De monedas y deseos

Encontré una moneda en la playa.

Pero no era cualquier moneda. Era una moneda de 5 centavos, corroída por el tiempo, por el mar y por la arena, por el viento y por los años, intentando camuflarse entre los caracoles y las piedras que se juntan en la orilla.

Encontré una moneda y me la estaba por guardar, porque una moneda oxidada y convirtiéndose en piedra no se encuentra todos los días; porque una moneda de 5 centavos no se encuentra todos los días. Bah, simplemente ya no se encuentra. 5 centavos ya no existen.

Encontré una moneda y me la estaba por guardar, pero entonces, entre tanta bruma marina, entre tanta calma gris que precede a la tormenta, entre tanto mar revuelto y tanta humedad de esa que te infla el pelo y te pegotea la piel, se me ocurrió que esa moneda podría ser un deseo.

¿Y si, efectivamente, esa moneda era un deseo? Un deseo lejano, de los tiempos en los que los deseos de 5 centavos cotizaban en bolsa, de aquellos momentos cuando los deseos de 5 centavos significaban quizás la felicidad eterna, de esos momentos en los que 5 centavos eran un sacrificio lo suficientemente grande como para merecer al amor de tu vida, y no tan solo un pancho y una coca.

¿Y si, efectivamente, esa moneda era un deseo de felicidad eterna, de amor incondicional, de fortunas incalculables, de salvar una vida? Mirá si esa moneda había sido la causante de una familia numerosa, de un matrimonio sexagenario, de un viaje interminable, de un nacimiento o de un renacer. ¿Qué iba a pasar si me guardaba la moneda? Quizá la familia se enfrentaría en una guerrilla interna cargada de odio durante la cena de navidad, la pareja se divorciaría cuando la mujer se diera cuenta que estaba casada con un pelotudo, el viaje habría de terminar de un plumazo con una repentina e inexplicable caída del avión, una persona, en alguna parte del mundo, se moriría así sin más, de muerte súbita, desplomándose en ese mismo instante.

Encontré una moneda de 5 centavos, corroída por el tiempo, el mar y la arena, una moneda que estaba por guardarme pero entonces, justo antes de dar un paso para seguir con mi caminata playera huyendo de la tormenta, decidí evitar que volaran copas y pedazos de turrón funcionando como proyectiles en una mesa decorada de rojos y dorados un 24 de diciembre a las 11 y media de la noche; decidí evitar una decisión impulsiva y sin explicación de una mujer de 80 años que estaba casada con un pelotudo, pero que a pesar de todo, amaba a ese pelotudo con la misma intensidad que lo hacía a los 20; decidí evitar una catástrofe de alcance mundial al ahorrarle a las autoridades de alguna aerolínea lidiar con la caída de un avión repleto de pasajeros, y también así extender el viaje de algún alma indómita que andaba vagando por el mundo desde una vaya a saber cuándo; decidí salvar una vida, o por qué no prolongar alguna re-vida, para que esa persona pudiera tener tiempo de viajar a Villa Gesell para tirar otra monedita en el mar.

Examiné una vez más la moneda de cinco centavos oxidada convirtiéndose en piedra, y decidí que la suerte ajena quedara en manos del destino, de Poseidón, de las olas, del mar. Me hice cargo de no hacerme cargo de los deseos ajenos, porque la suerte está echada. Y repentinamente pensé que quizás alguien, con esa moneda, había deseado que otra persona, vaya uno a saber quién, vaya uno a saber cuándo, vaya uno a saber cómo, encontrase esa monedita. Y por ahí esa persona había deseado que quien la encontrara, a su vez pidiese un deseo, y volviera a tirar la moneda en el mar. Y, quién te dice, que quizás ese alguien era yo.

Es que una vez me dijeron que el equilibrio del mundo depende de cada pavada. Así que sin darle más vueltas al asunto, pedí un deseo y tiré la moneda, lo más lejos que pude, de vuelta al agua espumosa. Deseando que mi deseo, llegado el momento, quede en manos de alguien que decida, lanzando la moneda de nuevo al agua, que yo también merezco la felicidad eterna.

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