Temperley

Las calles de Temperley me dan la sensación de que el tiempo se detuvo sin que siquiera haya podido notarlo. 

Temperley me recuerda a la sensación de rebeldía de andar borracha por sus calles a la madrugada, a la adrenalina de estar tomándote un colectivo cuando a tu mamá le dijiste que te llevaban los padres de algún amigo, a la libertad de ser un adolescente solo en la calle dispuesto a comerse ese micromundo picante, que cuando sos chico te parece enorme, que es el sur del conurbano bonaerense.

Cuando paso por Temperley me acuerdo de marearme en la calesita en las noches calurosas de noviembre, me acuerdo de correr borracha por Meeks en las fiestas de egresados, me acuerdo de quedarme en una esquina sentada hablando toda la noche con un amigo, de tomar vino caliente en la plaza de la estación. En el libro de la historia de mi vida, Temperley sería el capítulo de mi adolescencia temprana, la cuna de mis llantos, de mis risas, de mis desvelos. Temperley es el repositorio de las anécdotas más divertidas y de las risas que más me hicieron doler la panza. Y cada vez que paso por ahí, me acuerdo de mis 16 y 17 años, justo la época en la que todas mis amigas se habían puesto de novias y empecé a salir con mis amigos varones.

Cuando salía con los chicos, antes de juntarme con ellos, siempre tenía la sensación de que estaba por romper una mística masculina en la que no me correspondía entrar. Siempre me sentí cómoda con ellos, desde que tengo memoria e iba al jardín de infantes, pero la dinámica de sus salidas era completamente diferente a la nuestra, la de las mujeres (me es en este caso imposible no caer en binarismos, mil disculpas).

Cuando llegaba, siempre, pero siempre, halagaban lo que tenía puesto. No en plan “qué linda pollera, ¿dónde la compraste?”, sino más bien algo como “ah bueno, hoy sí que estás perra, ¿vas a pescar con nosotros en el boliche hoy?”. Jamás me cuestionaron el maquillaje, el corto de la pollera, lo escotado de mis tops, lo lento que caminaba con los tacos que no sabía usar pero que estaba empeñada en ponerme.

Luego me preguntaban si tenía algo para tomar. Si la respuesta era sí, lo ponía en la mesa y lo socializábamos. Si no, me daban un vaso y me dejaban tomar lo que quisiera. Y una vez que todos teníamos un vaso lleno, ahí empezaban a poner música bizarra. Cumbia santafesina, los mejores éxitos de los 80, la música que nunca jamás ibas a escuchar en una previa decente.

Cuando sos adolescente y de la nada te volvés la única amiga del grupo sin novio, hay algo que te empieza a hacer ruido. Hay un millón de preguntas que se te cruzan por la cabeza, desde “¿qué tengo de malo?”, pasando por “¿tan fea soy?”, hasta “¿qué les pasa que no ven que soy piola?” y “ni en pedo me pongo de novia, estoy en mi mejor momento”. 

Cuando sos adolescente y de golpe los sábados a la noche tus amigas se van al cine con “sus chicos” y ya no tienen tiempo para vos, sentís que te quedaste sin un lugar de pertenencia. Estás sola, a la deriva, boyando, sin nadie a quien llamar cuando se te ocurre un plan excelente para el fin de semana, sin nadie a quien avisarle que le caes a dormir y a pintarte las uñas mientras comen chocolate y juegan a Los Sims a la madrugada.

Pero desde el momento en el que ponía un pie en el lugar en el que estaban los chicos, mis amigos, automáticamente me convertía en uno más. Y creo que nunca lo dije, pero voy a estar eternamente agradecida por eso. Porque el hecho de que te abran la puerta, te abracen, y te hagan sentir que pertenecés en un momento en el que el mundo parece darte la espalda y gritarte en la cara que siempre cinco para el peso, que siempre hay algo que te falta para encajar, es terriblemente invaluable.

Me explicaban cómo encaraban chicas en el boliche, me hacían parte de sus bromas pesadas de asquerosidades, me mostraban videos bizarros que veían. Me hacían bailar con ellos y me volvían cómplices de sus travesuras infantiles, demasiado tontas incluso para alguien de 16 años. Y yo estaba orgullosa de entender los guiños y los chistes internos.

Hay otro gesto que también considero enorme. Probablemente no lo hacían adrede, de hecho con el tiempo comprobé que mis amigos son así con todo el mundo, y creo que en esos momentos corría más alcohol que sangre por sus cuerpos flacos y largos con tres pelos de barba que cuidaban con gran preocupación. Pero siempre que caminábamos por las solitarias calles de Temperley a las 3 de la mañana, lo hacíamos en forma de pandilla, de círculo desordenado y ordenado a la vez; un círculo en el que siempre, sin quererlo pero sin excepción, yo quedaba en el medio. Se aseguraban de que no quede caminando adelante de todo, y tampoco de que vaya sola atrás. Cuando entrábamos a algún lado, también estaba en medio de la fila. Y es que yo era un pibe más, pero también eran conscientes de que los pibes no corrían el mismo riesgo que yo en las bocas de lobo y en los boliches del conurbano. Y nunca se los dije, pero pocas veces me sentí tan cuidada como cuando salía con ellos. 

Anduvimos por plazas, por puentes, por estaciones de tren, por calles cortadas. Tomamos colectivos llenos de gente, y se sentaron conmigo y miraron mal a todo borracho que se atrevía a mirar fijo mi escote por más de cinco segundos. Y si bien creo que esperaban que no me diera cuenta, yo veía a sus cuerpos diminutos ponerse a la defensiva ante cualquier amenaza que veían. Porque era un pibe más, pero a la vez sabían que no lo era. Dentro de toda la libertad que siempre supe tener, y que ellos supieron respetar, miraron de cerca que nadie se interpusiera entre el mundo y yo. Me cuidaron las espaldas.

El mundo nunca más se va a sentir tan inofensivo como cuando caminaba por Temperley con mis amigos, borracha a la madrugada, cerrando los ojos para sentir mejor el frío del viento pegándome en la cara. Nunca más me voy a sentir tan parte de algo que no me correspondía, pero que ellos quisieron de todas formas compartir conmigo. Nunca más me voy a sentir tan grande e invencible como cuando cantábamos y corríamos los colectivos de la avenida Espora tomando fernet de una botella cortada y congelada ideada por un futuro diseñador industrial. 

Temperley parece haberse detenido en el tiempo. Y cada vez que paso, nos veo caminando por sus calles, dispuestos a comernos el mundo. En el diccionario de mi paso por el mundo, si tengo que traducirlo, en mi cabeza Temperley significa amistad.

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