Dentro de veinte años

Me tomé el subte a eso de las diez. Evitar el tumulto de gente de la hora pico era un alivio, aunque el aire estaba igual de viciado que a las ocho de la mañana, y al entrar en el vagón amarillo usado y reusado no encontré lugar para sentarme. Las piernas ya no resistían mi propio peso como a los veinte, pero aún no estaba en edad de que me cedieran el asiento. Por suerte. O por desgracia. Una de cal y una de arena.

Apoyé mi cuerpo sobre el caño con resignación, cansancio, melancolía; ya no sabía si era una de ellas, o todas juntas. La separación había agotado las pocas energías que me quedaban para sentir. Tanto era así que me había vuelto inmune a cualquier estímulo emocional. Había empezado terapia, y estaba mejor. No bien, pero mejor.

Entonces te vi frente a mí, también apoyado en un caño, y se me aflojaron las piernas. Nunca supe muy bien cómo reaccionar ante las sorpresas. Tenías el mismo perfil que a los veinte, la misma seguridad de los treinta, y estabas sumergido en un libro de esos que nunca comprendí, como cuando tenías dieciocho. El cuerpo se me volvió ajeno, y por unos segundos me transporté a la intensidad del pasado. El impacto fue tal que mi corazón se había olvidado de latir, y por contraste comenzó a palpitar de un segundo a otro a la velocidad de la luz. Quise salir corriendo del subte en la siguiente estación, pero al voltear se me cayeron todos los libros que llevaba en brazos. E inevitablemente, ante tanto barullo, ante semejante escena trillada de comedia romántica hollywoodense, despertaste de la ensoñación en la que estabas sumido y me viste, torpe como siempre, temblando como cada vez que alguien que me intimida me dirige la mirada, levantando libros en el samba en que se convertía el subte entre Constitución y San Juan.

Te reíste fuerte como hacías desde siempre, altanero, seguro, sencillo, y te agachaste a ayudarme. Me reí por inercia, por no saber como reaccionar. En otros tiempos te hubiera fulminado con la mirada y no te hubiera dirigido la palabra. Pero los años me habían ablandado, la vida me había cansado y el corazón ya no aguantaba tantos sobresaltos.

Dio la casualidad (otra vez la maldita casualidad) de que bajábamos en la misma estación: la última de todas. Te conté rápido de mi vida, vos me contaste rápido de la tuya. Como si la maldita costumbre de buscar en las redes sociales a nuestras amistades de la adolescencia no nos hubiera mantenido al tanto de los últimos diez años de nuestra existencia. Me preguntaste si me acordaba de la última vez que nos vimos, porque siempre disfrutaste de ponerme incómoda, y divagué para simular que tan solo había sido un momento más, porque siempre disfruté de hacerme la indiferente. Pero claro que me acordaba de ese café hacía diez años, del bar, y de todas las palabras que había dicho de más. De todas.

Me contaste que a tu hija, la más grande, la mamá le había regalado mi libro. Digo “la mamá” porque hay algo raro en decir “tu mujer”, algo que no cierra. Que no me cierra. Y también me contaste que te tomaste el atrevimiento de leerlo. No te voy a mentir, el corazón me dio un vuelco; no creí que fuera posible que las piernas se me volvieran a aflojar en un ínterin de veinte minutos. Tampoco creí que en tu puta vida fueras a leerlo. No podías leerlo. No era la idea.

“Es curioso el capítulo de la noche”, dijiste; y sabía que ibas a decirlo. Porque nunca pudiste hacer de cuenta que nada pasaba, porque siempre te gustó meter el dedo en la llaga, ponerme incómoda, obligarme a decir todo lo que me obligaba a callar. Porque sabías que con vos me desarmaba como una trenza mal hecha, como un caramelo mal envuelto, como los restos de eso que fuimos y que nunca supimos bien cómo volver a juntar.

“Si, es un lindo capítulo”, te dije acomodando mi cabello detrás de mi oreja y mirando los libros que tenía en los brazos; porque a veces, con vos, volvía a tener dieciocho sin darme cuenta. “Es mi capítulo preferido”. Me sonreíste pícaro y te rascaste la nuca, entre nostálgico y nervioso. Cada tanto a mí también me gustaba hacerte sentir aunque sea un poco de lo que vos me causabas.

Llegamos a la terminal y salimos juntos de ese tubo amarillo. Subimos por las escaleras comunes, no las mecánicas; como si quisiéramos que esa efímera casualidad subterránea durara un poco más de lo pautado, tratando de convencernos de que al salir de aquel urbano inframundo la realidad sería otra. Cuando por fin el sol nos pegó de lleno en la cara, no pudimos engañarnos más. Nos despedimos como dos viejos conocidos, con nostalgia y calidez, con cosas por decir que era mejor callar, con un abrazo mudo y cada cual caminó para su lado. Pero antes de que te fueras tenía que preguntártelo. La terapia me había indicado que no era bueno rondar sobre preguntas que no tienen respuesta, o peor, cuya respuesta ya conocemos. Pero la vida me había enseñado que siempre hay que cumplirle los caprichos al corazón.

“¿Debería haberme ido con vos aquella noche?”. Sonó menos a pregunta y más a afirmación de lo que hubiera querido. Pero al salir de mi boca, sentí que se deshizo el nudo que tenía en el pecho. Una oración logró liberarme como trece años de relación, una separación y un par de meses de terapia jamás habían podido.

“Si”, dijiste, no sin antes vacilar unos instantes. Y es que ya sabías que te lo iba a preguntar, pero nunca pensaste que fuera a decirlo. Asentiste, suspiraste y te reíste a la vez. “Si”, exclamaste, esta vez resignado, otra vez tocándote la nuca, otra vez, como muy pocas veces, nervioso.

Sonreí, suspiré. También asentí. Vos conocías la pregunta, y yo ya sabía la respuesta. Pero hay cosas que hasta no decirlas no se terminan de evaporar; lo que mata no es lo que se materializa, sino lo que permanece abstracto. Y como también sabíamos el desenlace de estas cosas, ambos hicimos un ademán con la mano. Nos dimos la espalda y continuamos nuestros caminos.

Tantas veces me había preguntado cómo sería todo dentro de veinte años…pero mientras caminaba comprendí que a veces hay que morirse con la duda; porque hay dudas que cuando se despejan, es como si murieras un poco en vida. Y vos tranquilamente podías seguir con tu vida. Pero yo tenía un tema nuevo para tratar en terapia.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s