Lapicera

Cuando cumplí diecisiete mi tío me regaló un juego de lapiceras, de esos caros, de diseñador. “Para que firmes las recetas cuando seas médica cardióloga”, dijo entre risas, sabiendo que ese era el año en el que un adolescente (paradójicamente) incoherente elige una carrera, se supone, para toda la vida. Quizás sin saber que la presión, cuando viene disimulada, ahoga más de lo normal.

Pasé mucho tiempo escribiendo pavadas sin sentido. Incluso lo sigo haciendo hasta el día de hoy. Pero durante años lo hice en la oscuridad de mi cuarto, en la privacidad que solo la soledad sabe otorgar, con la discreción única e inigualable característica del secreto absoluto.

Nadie sabía que escribía. Nadie lo supo por mucho tiempo. Alguna que otra profesora se dio cuenta que tenía lengua larga cuando me daban un lápiz. Una sola me dijo que, quizás, esas pavadas sin sentido tenían valor, y mucho.

El último año de secundaria voló, como toda despedida, y contra todo pronóstico familiar mi primer gran acto de rebeldía fue inscribirme en Comunicación Social. Casi al instante aparecieron los prejuicios: que la nena se cree artista, que piensa que va a aparecer en la tele, que nunca va a conseguir trabajo, que la nena habla sin saber.

Hablo sin saber, sí. Y hablo un montón. ¿Pero acaso un buen mentiroso no es también un gran escritor?

Pasó un año de universidad, e incluso unos meses más, para que diera el gran paso. Lágrimas de por medio, nudo en el estómago, incontenible ansiedad. Que sí, que no. Que no, que sí. Porque escribir es quedar expuesta, vulnerable, es desnudar tu cabeza ante el mundo. Pero tan solo bastó un click para que un montón de personas me dijeran que las hacía reír, que se sentían identificadas y, sobre todo, que las hacía llorar.

A mamá le gustó. A papá le gustó. A algunos de mis amigos les gustó. Y meses después, cuando se enteró, mi tío viajó una hora y media hasta mi casa para decirme que le gustó. Y le gustó mucho.

Cuando cumplí diecisiete mi tío me regaló un juego de lapiceras, de esos caros, de diseñador, para firmar recetas cuando fuera médica cardióloga. Por eso hoy, casi cuatro años después de haber cumplido diecisiete años, estoy estrenando una de esas biromes. Pero no para firmar una receta de un medicamento para controlar alguna cardiopatía. Sino para firmar, en una agenda, este relato.

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