Respirar y seguir

Hace unos años me fui al sur para encontrarme, porque no sabía muy bien dónde estaba parada, ni quién era, ni hacia dónde iba. Ahora entiendo que cargar a un lugar con semejante responsabilidad es algo descabellado. Porque está bien que en el sur me encontré con las montañas más altas, con los bosques más calmos, con los lagos más fríos y el sol más tajante. Está bien que hay algo en el sur que te pide a los gritos que te dejes ser. Pero no te encontrás cuando te vas, sino cuando te quedás y decidís amigarte con eso que querés esquivar. En el sonido del correr del agua descubrí que todo fluye, todo pasa, nada es estático, estamos siempre en constante movimiento. Y si vi crecer flores amarillas entre las piedras, ¿cómo voy a creer que algo es imposible? 

Se que cada viaje es un mundo, que cada experiencia es distinta, pero estoy segura de que todos coincidimos en que en el sur se respira paz. 

Los días son eternos, el sol quema aún más intensamente, y el agua atravesada por la luz tenue del sol de la tarde, que se cuela desesperada por los recovecos de las copas de los árboles, acaricia las piedras mohosas hasta teñirlas y desteñirlas de mil colores diferentes. El mismo agua es la que cae furiosa por los arroyos, la que te hiela los pies, la sangre y el alma, la que parece apuñalarte cuanto más profundo te metés. Pero con el correr de los días te das cuenta que en realidad no es el agua, sino el efecto del sur calándote hasta los huesos, es la calma que se te mete en el cuerpo, que te congela los problemas, que te calienta y te ablanda el corazón. Es la tierra abajo de las uñas, que se amontona como las historias al subir las montañas, que te da la sensación de que no te va a alcanzar la vida para recordar tantos atardeceres. Y es que el cielo nunca tuvo tantos colores, el viento nunca susurró tantos secretos.

En el sur no sólo las estrellas son fugaces, si no que también los lazos lo son. Personas con las que hablás en el colectivo se vuelven amigas por un día, gente con la que compartiste un mate se vuelve tu compañera de año nuevo. Las personas que te ayudaron a abrir una lata te comparten fernet, y alguien de otro país te ayuda a definir el tema de tu tesis de grado. El calor del vino y del fogón se vuelven el mejor plan de sábado a la noche. El arroz con saborizante se vuelve fugazmente un manjar, y el instante en el que atardece a miles de metros de altura se te queda grabado para siempre en la retina. Las estrellas están al alcance de la mano, y la luna en la cabeza haciendo de farol. La vida parece complicada, pero en el sur te das cuenta que no lo es. Que todo nudo tiene un desenlace, que los finales son el principio de todo.

Me mojó el agua de la lluvia, me empapé del rocío de la noche, me calentó el fuego de un fogón (y el vino, no voy a mentir). Dormí en una carpa, en una cama, en un quincho; incluso, porque no todo es color de rosas, me depuré de todo aquello que me sobraba y dormí con la cabeza en un inodoro. El agua helada del lago me acalambró los pies, el sol del mediodía arriba de la montaña me quemó la piel, la luz de la luna nos hizo de vela y las estrellas me vieron reírme como una llama e intentar coordinar a cuatro borrachas de un tirón. Me quedé sin aire pero respiré profundo, porque en viajes anteriores me enseñaron que siempre voy a tener a alguien que respire conmigo. Entonces esta vez estuve ahí por si a alguien los pulmones parecía que le iban a fallar. 

Viajé en colectivo, en avión, en auto, caminé, hice dedo. Tomé cerveza, me reí, esta vez no lloré. Y es que no tenía mucho para llorar, pero sí un montón para agradecer. Por estar de vuelta, con los de siempre y con gente nueva. Por estar, por seguir, por, algún otro día, volver a volver. Pero sobre todo, agradezco tener memoria. Y un montón de historias para contar.

Esta vez me fui al sur sin esperar nada. Ya me había encontrado, y la solución no era subirme a un avión como había creído en un principio. Esta vez me esperaba para amigarme conmigo, para estar en paz con todos, para probarme que había crecido, para darme cuenta que logré salir de un montón de lugares en los que no quería estar. Volví para ver lo que ya había visto con otros ojos y para descubrir lugares nuevos. 

Al sur lo encontré igual que siempre, preparado para dar sin recibir, para bajarte a la realidad, para ventilar, enjuagar y secar al sol todo eso que deseás conservar, y para llevarse con el viento aquello que querés dejar ir para seguir camino más liviana. El sur es como cuando sacás la cabeza del agua para tomar aire y volver a zambullirte: es una bocanada de calma. Es inmensidad. Es fluir, flotar, volar, seguir. Seguir aunque estés rota. Seguir para ir arreglándote en el camino. Seguir.

Ahora ya no le tengo miedo a estar sola. Tampoco le rehuyo a estar acompañada. El sonido del viento, del roce de las hojas, del correr del agua ya no me significan un miedo paralizante a encontrarme conmigo misma. Ya no me tengo miedo. Ahora el ruido del silencio, el ruido del sur me calma, me abraza, me muestra el camino recorrido, me recuerda que hay aún kilómetros por recorrer. El estar a la deriva me llena de adrenalina, y la libertad ya no me abruma, sino que me hace flotar. Ya no quiero salir corriendo, ahora quiero atravesar el tiempo despacito, porque me di cuenta que la vida es lo que la hacemos durar. La inmensidad de la montaña me hace acordar que somos un punto en el espacio, y está bien, porque la infinidad del lago no me agobia, el frío del viento no me desvela, el calor del sol no me ahoga. Ahora ya no me escapo de mis problemas, porque entendí que alejarse kilómetros del desastre no sirve de nada cuando el caos lo tiene encima una misma. Ahora a mi peor enemiga le hago frente, no la dejo boicotearme. Ahora la invito a tomar un mate y a leer un libro frente al lago con los pies en el agua. Porque, reitero, ahora ya no me tengo miedo.

 

Me fui al sur para dejar de castigarme, para amigarme conmigo. Y esta vez sabiendo que no siempre es fácil algo tan simple como respirar. Que a veces el pecho se cierra, a veces no poder duele, que la desesperación agobia, pero la sensación es momentánea. Porque el sur me hizo acordar que, si el aire no pasa, tengo muchas personas dispuestas a correrse del camino conmigo, sentarse en la tierra, y contar despacio, de a poco, todas las veces que aprendimos y enseñamos a otros a respirar.

2 comentarios en “Respirar y seguir

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