El arte de crecer

Alta, flaca, kilométrica como un camino, con el pelo castaño, largo y lacio tapándole un poco la cara y acompañando la caída de su cuerpo; no tendría más de dieciséis años. Emanaba timidez por los poros. Cada uno de sus movimientos delataba su alto grado de inseguridad. Una voz fina y quebradiza, casi un susurro, alentó mis sospechas; su cuerpo algo encorvado terminó de confirmarlas.
No teníamos nada de parecido físicamente. Jamás pasé el metro y medio, nunca usé talle S, mis extremidades son más bien cortas y mi pelo nunca fue del todo lacio. Mi voz es más bien opaca, y nunca dejé ver, ni siquiera de forma inconsciente, mis altos niveles de inseguridad, y mi actitud despreocupada hizo pasar desapercibido mi lado excesivamente vergonzoso.
Pero esa chica que quedó aplastada a mi lado junto a su amiga en el colectivo repleto de gente, por alguna razón me hizo acordar a la Abril de dieciséis.
Dos personas completamente desconocidas, tan cerca pero tan lejos, tan diferentes pero tan iguales. Ella tan ella, yo tan yo, pero las dos tan nosotras.
Me tomé el atrevimiento de escuchar su charla. No es que quisiera…es que fue inevitable. Literalmente estaban pegadas a mí. Me encontraba acorralada entre sus cuerpos y la ventanilla.
Dijo que le gustaba leer. Que leía novelas. Que quería que le guste Borges, pero le resultaba muy raro. Que le gustaba más uno que leyó una vez, un tal “Julio Cor…algo”, y que también le había gustado García Márquez, el de la novela que habían leído en el colegio, pero que en realidad nunca le había prestado atención. Quise decirle que a mi también Borges me parecía muy rebuscado, que Coralgo en realidad era Cortázar y que no importaba que no le hubiera prestado atención a García Márquez en el colegio, porque probablemente lo leería más adelante, y por voluntad propia. Pero no me pareció adecuado intervenir; así que callé.
Dijo que había tenido una mejor amiga por la que dio todo, pero que por alguna razón tiempo después la acusó de robarle y la hizo pasar por un calvario. Quise decirle que no todas las personas están echas para quedarse en su vida. Que algunas tan solo están de paso. Y que a veces salir lastimada y pasar un momento amargo es un mal necesario para darse cuenta de qué personas valen la pena y merecen nuestro cariño, nuestra compañía y nuestro tiempo. Un tropezón no es caída, en general, suele ser una tomada de impulso. Pero me pareció un discurso un tanto soberbio y consideré una desfachatez el hecho de meterme. Así que me abstuve, y seguí escuchando.
Dijo que le gustaba escribir. Que lo consideraba terapéutico. Pero era tan autocrítica que terminaba borrando, tirando, quemando todo lo que escribía. Quise decirle que sí, que es terapéutico, y que incluso puede llegar a avergonzarla que sus escritos salgan a la luz. Que es entendible que se sienta vulnerable ante alguien que lee sus palabras, porque cada línea es un pedacito de uno, es lo más profundo de su ser; sus deseos, sus anhelos, sus nostalgias, sus delirios. Y quedar simbólicamente desnudo ante el ojo ajeno es paralizante, sin descontar el miedo al juicio y al qué dirán. Pero entre tanto prejuicio, tantas habladurías, tanta indiferencia, siempre hay alguien que se identifica. Siempre hay alguien que logra ver más allá de las palabras. Siempre hay alguien que puede verte. Pero me pareció un comentario algo fuera de lugar, demasiado filosófico para un colectivo. Así que tan solo seguí con la oreja atenta y la mirada perdida.
Dijo que había empezado teatro para poder sacarse la vergüenza. Para dejar de guardarse cosas. Para evitar luego explotar. Quise decirle que estaba orgullosa de que hubiera dado el primer paso, ya que nunca nadie logró nada sin salir de su zona de confort. Quise decirle que la vergüenza es como un muro gigante, grueso, altísimo y extenso; que derribarlo iba a ser tan difícil como ir pateando uno por uno cada ladrillo que lo compone. Pero una vez que se derrumba, la sensación es incomparable. No hay que contenerse; hay que dejarse florecer. Pero no se lo dije porque, en el arte de crecer, la mayor parte de las cosas hay que aprenderlas solo. No se lo dije porque una cuadra más adelante estaba la esquina en la cual tenía que bajar. Así que tan solo le dije permiso, con una sonrisa tímida y probablemente, para ella, un tanto incomprensible.
Dije “permiso”, pero quise decir  “Hola, sé lo que se siente tener dieciséis. Sé lo que es creer que cada dilema es el fin del mundo. Sé lo que es tener los sentimientos a flor de piel, el llanto siempre a punto de desbordar, el alma siempre a punto de salir de tu cuerpo. Se lo que significa derribar muros y caminar sobre los escombros; sé que el esfuerzo mental es inmenso y sé lo que es que tu cabeza esté agotada, a punto de explotar. Sé lo que es ser una ante el mundo y otra completamente diferente de las puertas de tu corazón para adentro. Tranquila. No estás sola. Porque todas fuimos vos en algún momento. Todas te miramos y nos vemos a nosotras mismas. Vos y yo, ellas, todas; somos, fuimos, vamos a ser Agustina, María, Sol, Natalia, Florencia, Magali, Rocío, Micaela, Camila, Abril a los dieciseís”.

2 comentarios en “El arte de crecer

  1. Viste cuando lo decís todo, y ese todo termina siendo Uno, como ese Uno que termina también siendo el Todo, bueno, así. Es tremendamente claro como estas escribiendo.
    Lograste ademas de eso Abril, lo que viste, sentiste, oíste, en el colectivo. En esa plena tensión, vistes la armonía que la subyace, y que termina estando ahí, escondida, en esa especie de tensión, conflicto, como el que la chica percibía. No me quiero ir al demonio, porque no alcanzan las palabras, detecto una lectura Nietzscheana detrás (corregime si me equivoco), pero es increíble lo que lograste en cuanto a la identificación esa tensión compartida que convive con la armonía, que no es mas ni menos que lo necesario para que exista esa misma tensión compartida con la armonía, cosa que lograste con un insignificante lector que escribe estas patéticas lineas…

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