Pirinola

Encontré tu pirinola en una cajita en la repisa. Y por más que trate, no puedo acordarme del momento en que la encontré entre tus cosas y la guardé entre las mías.

Pero lo que importa es que encontré tu pirinola. Y repentinamente me acordé de vos.

No es que no lo haga seguido. Es más, creo que lo hago todo el tiempo. Y cómo no hacerlo, si todavía llego a casa esperando encontrarte leyendo el diario sentado en la punta de la cocina, con el mate recién hecho y dos pares de lentes para ver mejor.

Encontré tu pirinola y lo primero que atiné a hacer fue girarla. Y mientras la veía dar vueltas me acordaba de todas las veces que giró sobre el piso del living y sobre la mesa del comedor, con alguna de nuestras apuestas de cinco o diez centavos, quizás siendo la primera lección de mi vida de “el que no arriesga no gana”.

Encontré tu pirinola, y me acordé de que una vez jugando me dijiste que para ganar había que apostar en grande. Bueno, quiero decirte que sigo tratando. Pero diez años después, y con monedas de mayor valor, aún sigue siendo difícil. Me dijiste que el que apuesta poquito nunca gana del todo. Pero andá a decirle eso a quién apostó mucho y perdió un montón.

Encontré tu pirinola y me replanteé si realmente funciona como resultado del azar. Porque entre poner uno, tomar dos, tomar todo, poner dos, pareciera haber una relación milimétricamente calculada, casi estratégica. Porque jugando a la pirinola comenzás a preguntarte qué tanto se inspiró el juego en la vida misma. Qué tanto ponemos para que el otro tome, que tanto tomamos de lo que por otro fue puesto, cuánto estamos dispuestos a poner y cuál es el límite para tomar. Todos toman, todos ponen. Pero siempre uno gana, y otro pierde.

Encontré tu pirinola y en un primer momento no me atreví a girarla. Como si el hecho de hacerlo estuviera rompiendo con un viejo ritual que luego de tu partida había quedado archivado en un rincón semi iluminado de la memoria, y en un sucucho que tiene la puerta un tanto trabada que se encuentra en el rincón mejor escondido del sótano del corazón. Y además no me atreví a dejar en manos del azar algo tan importante como mi propio destino.

Pero finalmente me animé; encontré tu pirinola en una cajita en la repisa. Y no me acordaba cuándo la había encontrado entre tus cosas y la había guardado entre las mías. Pero después de mucho titubear me atreví a girarla; y nunca pensé que fuera posible, pero en esos cinco segundos en los que dio vueltas, te escuché diciéndome “Pichi, para ganar siempre algo hay que perder”. Y justo cuando terminaste la oración, la pirinola se detuvo, mostrando triunfal unas letras erosionadas por el tiempo y el olvido que esbozaban un “Pon 1”.

Y me di cuenta que mi apuesta más grande fuiste vos. Que vos sos ese uno que hace un par de años puse. Pero como vos decías, Pichi, para ganar en grande hay que apostar en grande. Y gané un corazón y una cabeza engrandecidos gracias a tu paso por mi vida, porque puse en vos todas mis proyecciones sobre la clase de persona que algún día espero ser. Pero perdí a mi abuelo. Y desde ese día estoy convencida de que, muchas veces, ganar está sobrevalorado.

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