El patio de mi casa

El patio de mi casa en verano se pinta de verde, de todos los verdes posibles, y se adorna con fucsia, con rojo, con rosa, blanco, amarillo y todos los derivados de las plantas de mi mamá. El pasto creció incluso en los lugares donde mi abuela hace diez años creyó imposible, y un par de árboles frutales cayeron por su propio peso.
Hace ya varios años que sacaron la hamaca, teniendo en cuenta que mi hermano y yo estamos lo suficientemente grandes para usarla. Pero el pasto se empeña en crecer de otro color y en forma de círculo donde antes estaba mi calesita naranja, como si no quisiera que me olvide de las veces que me mareé a propósito porque me gustaba ver el mundo en su estado natural: dado vuelta.
Mi casita de madera, donde me sentaba a comer duraznos con mi papá en verano, quien luego la pintó absurdamente del color que más odio, veinte años después, y por algún motivo que me gusta suponer sobrenatural, sigue orgullosamente erguida y en pie; aunque la pintura lila se descascare, aunque hace incontables meses que nadie la visita, aunque la única persona que puede llegar a entrar lo evite por la posibilidad de que esté repleta de arañas. Aunque se la estén comiendo las enredaderas, que de un día para otro comenzaron a crecer contra la medianera del vecino, como se están comiendo la mesa, los árboles, la bicicleta vieja de mi abuelo, como a veces siento que me comen a mí.
El patio de mi casa me abraza y me escupe chiquita, de nuevo cerca del piso, y me lleva a recorrer la quinta en la que había tomates apenas nos mudamos. Me lleva a revisar el piso de la galería en busca de un vidrio diminuto erosionado que quedó pegado cuando hicieron la vereda; y es que todavía hoy, cuando me acuerdo, lo toco con el índice de la mano izquierda en busca de suerte, repitiendo el ritual que me inventé cuando tenía 5 años y que, aunque quiera, el toc no me permite romper. Recorro el funeral que le hice a un pajarito que encontré muerto abajo de un ciruelo, con una cruz con palitos y un colchón de hojas medio secas. Paseo por el olor a tierra mojada para hacer barro y mezclarlo con albahaca, lavanda y flores del jardín de mi abuela, que fue lo más cerca que estuve de tomarle gusto al arte de cocinar. Viajo por el recuerdo del día del invierno del 2003 en el que aprendí sola, como se aprenden las cosas realmente importantes, a andar en bicicleta sin rueditas; recorro el patio con el pasto crecido, pedaleando como loca, hasta que me topo con una subida y me caigo de espaldas al piso. Me acuerdo de quedarme acostada e inmóvil, con la bicicleta encima, intentando que me salga el llanto para cuando alguien saliera a ver la penosa escena. Esperé durante un minuto, luego dos. Luego fueron cinco, y cuando comprendí que nadie iba a salir a presenciar mi premeditado teatro escandaloso, respiré profundo, me levanté, sacudí mi ropa y entré enojada. “Aprendí a andar en bicicleta, y me caí de espalda y me golpeé la cabeza”, dije enojada. Mi abuela y mi mamá festejaron. Yo comprendí que el otro nunca va a entender qué tanto le duelen las cosas a uno, entendí que lo que para uno es un mundo, para otro es un patiecito.
Pienso en lo irónico que es que ahora me guste llorar a escondidas, en general con angustia y sin que nadie sepa al respecto a menos que no tenga opción. Pienso en que ya no ando mucho en bicicleta, porque desde ese momento debería haber sabido que la vida me quiso torpe, y me siento más segura cuando al mundo lo camino (aunque tenga dos pies izquierdos que solo logro coordinar para bailar). Pienso en la sensación de estar acostada en el pasto, me acuerdo del cielo gris del invierno a las 5 de la tarde, me acuerdo de estar inherte esperando algo, sin saber muy bien qué. Y pienso en cómo nunca me olvidé de esa sensación, que no es incertidumbre pero se le parece, que no es expectativa pero algo de eso tiene, y que tantas otras veces a lo largo de la vida volví a sentir. Como cuando dibujé con tizas de colores la pared recién pintada de la galería de mi casa a días de habernos mudado, porque los colores oscuros me deprimen desde siempre, y cuando le mostré orgullosa mi regalo de bienvenida a mis padres, mamá empezó a gritar. Al día de hoy no logro descifrar esa mezcla de culpa y confusión. Tanto es así que, cuando veo una pared recién pintada, en lo primero que pienso, siempre pero siempre, es en pintarla con tizas de colores.
Así me di cuenta que me gusta lo bizarro, que disfruto de lo absurdo. Que hallo algo placentero el hacer enojar o llorar a la gente. Que me divierte y atormenta lo que no tiene explicación, que no me asusta sentir que me están comiendo las plantas. Que me fascina la sensación del pasto en los pies, y que un poco me gusta cuando me quedan hojas en el pelo. Porque a pesar de todo tengo una obsesión con pintar las cosas de colores, y desenredar lo enredado se lleva toda mi energía.
Entonces a veces me acuesto en el patio de mi casa y miro el cielo, y premedito mi próximo escándalo. Un escándalo que esta vez va a suceder a puertas cerradas y llorado sola, porque así, sola, es como se aprenden las cosas más difíciles. Es que siempre me deprimieron las cosas oscuras. Pero lo bueno es que ahora, que ya no me interesa racionalizar lo irracionalizable, quizá las pueda pintar con tizas.

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