De cuchillos doblados y risas y llantos

Mi abuelo era el tipo más divertido del mundo. Yo lo veía sentado en la punta de la mesa, en el lugar del patriarca tirano que nunca fue, y me moría de ganas de causar lo mismo que él causaba. No había una sola persona que no se riera a carcajadas con él. Ni uno que no llorara de la risa. Creo que gracias a él es que soy medio payasa. También le debo un poco el descaro y la falta de seriedad en los momentos en que la seriedad no sirve de mucho. Y ni hablar de que gracias a él soy la mejor abridora de frascos del país. Mi mamá no dice lo mismo, porque en mi casa todos los cuchillos tienen la punta doblada. Es que mi abuelo me enseñó que para no depender de nadie tengo que saber abrir frascos. Por eso, cuando la fuerza bruta no sirve, recurro a eso que no siempre encuentro que se llama inteligencia. Así medio que siempre hice con todo. Cuando algo no funciona, uso el cuchillo. Y voy acumulando puntas dobladas.

Hoy mi abuelo tendría tantos años que ya perdí la cuenta (mentira, serían 88), y por algún motivo que elijo creer casual tuve que abrir un frasco de mermelada de durazno, la misma que intentaba abrir cuando aprendí la técnica. Y la verdad que podría haber usado la fuerza, porque con el tiempo también aprendí que dándole unas palmaditas en la base, la tapa se afloja. Pero a mi abuelo le gustaba el camino ocurrente, llevar la contra, desconcertar a todos. Así que rebusqué en el cajón algún cuchillo que todavía estuviera sano. Y le doblé la punta. 

Hace años no le digo feliz cumpleaños, pero el encierro nos hace pensar en nuestros muertos. Y además pienso que si estuviera acá, probablemente estaríamos jugando a las escondidas, aunque ahora tenga 23 y el ropero en el que me escondía aguantando la respiración para no hacer ruido ya ni existe. Otro día les voy a contar de aquella vez en la que me escondí en una mampara de Ricardo Ospital y como se trabó estuve una hora llorando desesperada por que mi abuelo me encontrara. O cómo un día tuve que correrlo por el estacionamiento del supermercado porque él había salido y yo no, ya que la puerta corrediza no me tomaba, y ni siquiera se había dado cuenta, así que siguió caminando. Lloré, obviamente. Parece que siempre le tuve miedo al olvido y al abandono. Pero cuando yo lloraba, mi abuelo se reía. Siempre se reía. No una risa despectiva, sino de esas que te dicen que todo va a estar bien una vez que las lágrimas te dejen de nublar la vista. 

Al día de hoy ya no me acuerdo del sonido de la risa de mi abuelo. Trato de imaginarla, pero ese tipo de memoria es débil. 

Cuando mi abuelo estaba internado yo tenía 16. Nunca se nos dio muy bien el tema de los sentimientos. Nosotros nos demostrábamos las cosas mediante bromas, fastidiándonos, nos entendíamos en la risa, siempre en la risa. La última vez que lo vi apenas podría hablar, así que me cargué al hombro la difícil tarea de sentarme en la punta de la mesa y hacer reír a todos. Aunque mi público era solamente él, seguro haya sido el más difícil. No me acuerdo de qué hablamos, probablemente le haya contado banalidades del colegio. Solo recuerdo que no me animé a decirle que lo quería, porque sentía que iba a pensar que eso era una despedida, que le estaba dando la certeza de la muerte. Como si la persona que se está muriendo no supiera ya que se va a morir. 

Pero también recuerdo que ese día se rió un montón. Que conté chistes y exageré anécdotas con un nudo en la garganta, pero mi abuelo se rió como se reían todos en sus asados. Y ahí supe que, cuando las lágrimas no te nublan la vista, todo está bien.

Cuando mi abuelo falleció lloré dos días seguidos. No fui al colegio, simplemente porque no me podía levantar de la cama. Toda mi familia desfilaba por mi cuarto dejándome carilinas y vasos de agua en la mesita de luz. También me acuerdo de mi papá y mi hermano haciéndome mimos en el pelo mientras me hacía la dormida y lloraba en silencio. Es que tanta lágrima contenida algún día tenía que correr. 

Todavía hoy, cada vez con menos frecuencia, lloro a mi abuelo. Es que me gusta imaginar que podríamos haber hecho los mejores shows en las cenas de verano, combinando lo mejor que sabemos (sabíamos) hacer uno y el otro: hacer reír y hacer llorar.

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