Donde el tiempo hace trampa

Me fui sin esperar nada, sin pretensiones. Pasé por un año que me vació de convicciones, de sueños, de entusiasmo, de vida. Esta vez nadie me deseó que me encontrase. Ya bastante tiempo había perdido buscándo(me) a lo largo de un año que lo único que logró fue que rogara perderme de nuevo, porque lo que había encontrado no era lo que esperaba.

Quién iba a decir que entre hostels, mochilas y cerros iba a encontrar todo eso que necesitaba, y más.

Comprendí que quizás no me encontraba porque estaba dentro de una cueva. Una cueva con una oscuridad tan oscura que ahoga, agobia, se te mete hasta los huesos y te revuelve todo tu ser. Una oscuridad que te hace flotar, te da vueltas y te deja patas arriba frente a ese peso que empujás cada vez más abajo y que paso a paso te dificulta más seguir. Una oscuridad a la que le rogás, le suplicás e implorás que te suelte, que te deje fluír. Una oscuridad que te hace volver a tus raíces. Y te hace seguir camino más liviana. El norte me hizo sentir que podía acariciar el cielo. Los cerros bien altos y las nubes bien bajitas. Desde arriba los problemas se ven chiquititos, diminutos. Casi inexistentes.

El norte me hizo darme cuenta que quizás no soy eso que esperaba, eso que creía que iba a ser. Y, mucho menos, que no estoy donde tenía pensado estar. Que quizá no soy un árbol frondoso, de esos que dan una sombra reconfortante y tupida en verano; que, aunque quiera, no siempre puedo dar sombra. Porque hay veces que la que necesita sombra soy yo.

El norte me mostró que quizás soy más parecida a un cardón. Quizás estoy en el medio de la nada, bajo el rayo del sol y llena de espinas para evitar que se me acerquen.

Pero eso no quiere decir que no pueda florecer.

 

El norte es seco porque a lo largo de la historia su pueblo se quedó sin lágrimas que llorar. Saqueos, arrebatos, genocidios; en los lugares más recónditos entre los cerros se encuentra toda la riqueza que dio vida a la civilización europea. Y el viento, huayra, te cuenta la historia. La otra historia. No la de los vencedores, sino la de los vencidos.

Nuestras raíces, las verdaderas raíces, nacen entre los cerros de siete, catorce, mil colores, y se extienden a lo largo del territorio a través de los ríos, que crecen y corren desesperados a hidratar tanta tierra dolida en época de lluvia.

Las mujeres ya no se ríen. Los hombres ya no pelean. Y las arrugas de los ancianos son profundas como el sufrimiento de su pueblo. Pero el norte no tiene resentimiento. Aunque tampoco esperanzas. Pareciera esperar tranquilo y paciente, como si supiera que, más tarde que temprano, todo vuelve.

Pero, como nos dijeron, allí el tiempo hace trampa; pareciera ir más lento. Creo que es por eso que sus calles son de piedra y en subida, porque nadie tiene prisa. Las conversaciones son cortas pero lentas, los saludos fugaces pero sentidos, y todos, absolutamente todos los lugares son “ahicito nomás” (cuidado, eso sí una trampa).

Sin embargo, con el correr de los días aprendí que no es el tiempo el que hace trampa, sino que al tiempo lo detenemos nosotros. Que son las personas que nos cruzamos las que atrasan las agujas del reloj con sus historias, sus juegos, sus canciones, su magia y su luz.

Conocimos adultos profesores con alma de niños, y niños con alma de mago místico milenario. Conocimos periodistas viscerales amantes de su profesión, y fotógrafos un tanto hartos de sus vidas que salieron en busca de nuevas rutas. Conocimos gente de Australia, gente de Suiza, gente de nuestro barrio a la que nunca habíamos cruzado. Conocimos grupos de amigos viajando sin saber muy bien qué hacer, mujeres independientes que se cargaron la mochila al hombro en busca de nuevas experiencias, compañeros compartiendo algo nuevo, bebés en camino y personas que se cansaron del caos de Buenos Aires y se asentaron en el norte en busca de paz. Conocimos seres mágicos que viven viajando hace años, y seres aún más increíbles que abren sus puertas a viajeros. Nos fuimos de Buenos Aires huyendo de un lugar un tanto hostil y alborotado que vive cerrando puertas, y en el norte descubrimos que todas las puertas se abren: las de las casas y las del alma. Porque los corazones son tan grandes que traspasan las paredes.

Y fueron los que nos abrieron las puertas y nos prestaron su mesa quienes pararon el minutero.

Fueron quienes nos contaron sus historias y nos convidaron un mate los que le sacaron las pilas.

Fueron esos que nos hicieron probar el vino con pritty y perder la cuenta de las birras los que borraron los números.

Fueron las que nos hicieron trenzas en una plaza las que nos hicieron perder la noción de los días.

Y cuando nos quisimos dar cuenta, el tiempo era una masa amorfa que no avanzaba ni retrocedía. El momento era ese, el instante ese mismo; ese viento, ese sol, ese cielo, esa tierra, esa gente, ahí y ahora, sin razón aparente y también con todas las razones del mundo, con la razón del mundo: ser, estar, existir. Juntos. Aunque sea por un rato, por un pedacito de ruta.

En definitiva, el norte fue un lugar de encuentro. No conmigo misma, sino con los otros; con gente nueva y con mis amigas de siempre. Porque por estar tratando de encontrarme, me estaba perdiendo de los demás.

Aprendí que la cena es más rica si es multitudinaria. Que solo se necesita una mesa grande y comida para veinte para unir a un par de completos desconocidos, aunque sea por una noche. Que Australia, Argentina y Suiza pueden fusionarse cuando suena Damas Gratis folclorizado (y con unos vinos encima).

Aprendí que la birra es más rica en ronda y mirando las estrellas, y que la falta de aire no es por la altura, sino por lo increíble de la vista. Aprendí que las despedidas nunca son definitivas. Que a veces incluso se repiten quince veces. Y que las casualidades definitivamente existen (y a veces son cosa de todos los días).

Aprendí que el viaje valga la alegría, y no la pena. Que te llene, y te desborde. Que te haga reír, pero que también te haga llorar. Y que te encuentres, pero no del todo. Para así tener otra razón para seguir buscándote.

Pero sobre todo, aprendí que solo se necesitan compartir un par de pasos para que la huella sea imborrable. Y que tiempo tenemos de sobra; lo que escasea un poco es la vida. Y es por eso hay que exprimirle cada segundo.

 

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