Gorda

La primera vez que escuché la palabra “gorda” fue cuando tenía cinco años; estaba en el jardín, jugando en el patio, y una nena un año más chica que yo (que hasta el día de hoy me sigo cruzando) no me dejó subir al pasamanos. “Acá no se pueden subir las gordas”, dijo con desprecio. Me dolió. Nunca antes me habían dicho así. Tenía cinco años, pero me daba cuenta que era un poco más ancha que mis amigas; pero ese día fue distinto: ese día, por primera vez, me lo dijeron en la cara. Nunca fui una persona violenta, así que la amenacé con que mi supuesto hermano mayor le iba a pegar cuando saliera al recreo. Una buena estrategia, usar como escudo ante el daño psicológico un hermano imaginario. “Tendrás un hermano más grande, pero sos gorda igual”. No supe que decirle. Así que me fui.

Cuando tenía siete, en segundo grado, una compañera, que se hacía llamar mi amiga, me miró de arriba abajo y me dijo adelante de todas “gorda cerda”. Cerda. Básicamente me dijo que era similar a un animal, bastante feo y desagradable. Ese día el dolor fue más fuerte que de costumbre. Esa vez la crueldad fue tan grande que se materializó en una puntada en la panza que me duró todo el día. Y que solo cesó cuando llegué a casa y me largué a llorar.

Cuando tenía nueve, estaba almorzando en mi casa y quise repetir el plato. Cuando mi papá me vio, bromeando, me dijo “Seguís comiendo, gorda? Vas a rodar”. Lo miré perpleja. Que a los nueve años tu papá te diga gorda es como que te tatúen la palabra “Rechazo” bien grande en el medio de la frente. No me gustaba llorar en público. Ahora tampoco. Pero ahí estaba esa palabra de nuevo, acechando, apuntándome con el dedo y haciéndome sentir como si no mereciera estar sentada ahí porque simplemente era un estorbo para la vista del otro. Rompí en llanto. Y lloré tanto que no podía hablar. Se desató una discusión entre mi mamá y mi papá, ella insultándolo por hacer llorar a su propia hija, él disculpándose porque tan solo estaba haciendo una broma. Pero a veces las bromas duelen un montón.

Cuando tenía diecinueve, tan solo hace unos meses, mamá me compró un pantalón. Un pantalón igual a los que me compraba siempre, del mismo talle, del mismo color. Me lo probé ansiosa, realmente me gustaba. Pero en un segundo el mundo se me vino abajo. No me entraba. No había forma de que cerrara. Me miré al espejo sin saber bien que hacer. Me miré fijo a los ojos y…gorda. Me lo dije. Con odio. Con bronca. “GORDA”.

Me saqué el pantalón y lo miré con odio. Porque ese maldito pantalón representaba a la nena de jardín, a mi compañera de colegio, a mi papá, a mi. Y todos me gritaban “gorda”.

Ese día lloré como la Abril de nueve años que quería comer otro plato de fideos, como la de siete que fue humillada adelante de todas sus amigas, como la de cinco que nunca pudo subirse a un pasamanos por miedo a que le gritaran gorda de nuevo.

Es increíble lo mucho que la sociedad nos hace odiarnos. Es impresionante cómo que desde el mismo momento en el que empezás a tener conciencia de vos misma, ya te sentís disconforme. Es espeluznante como, incluso antes de aprender a querernos, ya nos están enseñando a odiarnos.

Como si nuestro tamaño nos definiera. Como si cualquier implicancia estética lo hiciera.

No es malo ser gorda, no es bueno ser flaca.

Lo importante es, en este mundo de blancos y negros, aceptarse gris. Y siempre apuntar a ser multicolor.

2 comentarios en “Gorda

  1. Estas tremenda Abril, cada día mejor, me hiciste añorar y recordar un poema que me atrevo a cambiar un poco para ti:
    La tristeza de una niña pequeña en la playa,
    Inventando historias dentro de castillos de arena que va construyendo,
    Historias que el mar inmediatamente destruirá,
    Tratando de enseñarle a la niña las consignas de la existencia:
    Que nada es real,
    que todos están solos,
    que la ausencia
    es eterna. (Lo podes encontrar en https://www.youtube.com/watch?v=0wpw4zleHWk )
    Bravo y gracias por tus escritos Abril.

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