Carta sin destinatario

Te escribo una carta porque sí. O, mejor dicho, ¿por qué no?
Te escribo una carta porque que vuelvas es como volver a las clases de natación. Es aprender a nadar, todo de nuevo, para dejar de ahogarme en un vaso de agua. Es estar frente a una pileta con olor a cloro, a transpiración y a miedo, parada en el borde de lo bajito, con mi malla enteriza roja y negra, la gorra de goma plateada demasiado apretada tapándome los oídos, y las antiparras azules nublándome la vista. Es poder ver el fondo pero aún así sentirlo a infinidad de kilómetros, es el calor del ambiente convertido en vapor convertido en una olla a presión convertida en mí a punto de explotar y romper en llanto abrazada a la profesora, soy yo siendo chiquita pero aún así sintiéndome más chiquita de lo que ya era, pensando alguna excusa lo suficientemente válida para mí misma, para no aceptar que tenía miedo. Es la profesora asustada, asustada porque yo no tenía miedo de nada, no tenía miedo nunca, porque yo era todo risas, porque yo alentaba a otros a que se tiren a la pileta, no lloraba desconsolada ni tenía taquicardia ni ganas de salir corriendo porque sentía que, aunque sea en lo bajito, me iba a tapar el agua. Es mi mamá entrando a abrazarme, sin entender por qué lloraba, si yo solo pedía por mamá cuando la cabeza me estaba por explotar.

Es la excusa inventada, que una vez que la digo me doy cuenta que no tiene sentido, y es que soy chiquita, tengo cuatro años, tengo miedo y vergüenza de tener miedo, y me siento diminuta y observada y ahogada y agobiada y derrotada y presionada y ahora me siento igual, porque volvés y es otra vez lo mismo, lo de siempre, y te escribo pero no te escribo porque vos no lees esto nunca, y mejor que no lo hagas porque tampoco sé muy bien si te estoy escribiendo a vos o si me estoy escribiendo a mí.

Me estoy escribiendo para acordarme, dentro de unos años, que me costó un montón aprender a nadar, que de hecho al día de hoy no sé hacerlo, pero que floto de maravillas, que aprendí a hacer la plancha, aprendí a barrenar la ola y a pasarla por abajo. Me escribo para recordarme que no eras el flota flota, que en realidad eras el tsunami, pero uno que, cuando lo tenés cerca, es solo una ola que se deshizo en el camino, sos el amague, sos el agua que llena de arena y caracoles, que ensucia más de lo que limpia. Me escribo para decirme que está bien, que a veces instintivamente sale una excusa tonta y a veces necesito hablar con mamá, pero esta vez fue la última, y tirarte a la pileta aunque no veas el fondo no es tan trágico cuando tenés a alguien que te espera del otro lado.

Me escribo para recordarme que el hecho de que vuelvas es como volver a las clases de natación, es aprender de nuevo a dejar de ahogarme en un vaso de agua. Y, sobre todo, escribo para no olvidarme que cuando me di cuenta de que el agua me llegaba a los talones, dejé de aguantar la respiración y salí caminando.

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