalgia también es apego, es no querer soltar eso que nos remite a la sensación placentera de felicidad que alguna vez tuvimos. Es tener en un recóndito rincón de nuestro interior, muy bien escondida, una caja llena de recuerdos que sacamos a la luz ocasionalmente, en la privacidad y el secreto que solo la soledad nos sabe otorgar.

Nostalgia incluso es agarrar, cada vez que recordamos, una pizca de esa euforia que sentimos en aquel momento que nos creímos infinitos e inmortales, eternos.

Nostalgia es plenitud, es la cuota necesaria de pasado para poder sobrevivir al hastío del día a día, al desgaste de la cotidianidad.

Es valentía; es animarse, por unos momentos, a vivir el ayer sin miedo a cómo pueda afectar en el hoy.

En otras palabras, la nostalgia es la fuerza necesaria que únicamente da el pasado para poder enfrentar el futuro cuando el presente pareciera no poder ofrecernos más.

El problema aparece cuando, por estar ocupados en lo que ya pasó, olvidamos por completo el futuro; olvidamos planear, proyectar, y, aún más preocupante, nos olvidamos de uno de los grandes motores de la vida humana: nos olvidamos de soñar.

Es más, puede que no estemos viendo bien la situación, y soñar quizás sea la única forma de escaparle a la infelicidad adulta. Como dijeron los hermanos Gallagher: “Tal vez todos tus sueños llenen el cielo vacío”. Un cielo vacío de presente, pero repleto, rebosante de pasado.

Pero para Giorgio Agamben, “aquello que podemos alcanzar a través de nuestros méritos y de nuestras fatigas no puede, de hecho, hacernos verdaderamente felices. Solo la magia puede hacerlo”.

Aunque creo que lo que no tiene en cuenta es que la magia de la infancia y la juventud, aquella que nos vuelve miserables al crecer, va más allá de sacar conejos de una galera, adivinar qué carta uno tiene en la mano o hacer aparecer palomas en los bolsillos. La magia a la que me refiero es la de despertarte temprano en vacaciones de verano para jugar a la escoba del quince en el jardín con tu abuelo, o la de un abrazo de mamá; es escuchar la historia de cómo se conocieron tus padres una y otra vez; es el inconfundible aroma a la salsa de la abuela y las charlas interminables en el piso del living mirando el techo y hablando de constelaciones con papá; es la magia de convertirte en hermana mayor y comprender lo que es dar la vida por alguien más que uno mismo; es dejar correr las horas de una noche de verano charlando con los pies metidos en la pileta. La mística cotidiana.

Hablo de una magia tan especial, única y compleja que nadie sabe muy bien cuál es su secreto; simplemente sucede, y cuando nos percatamos de que está ahí, cuando creemos verla, se escabulle antes de que tengamos la certeza de tenerla ante nuestros ojos. Tan buena es esa magia, que se vuelve imperceptible. Y nadie sabe cuál es el truco.

Quizás el camino a la felicidad también en la adultez sea no buscar desesperadamente ser feliz, “poder no ejercer la propia potencia”, como plantea Agamben nuevamente pero esta vez en Sobre lo que podemos no hacer.

Tener “un ojo abierto, el otro soñando”, como dice Markus Zusak. Poner un pie en la realidad y otro en la fantasía, tener la cabeza en la luna y los pies en la tierra. Estar en el limbo, en el límite. Permanecer en un lugar lleno de magia.

Tal vez la clave sea, en lugar de desearnos entre nosotros una vida feliz, desearnos magia. Mucha magia. Y quizás el secreto esté en hacerla durar.

2 comentarios en “El secreto detrás de la magia

  1. Abril, fascinante. No te comento mucho porque pareciera que estos blogs son también efímeros, infinitos, nadie se detiene en ellos. Pero este escrito merece decirte que escribís de manera punzante, y a la elegante. Directa, como pocas. Intuyo muchas lecturas, ademas del talento puro, bien consolidadas, y nada, animarte a que sigas así, desde la lejanía de otro blog.
    Pd: destellante, La decepción de Federico.

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