Dentro de diez años

Te miré y pude vernos dentro de diez años.

Si tenés suerte y la genética juega a tu favor, vas a tener más barba que ahora, y si a mis ganas no se las lleva el viento, para ese momento voy a haber aprendido a maquillarme para tapar las patas de gallo que pensé que nunca me iban a salir.

Nos vamos a cruzar en la calle y vos vas a estar de pantalón de vestir y camisa, como a tus diecialgo juraste nunca andar, con el cuello bien acomodado y ese caminar exitoso que nunca buscaste tener. Y yo voy a estar deseando bajarme de esos tacos de quince centímetros a los que toda la adolescencia quise subir, y vistiendo blusas sueltas para disimular los kilitos de más que una vida de no privarme de gustos me dio.
Me vas a invitar un café, porque a esa edad ya no vamos a tolerar el alcohol en la sangre a las tres de la tarde como lo hacíamos a los dieciocho, y yo voy a aceptar, sabiendo que aunque no lo soportáramos, vos también desearías que ese cortado tenga gusto a cerveza caliente, y cruzarías los dedos por que las tres de la tarde en realidad sean las tres de la mañana de un marzo curiosamente helado.
No te voy a reconocer en un principio; al menos no hasta que te rías mostrando todos los dientes por algún chiste que yo haga, como la primera vez que nos vimos (en circunstancias mucho menos serías, en años mucho más simples). Recién ahí voy a saber quién sos, cuando achines los ojos y me mires con complicidad , y recién ahí vas a recordarme del todo, cuando veas lo fácil que se vuelve mi risa y lo rojas que se me ponen las mejillas después de tan solo un par de tragos.
Nos vamos a acordar de aquel momento, de ese momento que vos bien sabés y que yo bien recuerdo, pero vos no te vas a atrever a decirlo, y yo no me voy a animar a traerlo. Pero lo cierto es que nos miramos y ambos bien sabemos que lo estamos pensando (y por qué nos estamos riendo).
Recién entonces, entre preguntas de rutina, entre comentarios de protocolo, te voy a mirar fijo a los ojos, como vos hiciste aquella vez: penetrante, de una punta a la otra de esa habitación repleta de gente, pero que cada vez que entre tragos y canciones nuestras miradas se cruzaban, era como si estuviera vacía. Recién ahí te voy a mirar fijo y me voy a abrir como una puerta vieja con las bisagras oxidadas, lenta e insegura, pero a la vez con pesadez y determinación. Y con toda la dulzura con la que alguna vez te di un beso, te voy a escupir en la cara, con la misma indiferencia tuya, que alguna vez me rompiste el corazón.

(Te miré y pude vernos dentro de diez años. En el brillo de tus ojos pude ver todas las risas, y en tu aliento a alcohol percibí todas las locuras. Tu sonrisa me lo gritaba, y tus ojos achinados me lo advertían: me ibas a romper el corazón. Pero no dudé. Así que te di un beso. Porque los corazones son de porcelana. Y la vida siempre tiene en stock un pomo de La Gotita).

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