Viajar la vida

Me fui con el deseo de encontrarme. No solo un deseo personal, sino que también otros me lo desearon.
(Supongo que todos se dieron cuenta de que no sabía muy bien qué era lo que estaba haciendo).
No sé si eso es posible. Sospecho que la gracia de la vida es la búsqueda constante de uno mismo, esa incertidumbre de quiénes somos y hacia dónde vamos.
Pero el punto es que fui a buscarme. Y no sé si me encontré, pero al menos me divisé a lo lejos.

Tuve ratos sola que no pude esquivar; momentos en los que inevitablemente tuve que enfrentarme a mi misma. Momentos que quizás te toman por sorpresa, y de repente estás sola, en silencio, sentada frente a kilómetros de lago transparente, rodeada de verde, de árboles, de cielo, de nubes y sol. Rendida. Estás sumergida en toda esa inmensidad, y comprendés, entendés y asimilás que no puede ser sólo eso. Que tiene que haber más. Mucho más. Y en el pecho empezás a sentir un fuego y una adrenalina que te dan ganas de comerte el mundo, de salir corriendo, de guardar el tiempo con desesperación en un frasco o de alguna descabellada e imposible forma evitar que siga corriendo.

Pero hay otras veces en las que también el silencio es inmenso. Tan grande que te hace sentir diminuta, inútil, inerte, invisible. Casi inexistente. Se te cuela en los huesos, en el alma; incluso te hace temblar. Y la soledad te asusta. Pero más te asusta el tener que enfrentarte a vos misma; el hecho de no poder hacer oídos sordos a todo eso que ignoraste mientras pudiste dirigir tu atención a cualquier banalidad.

Y estás ahí, con el soplido del viento, el correr del agua y el sonido del roce de las hojas de los árboles. Estas ahí, frente a frente con tu miedo mas grande: con vos. Vos y todo lo que en algún momento tenes que resolver. No te podes escapar, el momento es ahí y ahora. Pero hay algo en todo eso que te rodea que te da fuerzas, que te incita a enfrentarte, a decirte y contradecirte, a que gane la mejor versión de vos. Hay algo en el aire del sur que pide a los gritos, casi implorando, que te dejes ser.

Y en medio de ese reordenamiento interno, recordé algo que me dijeron una vez, hacía mucho, antes incluso de cumplir quince. Me dijeron que a partir de los veinte el tiempo ya no corre, sino que vuela.

En su momento me pareció una exageración, pura teatralidad. Pero ahora, a tan sólo meses de llegar a las dos décadas, eso me dio miedo.
Pero el miedo es bueno. Tiene una connotación negativa, si, pero lo negativo tan solo es el disfraz que utiliza para camuflar su función de incentivo, su cualidad propulsora de grandes cosas.
Y en medio de ese miedo me di cuenta que sí, que el tiempo vuela. Que nunca más iba a tener diecinueve años e iba a estar rodeada de tanto sur, junto a los hermanos que elegí y sigo eligiendo. Que no quiero envejecer repleta de dudas, sino rebozando y repartiendo certezas. Que quiero crecer habiendo hecho todo lo que pude, experimentando todo, comiéndome el mundo. Al menos ese mundo que tuve a mi alcance. Quiero agarrarlo y exprimirlo, no solo acariciarlo. Sacarle jugo a la vida. Desmenuzar cada segundo.

Quiero probar ese gusto de helado con nombre de diagnóstico psicológico de adolescente, porque quizás me lleve una grata sorpresa.
Quiero seguir subiendo la montaña aunque haya tenido un ataque de asma en la mitad, porque la vista quizás sea la más sorprendente de toda mi vida.
Quiero hacer dedo en la ruta para que algún desconocido me levante en la parte de atrás de su camioneta, porque el viento llevándote por delante y la tierra pegándose en tu piel nunca se van a ser tan placenteros.
Quiero caminar kilómetros en silencio durante la primera mañana, y ver cómo, de a poco, los pueblos de interminables calles de tierra se van despertando.
Quiero tirarme en agua de deshielo aunque no sepa nadar, porque los pinchazos en el cuerpo por el frío quizás sean ese shock necesario para caer en la cuenta de que lo que estoy viviendo es real.

Quiero todo eso, porque en un abrir y cerrar de ojos te das cuenta que el momento es ahí, que el instante es ese. Que todo es efímero, fugaz. Que somos fugaces; porque somos instantes. Y te da miedo que se esfume antes de que puedas verlo, pero no. Por alguna razón, en el sur el tiempo pareciera correr más lento; algo así como si trotara. Entonces la felicidad se vuelve tangible, sensible, podes sentirla y notar que la estas sintiendo.

Te das cuenta que la felicidad es estar acostada sobre las piedras, a la orilla de un lago helado y transparente, brumoso, en pleno silencio.
Es tener al lado, bien pegaditas, a personas con las que prácticamente creciste de la mano, codo a codo, paso a paso; juntos.
Es el rocío cayendo del cielo humedeciéndote hasta los huesos; es un manto negro infinito sobre vos, cubierto con una cantidad tan pero tan grande y clara de estrellas que su existencia no creías posible ni visible.
Es la estrella más estrellada y más fugaz jamas vista, que se lleva el deseo mas grande que jamás pediste.
Es el alcohol en la sangre que te duerme el cuerpo, te complica el habla, pero te despierta los sentidos.
Es el olor a humo del fogón que se consumió con alaridos de fondo; alaridos que, claro, intentaban ser voces afinadas.
Son risas causadas por ronquidos pero que terminan no teniendo razón aparente.

Y también sonrisas. Sonrisas que vi llenarse de dientes. También las vi perderlos. Y las observé mientras se volvían a llenar. Sonrisas que siguen ahí, al lado, acá, pegadas. Y ya no es elección, pero tampoco costumbre. Es la vida que se volvió así, es la vida que ya no nos concibe por separado y por eso nos hace pensarnos todo el tiempo juntos. Juntos en una carpa, haciendo entrar siete cuerpos dónde físicamente solo es posible que entren cuatro; juntos cruzando la calle con una mochila que durante veinte días fue la extensión de cada uno; juntos y en silencio, atravesando el bosque más lindo que los cuentos jamás te contaron, pero también juntos gritando como monos entre toda esa infinidad de árboles; juntos con helado, juntos con birra, compartiendo sopa y deseando que el arroz se termine de cocinar; juntos cantando, juntos al sol, juntos con los pies congelándose en el agua y jugando a ver quién tira la piedra más lejos; incluso cantando al lado de la ruta, al rayo del sol del mediodía, porque el micro nos dejó varados. Y hasta en los desesperados intentos de hacer dedo con una campera bajo la ropa, suponiendo que nadie dejaría tirada a una embarazada (se sorprenderían de saber cuántos sí lo harían).

Y esa felicidad nueva, distinta, esa libertad que viví y de la que me empaché durante veinte días, me enseñó más de la vida y de mi misma que lo que hubiera esperado o creído. Porque ya no creía. Me fui sin creer en nada. Y no sólo volví creyendo en mí, sino también en todo y en todos. Porque aprendí que los seres humanos somos instantes y que los instantes más lindos son realmente efímeros.

Aprendí que lo mas lindo es lo mas complicado de encontrar, lo escondido. Lo difícil, lo inesperado.

Aprendí que es imposible mirar todas las estrellas, pero que todas las estrellas nos miran a nosotros. Y a veces nos lanzan un guiño fugaz para que dejemos escapar algún que otro deseo. Solo es cuestión de saber mirar, y hacer silencio.

Aprendí que no hay que ser confianzudo, pero hay que confiar. Y que siempre que levantes el dedo al lado de la ruta va a haber alguien dispuesto a abrirse un poco de su camino para compartir por un rato el tuyo.

Aprendí que donde entran dos, entran tres. E incluso entran diecisiete. Que hay personas con un corazón tan pero tan grande que no hay medida en las que se les pueda agradecer su ayuda. No alcanzan las pizzas, los choripanes ni los kilos de milanesa que puedan retribuir que te abran las puertas de su casa, te ofrezcan una ducha caliente y te traten como si te conocieran de toda la vida. Y que a veces la huella más grande y significativa que puede dejar uno es un dedo en la heladera.

Aprendí que el que busca, encuentra. Que el que de verdad quiere algo, siempre pero siempre lo consigue. Incluso con ayuda del destino. Incluso una carpa olvidada en un colectivo. Y que en esos momentos, está permitido abrazar al colectivero.

Aprendí que nunca te vas a sentir más vivo que cantando a los gritos abajo de las estrellas, al lado del calor del fuego y rodeado de gente que querés.

Me fui con el deseo de encontrarme a mí misma, pero encontré mucho, muchísimo más.
Nunca pensé que la intensidad de un instante se iba a medir en capas de tierra acumuladas sobre mi piel. Pero aprendí, aprehendí, comprendí y entendí que es cierto que nosotros corremos y que el tiempo vuela. Y que la mejor forma de hacerlo durar no es desear que se detenga ni intentar meterlo en un frasco; sino adornarlo, cantarlo, saltarlo, caminarlo; viajarlo.

Porque de eso se trata. De viajar la vida.

2 comentarios en “Viajar la vida

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