Tu libro favorito

Te abrí la mochila, desesperada por encontrar un resaltador que funcione, y ahí lo encontré. Estaba guardado, pero como intentando estar escondido. Guardado, pero deseando que nadie más que su escritor lo encontrase.

Vi un “9, 50, excelente trabajo” en violeta escrito en la punta derecha de la hoja A4 y no pude contener la emoción. Admito que esa admiración que tanto me causás fue lo que me llevó a abrir la carpeta de todas formas, pese a que sugería, gritaba silenciosamente que era algo privado.

Un nueve cincuenta en Literatura. Vos, que sos una persona de números, con un nueve cincuenta en lo único en lo que yo podía llegar a destacarme. Suena como si lo fueran, pero no eran celos, no. Era un profundo e inmenso orgullo.

“Mi libro favorito”, se titulaba. Y cuando leí eso, en seguida supe de cuál se trataba.

Pero lo que no esperaba era encontrarme con la historia que divisé en ese papel.

Tu libro favorito, el último de una trilogía de un escritor infantil y juvenil argentino, lo habías descubierto por tu abuelo.

Con él salías a andar en bicicleta todos los sábados a la mañana, ya que lo acompañabas a hacer los mandados. Y cada vez que salían, el te hacía entrar a una librería, o una biblioteca, y se llevaban un libro, que una vez en casa te leía mientras tomabas la leche con vainillas.

El primer libro de esa saga fue el último que tu abuelo te leyó, porque tiempo después cayó enfermo, y perdió todas las fuerzas que le permitían llevarte a andar en bicicleta los sábados a la mañana, entrar a la librería, leerte mientras merendabas. Un par de meses después tu abuelo, Rubén, falleció.

Luego te hicieron leer en el colegio el segundo libro de la saga, y el año pasado, mientras caminabas con tu hermana por la Feria del Libro, viste que había salido el último, el esperado final, el tercer libro, así que lo compraste. Llegaste a tu casa y lo leíste desesperado, felíz, mientras tomabas un vaso de leche con vainillas.

Algo en el corazón me dio un vuelco. La anécdota más tierna, el recuerdo más dulce, el relato más lindo que jamás hayas escrito era una mentira.

Admito que fue una sensación agridulce. Un buen escritor nunca miente, pero tampoco dice la verdad.

El abuelo no te leía. Jamás lo hizo. No porque no quisiera, sino porque ustedes siempre encontraban algo más divertido que hacer. Siempre estaban riéndose. Siempre estaban visitando lugares nuevos. Siempre estaban andando en bicicleta. Siempre felices, siempre juntos.

A la trilogía de libros la conociste hace dos años, y el abuelo falleció hace cuatro. La conociste porque Clara, la profesora de literatura, te lo hizo leer en primer año. Justo como me lo había hecho leer a mí.

El tercer libro no lo compraste al instante. No sabías si ibas a leerlo, ya que nunca lo habías hecho por placer. No te decidías, no estabas seguro. Así que te lo compré.

En ese momento noté cómo la mente humana embellece aquello que no es tan placentero. Cómo cambiamos recuerdos a nuestro antojo para que la pena sea un poco más dulce. Cómo introducimos en momentos monótonos a personas que no estuvieron ahí. Porque nada hubiera sido más lindo que realmente hubieran presenciado esas escenas. Entendí que la subjetividad tiene algo engañoso que nos protege de todas aquellas amargas realidades por las que tenemos que pasar.

Un libro es algo mágico. Pero un libro preferido genera una sensación sublime, inexplicable. Una magia constante, un temblor de satisfacción, una felicidad etérea, un soplo de libertad, la temporaria sensación de pertenecer a otro mundo; una vida paralela, una ansiedad permanente pero a la vez efímera.

Y por eso comprendí que hayas cambiado tu anécdota. Porque el abuelo era como un libro favorito. Tenía algo mágico, algo excitante, siempre algo nuevo que descubrir. Era como un soplo de aire frío en pleno enero, como una lluvia en el desierto, como un café caliente en vacaciones de invierno. Era misterioso pero transparente, siempre joven, siempre viejo. Tenía el poder de llevarte a otro mundo, a una realidad paralela, en la que todo era risas, anécdotas y jugar a las cartas.

Por eso comprendí que te hubiera gustado encontrar tu libro favorito gracias a él, y no por simple obligación. Comprendí por qué embelleciste tu anécdota al punto de cambiarla por completo.

Lo comprendí porque a mí también me hubiera gustado que mi libro favorito me recuerde al abuelo. Incluso me hubiera gustado que el abuelo fuera un libro. Para así tenerlo para siempre en mi biblioteca.

Y todos los días volverlo a leer.

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