Dafne

Dafne tiene 11 años, pero en realidad es milenaria, anacrónica, no tiene edad.

Dafne tenía el pelo castaño y largo hasta casi los tobillos. Pero ahora lo tiene bien cortito, y el mechón que cae sobre su frente es de color rosa.

A Dafne le gusta la magia, el misticismo, el circo.

Dafne hace piruetas, corre, salta y gira por todos lados.

Dafne sabe de mitología romana, de mitología griega, de astros y de cuerpos luminosos.

Dafne sabe mil historias, algunas divertidas, otras tristes; y otras incluso de ciencia ficción. Ella jura que son verídicas, que son verdad. Y lo jura con una convicción, con una creencia ciega, con un fuego tan furioso saliendo de su pecho, que uno efectivamente termina creyendo que lo son. Porque las historias que se cuentan con brillo en los ojos no pueden ser mentira.

Dafne cree ciegamente en el destino. Por eso su madre le puso el nombre que un mago le dijo en sueños, por eso su hermanita lleva el nombre que Dafne sintió en una visión.

Dafne es la mayor de 3 hermanos, que junto a su madre, su padre y su padrastro (una combinación que en otros términos podría ser explosiva) son una familia circense itinerante.

Dafne pasa sus tardes de verano en las plazas del norte argentino, correteando con los hijos de los puesteros, jugando en las hamacas, charlando con todo turista que esté dispuesto a escuchar con fascinación a la nena de 11 años más sabia del planeta tierra. No hay dato que Dafne no sepa, no hay penuria que no haya pasado, no hay alegría que no haya reído.

Dafne tiene 11 años, pero los vivió con la intensidad de una era completa. En su metro treinta vestido con colores chillones y estampados mezclados bien podría estar condensada la historia de la humanidad. Pero no la historia que conocemos todos; sino la historia de la luz, de la oscuridad, de todo eso que pasa y no sabemos por qué, de eso que no tiene un por qué. Pero Dafne tiene una respuesta para todo: sabe el por qué de las casualidades, el por qué del destino, el por qué de las cosas malas que le pasan a uno, y por qué las personas tienen que morir. Y Dafne anda esparciendo esa sabiduría en secreto, en pequeños gestos, en particularidades como no comer la última galletita del paquete para no recibir una maldición de por vida. Y en caso de querer comerse la última galletita, Dafne encuentra la forma de engañar al destino para que la mala suerte pase de largo.

A Dafne la conocimos en la plaza de Purmamarca. Como todas las cosas buenas, no recuerdo cómo comenzó, cómo empezamos a hablar. Solo recuerdo que estábamos sentadas entre todos los chicos que corrían por la plaza, tomando mate, y de un momento a otro Dafne era una más. Fue la sexta integrante del grupo durante dos días, durante dos tardes frescas en las que nos enseñó que todo tiene un lado B. Todo.

Dafne intentó, sin éxito, enseñarnos a hacer contorsión. También nos peinó con extrañas trenzas, e incluso quiso meternos adentro de una burbuja. No en sentido figurado, sino de forma literal. Quiso enseñarnos el arte del hula, se maquilló, se disfrazó y nos brindó un show junto a su familia. Nos mostró, casi sin quererlo, que se desvivía por su hermana pequeña, y que es posible siempre tener hambre. Se tomó nuestro mate y se comió nuestras galletitas, pero a cambio nos dejó el corazón más grande y la sonrisa más brillante.

La última tarde que pasamos con Dafne nos despedimos con un abrazo. Se había subido a mi espalda, y no se quería bajar. Incluso caminé una cuadra con ella a cuestas. Hasta llegó a preguntarle a su padrastro si se podía ir con nosotras, pero todos reímos; incluso ella, porque ya sabía cuál era la respuesta, y como todo ser milenario, tenía la certeza de que eso no era lo que tenía en sus planes el destino. Nos despedimos por vigésima vez con un fuerte abrazo, pero antes de que nos vayamos salió disparada a buscar el celular de su madre para que tengamos un número donde contactarla. Todavía no estoy segura quién tiene su teléfono.

Dafne tiene 11 años y el pelo corto y rosa. Dafne se ríe fuerte, tiene la voz ronca, las rodillas percudidas y entra en confianza en un santiamén. Dafne es amiga de los hijos de los puesteros, es amiga de los puesteros y es amiga de los turistas. Dafne abraza fuerte y mira a los ojos. Dafne no solo te mira, sino que también te ve.

Si hubiéramos estado en la playa, me habría gustado que Dafne fuese un caracol para hacerme un collar.

Si hubiésemos estado en el campo, hubiera querido que fuera una flor para guardar en un libro.

Pero estábamos en Purmamarca. Y toda la gente del norte dice que si uno respeta a la Pachamama, no hay que arrancarle nada, hay que dejar las cosas tal como están: salvajes, libres, riéndose mucho, saltando y gritando fuerte. Aunque a mí me hubiese gustado que Dafne fuera una piedrita nacarada, de esas que adquieren un brillo violáceo por la erosión de los años, del viento y del sol. Y me hubiese gustado traerla de recuerdo.

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