No es más que un invento

 

Solo porque a él le gustan los misterios no puede pretender que todos tengamos el síndrome de Sherlock Holmes. Algunos podemos vivir con la incertidumbre de no siempre tener la razón. Algunos queremos dejarnos engañar con el mito de la pasión inexplicable que se da una vez en la vida. Algunos no tenemos interés en brillar y sobresalir. O eso intentamos.

Pero con Alfredo no siempre es posible. Verlo caminar ya le da a una esa envidia sana de tener la impronta necesaria para comerse el mundo. Ya quisiera yo entrar en una habitación y causar lo mismo que causa él. 

Quisiera que las miradas se posaran sobre mí como miles de mariposas en un jardín en primavera: con sutileza, con disimulo, casi imperceptibles, pero certeramente allí. Quisiera que a los hombres se les corte la respiración con mi presencia, y por qué no también a las mujeres. Yo también quisiera tener ese andar despreocupado y seguro de que, si quisiera, nunca más pasaría una noche sola; el pecho hacia afuera, el mentón hacia arriba, los gestos desenvueltos, la sonrisa brillante y amplia, lista para ser mostrada ante la necesidad de que me cumplan un capricho. 

El mito de la pasión para algunos de nosotros es el motor que hace que nos arreglemos por las mañanas. Eso de creer que un día llegará alguien que se quede sin habla ante la propia presencia, alguien que queme con la intensidad del sol de enero al mediodía, ayuda a no dejarse en el olvido. Es una mentira piadosa, un engaño infantil. Es un “mentime que me gusta”, para no dejar de buscar en los rincones oscuros de la ciudad los sábados por la noche el anhelo de sentirse deseada.

Y en el intento de no olvidar lo que se siente el afecto, Alfredo aparece como un concepto: se presenta cada tanto, consistente pero efímero. Llega de la nada, aunque previamente habiendo dejado marcas, como si buscara su dosis anual de cariño inventado, de amor borracho de una noche. 

Toca la puerta como si fuera lo más normal del mundo, como si su presencia fuera habitual, como si no lo viera una vez cada tres años de forma religiosa, como si en el abismo que nos separa no cupieran todas las relaciones realmente importantes que alguna vez tuvo.

Y yo le abro haciéndome la tonta, simulando no conocer sus intenciones, prestándole un oído, sacándole una sonrisa. No porque sienta que se lo deba, sino porque creo que me lo debo a mí.

Entonces una cosa lleva a la otra y nuestras piernas se enredan, nuestros pechos se tocan, nuestros brazos se envuelven y nuestras lenguas combaten en una batalla que parecerá no tener fin, pero durará lo mismo que la oscuridad de la noche, que un suspiro, que el tiempo que tardé en decidir si, por última vez, me iba a dejar engañar por Alfredo. 

Alguien entró en mi casa, estuvo en mi cuarto, pero no falta nada. Y es que ese alguien entró como siempre, con mi permiso tácito, sin cambiar la apariencia de las cosas, pero dejando todo implícitamente revuelto. Tomé la nota que dejó en mi mesa de noche y me senté en la cama. “La pasión no es más que un invento”. Já. Qué sabrá él, si la pasión lo recibe con los brazos abiertos y la cama caliente todas las noches. 

Respiré profundo porque el corazón parecía estar a punto de salirse de mi pecho, pero sabía que no había oxígeno capaz de contener la catástrofe que Alfredo deja tras de sí cada vez que me toca.  Entonces, sin darme tiempo a prepararme, el grito visceral atravesó las paredes, las ventanas, el mundo, y mis manos cobraron vida propia. La lámpara y los portarretratos que yacían en la mesa de luz volaron por los aires, le arranqué la ropa de cama al colchón, las cortinas me molestaban y tiré de ellas como si tirara de Alfredo para evitar que, una vez más, me deje sola. El reflejo en el espejo me miraba risueño, de reojo, sabiendo que de nuevo había hecho el ridículo. Su burla me exasperaba, la humillación era insoportable, mi consciencia susurraba palabras de odio, y entonces el enojo se volvió puño y el puño se volvió añicos, los añicos se volvieron sangre y esta se mezcló con las lágrimas y el rimmel corrido que intenté secar de mi cara al pasar. 

Así el desastre se volvió desgracia y miseria y abandono y otra vez la puta costumbre, otra vez la puta manía de creer que Alfredo no se va a ir, otra vez caer en la nada misma de sentirse descartable.

Me arrastré entre las telas arrancadas, los vidrios despedazados, mi corazón esparcido y untado en la alfombra, que de rosa viejo se tornó en un rojo casi bordó por la sangre que brotaba sin control de mis dedos y mis nudillos, casi negro, casi odio. Llegué al costado de la cama, y apoyé mi espalda sobre ella. Abrí el cajón de la mesa de noche con la mirada perdida y las lágrimas aún brotando pero ahora silenciosas, intentando limpiar el desastre. Saqué el frasco de pastillas para dormir y una petaca con vaya a saber una qué, y bajé dos pastillas con un trago. 

Como me había enseñado mi madre cuando era chica, cerré los ojos y conté hasta cinco. No sé por qué cinco, será que siempre cinco para el peso, será que número impar, pero al llegar a él me incorporé. Alisé mi vestido con las manos, peiné mi cabello detrás de mis orejas, respiré profundo, y le sonreí indulgente a la mitad de mi reflejo que aún podía vislumbrarse en el pedazo de espejo que seguía en pie, roto, parcialmente entero, como yo. Acomodé un poco mi almohada dándole suaves golpes y la puse en su lugar, siempre del lado izquierdo, para luego acostarme y sumirme en un profundo y despreocupado sueño. 

Mañana sería un nuevo día, y tan solo faltarían dos años y trescientos sesenta y cinco días para que Alfredo toque de nuevo la puerta. Y después dice que la pasión es un invento. Já.

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