Los miedos de la infancia

Los altillos oscuros, bajar las escaleras en la noche, mirar atrás de la cortina del baño en la madrugada. Una foto vieja, lugares desolados, arañas, cucarachas, la oscuridad. La noche, las tormentas, las personas muy serias, las casas abandonadas.

En la infancia teníamos miedos. Miedos inconfesables, miedos grandes, miedos chiquitos, miedos que nos paralizaban, pero miedos al fin; y nosotros tan solo éramos niños, cuyo proceso de crecimiento implicaba superarlos uno por uno.

A los miedos los escondíamos en un recóndito rincón de nuestra cabeza y nuestro corazón. Y, es curioso, solo gustaban de salir cuando estábamos indefensos y solos. Los ocultábamos como si fueran un bochorno, como si fueran humillantes, como si fueran una vergüenza. Y no reconocíamos que, en realidad, son los miedos los que nos hacen humanos.

Pero un día, casi sin darnos cuenta, todos esos miedos se habían evaporado. Los abrazos de papá habían alejado a los monstruos, la voz de mamá nos había acompañado siempre, la luz de los abuelos iluminaba cualquier rincón, la compañía de los amigos habían vuelto algo obsoleto. Habíamos transitado con éxito el pasadizo de las habitaciones oscuras, de los lugares abandonados y los asesinos ocultos en la ducha del baño. Y el glorioso resultado, la luz al final del túnel, era esa tan inflada madurez.

Pero, lo que tampoco notamos, fue que los miedos no desaparecen. Los miedos son tan grandes que tienen vida propia, nos acompañan toda la vida. Los miedos, incluso, evolucionan.

Entonces un día descubriste que para combatir la oscuridad en una casa desolada bastaba con estar ahí y simplemente encender la luz. Pero notaste también que no hay presencia que alcance ni luz lo suficientemente intensa cuando la soledad viene de adentro, y el que ya no sabe cómo brillar es uno mismo. Descubriste que lo que en verdad te asusta no es el riesgo de subir altillos y bajar escaleras en la noche. Sino que lo que te aterra es el tomarlo, es asumirlo, es el riesgo en sí mismo. Y también viste que no son la noche ni la oscuridad las que enceguecen, sino que simplemente es el futuro el que no se deja ver. Y que el verdadero miedo es a lo desconocido.

Observaste que la tormentas, los truenos y los relámpagos son simples fenómenos naturales, pero que el verdadero miedo está en que la tormenta nunca termine. Comprendiste que las posibilidades de que un asesino se escondiera detrás de la cortina del baño eran casi nulas, pero a veces quien va a lastimarte sí está en el baño, aunque no detrás de la cortina; sino en tu propia imagen en el espejo.

La incertidumbre, la soledad, el abandono. Quizás la esencia siempre fue la misma. Sólo que a medida que uno crece la abstracción disminuye y la cosa se vuelve más real. La incertidumbre está en no saber qué hacer con tu futuro, la soledad está en ese amor que se te escapó de las manos y en los amigos perdiste, el abandono está en esos que te enseñaron a combatir tus miedos de la infancia, y que ahora ya no están para prender la luz cuando el panorama está demasiado oscuro.

Nos pasamos la infancia superando miedos. Pero nunca notamos que el miedo siempre era el mismo. Y por fin ahora descubrimos que nuestro miedo más grande siempre fue crecer.

Por el amor de tu infancia, por los miedos que nunca te atreviste a mostrar.

Sacate el miedo. Ponelo en la ducha. Cerrá la cortina. Apagá la luz. Cerrá la puerta. Y bajá las escaleras, solo.

Ahora andá.

Viví.

Total el miedo siempre va a estar detrás de la cortina de la ducha.

Pero ahora corrés con la ventaja de saber dónde te está esperando.

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